Foto: Fernando Cata.

Algunos tratan de escapar al aislamiento que la pandemia impone con relatos en donde lo real y lo imaginado se confunde, como éste en donde alguien propone cercar al barrio para resguardarse de la amenaza que acecha afuera. (FDH)

En la calle no hay nadie, muy pocos para ser exactos. La vieja llega del quiosco y le cuenta la noticia al viejo, quien se relame el dedo con el que acaba de levantar la mermelada que desbordó su tostada. Está distraído, acaba de levantarse de la siesta y no termina de reaccionar más que al trance del hambre, la vieja empieza a dar saltos cortos y en el mismo lugar para canalizar el ansia de ser oída.

En ese momento aparece la joven, que viene secándose el cabello con una toalla color salmón, idéntico al tono de sus pantuflas. Ella reacciona rápido y se le acerca a la vieja para tranquilizarla, apenas pasan unos instantes y la joven ya corcovea al compás de los saltos de la vieja, hablando al unísono y sin escucharse, tomadas de las manos como si ejecutaran una especie de baile de la contracultura balcánica. Ante semejante escena, el viejo precipita la tostada y manduca a toda velocidad antes de tomar la palabra con su aguardentosa voz, que llega a todos los costados de la casa.

Ellas quedan inertes, entrelazadas con los brazos frente al viejo, que ahora que capta la atención empieza a moderar la voz mientras se prende los botones de la camisa. La vieja le pide hablar, lo cierto es que le está rogando ser escuchada. Él transige, la joven se aleja para poder mirar a la vieja mientras relata, algo que considera fundamental desde que sus larvales estudios en psicología la llevaron a concluir que mirando a los ojos al que habla se lo estimula a expresarse mejor. «Con alguien tengo que practicar lo que estoy leyendo», piensa la joven y se distrae de lo que la vieja está comentando con preocupación.

El viejo, al contrario, aprovecha su revancha atendiendo cada palabra de la vieja. Coinciden mirándose a los ojos como cuando todavía se amaban, luego voltean a mirar a la joven, quien sostiene la toalla salmón y tiene el ceño fruncido, y le preguntan si está de acuerdo en activar la idea que han discutido en la cena de anoche. La joven balbucea algo intentando salir del paso, también está buscando una estrategia para que la vieja repita lo que acaba de decir. Sabe que no puede pedírselo abiertamente, el clima emocional de la casa pende de un hilo.

Aparece el joven en el living y abre la heladera como si nada pasara a su alrededor. Cual salvavidas para el desconcierto de la joven, la entrada del joven saca de foco a les viejes. Para nada tiene una voz aguardentosa como la del viejo, sin embargo, el joven también cultiva el hábito de levantar la voz para ser oído. Pregunta por qué carajo lo auscultan así, con esas caras descolocadas que los hacen ver como caníbales con antropo-remordimiento. Bromea diciendo que parece que lo quieren comer y que él anda necesitando que se lo coman, sólo la joven sonríe para profundizar la distracción de les viejes. Astuta, le comenta al joven que la vieja tiene algo que contarle.

«Dejá, ya le cuento yo», interrumpe el viejo. A las pocas palabras titubea y la vieja tiene que auxiliarlo. Empiezan a alternarse en el relato, van añadiendo datos de modo desordenado para que el joven se contextualice, son conscientes de que es el menos interesado en las cuestiones que van más allá de iourself. El joven sorbe un jugo de limón y pomelo que exprimió con sus propias manos, hecho que, por alguna interpretación sobre la propiedad, hace que él crea que el jugo es suyo y de nadie más. Se lo toma hasta el final, obviando en su interpretación sobre la propiedad que quien fue hasta la verdulería fue el viejo y que la que facilitó el billete fue la vieja.

Con cierto desdén, el joven les dice que se puede encargar de reactivar el grupo de wtsp que había armado por instrucción del viejo, unos días atrás. La joven le pide que lo haga ya mismo, que es probable que los vecinos tengan que salir a cercar el barrio de modo urgente. La vieja asiente y el viejo ratifica, por unos momentos, después de varios días de tensión, finalmente se avizora un clima emocional acorde al de una familia que supuestamente se ama. Están todos de acuerdo.

El joven les pregunta, con su celular entre manos y ya con una mejor disposición al interés común, qué decir específicamente a los vecinos. Les viejes se superponen y el joven opta por escuchar a la joven, quien se le acerca, lo mira a los ojos fijamente con sus poderes de experimentación terapéutica y le dice en voz mesurada que debería advertirles que el contagiado está por volver. El vecino contagiado, según dicen los medios, ya está recuperado y hoy recibirá el alta. «Deciles que hay que cerrar el barrio para que no entre», le acota la vieja. El viejo propone que hay que hacer barricadas para no dejarlo pasar.

El ruido de la cerradura de la puerta de entrada los pone a todos alertas, con un extraño temor a que, acaso por la mala fortuna que encierran los contagios virósicos, sea el vecino dado de alta, quien desde hace décadas tiene una copia de la llave de casa. Se alivian cuando al moverse la madera empotrada a las bisagras se observa a la adolescente. Acostumbrada a pasar desapercibida, ella les advierte que había salido unos minutos hasta la casa de la vecina adolescente. Los demás la ignoran diciéndole que ahora no pueden escucharla, que están apurados porque el virus va a llegar al barrio. Siguen aportando ideas sobre cómo mantendrían aislado al barrio hasta que la vieja se percata de la injusta postergación a la adolescente y la abraza, el viejo se arrima y las acoge a ambas. Los jóvenes, aprovechando el emotivo encuentro familiar que tan esquivo venía siendo, se suman al abrazo colectivo. Tosen todos juntos.

“¿Qué dice tu amiga, mamita?», le pregunta el viejo. La adolescente se ríe y dice que nada, que su amiga no dice nada nuevo, que lo que iba a contarles es que M.B. ya está curado y que se lo acaba de cruzar en la esquina, que le contó que hacía pocas horas le habían dado el alta. «Se lo ve bárbaro, espero que me haya transmitido sus nuevos anticuerpos», concluye la aspirante a médica.

Entra en el living el niño, que estaba en su cuarto jugando a los videojuegos, y los interpela a todos: «Che, ¿vieron lo del hantavirus en China?».