Opinión y análisis | Terremoto social y cambio social: Argentina y Salta después del 8A

Marcha en el Congreso

El movimiento de mujeres como sector alternativo al poder real, relegando al otrora poderoso movimiento obrero, piquetero y estudiantil. Ello nos hace preguntar si los movimientos sociales políticos deben confluir al feminismo o éste debe nutrirse de identidad popular (Daniel Escotorin)

Las cámaras de televisión apuntaron al tablero electrónico de la Cámara de Senadores: luces, colores, números en proceso para mostrar lo que ya era una realidad: 31 votos a favor, 38 votos en contra, 2 abstenciones, 1 ausente. Proyecto rechazado. Afuera, en los alrededores del Congreso, en las plazas de muchas ciudades del país unas y unos festejaban, otras con otros apretaron los dientes, dejaron escapar lágrimas, broncas y gritos de ánimos hacia multitudes azoradas, incrédulas pero desafiantes que se retiraron con las consignas y promesas que esto no había terminado, que la lucha continuaría y que más temprano que tarde el proyecto de IVE “será ley”. El amanecer del 9 de agosto del 2018 mostraba una sociedad que de verdad, no de forma retórica, era otra, lo es, lo será.

El movimiento de mujeres irrumpió en la sociedad argentina con una fuerza arrolladora. Para los incautos, no se trata de un fenómeno reciente; estos días de debates intensos y presencias públicas masivas en calles, plazas, universidades, colegios y medios de comunicación es la continuidad sostenida en largos momentos y visible a partir de los “encuentros nacionales de mujeres” (ENM) que ya transita su tercer década de existencia con sus eventos anuales que recorren, ocupan y movilizan año a año las ciudades de Argentina; de unas pocas miles de los primeros encuentros (1986 en Buenos Aires, primer encuentro) a las alrededor de cincuenta mil del último año en Resistencia, dan cuenta de cómo un movimiento en progresión emerge ante una coyuntura crítica y se instala de la forma que sucedió recientemente y sin olvidar ese hito fundante del movimiento actual como fue (es) “ni una menos” que fue más que una reacción masiva y que logró efectos concretos en el plano legislativo.

El proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) fue una etapa cualitativamente distinta y superior ya que detrás del debate sobre el tema aborto en si mismo, puso en consideración toda la estructura de valores sociales, morales e ideológicos que sostiene una parte del imaginario social dominante en torno a las relaciones sociales de género sean estas privadas o públicas y comprobó en términos muy reales la existencia de esa categoría tan negada como vilipendiada como es “el patriarcado”.

El debate, entonces fue más que un contrapunto ceñido al proyecto y las posturas frente al aborto, de ambos lados se desplegaron interminables baterías de razones, causas, ideales, formas y marcos que excedieron el tema planteado para llevar la discusión a planos mucho más profundos que pusieron en cuestión el orden social y sus fundamentos, por eso la conclusión claramente que flota en estos días es que la batalla perdida en el recinto del Senado es transitoria y efímera en relación a la irrupción masiva de un discurso contra hegemónico y con voluntad participativa en una amplia gama de sectores sociales, políticos, culturales y generacionales en el espacio de las mujeres.

El todo y las partes

El optimismo y la euforia dan por sentado que el proyecto de IVE “será ley”, es casi un optimismo de voluntad que se impone al pesimismo de la razón que contraponía Gramsci. Esa voluntad está materializada hoy en las oleadas y corrientes de participación, de movilización y de acción amplia y masiva que caracteriza al movimiento y le dota de una fuerza que parece inagotable, mas aun si se mira lo que podríamos denominar la “reserva social” que saltó a la cancha como son las jóvenes y adolescentes protagonistas de esta lucha.

Concluimos que estamos ante una etapa novedosa de ruptura social que se proyecta en el mediano plazo como actora social insoslayable, pero a la par de las luchas por las diversas demandas actuales y futuras se abre en el horizonte del movimiento interrogantes, o más bien opciones de direccionalidad, de sentido que darán perfiles más claros a la identidad social actual. Es decir, hasta acá el movimiento de mujeres hizo un recorrido propio, autónomo por el sendero de demandas y reivindicaciones propias en cierta medida exclusivas, entonces podemos encontrar hitos conceptuales que permiten identificar etapas internas; decíamos de aquellos encuentros nacionales originarios que marcaron los primeros pasos orgánicos como movimiento de mujeres y en el marco de una heterogeneidad notable vemos allí la primera fase o etapa, la más larga, amplia aun difusa ya que en el transcurso de su crecimiento también se fueron sumando nuevas realidades e identidades sociales y culturales por lo que el espacio de identidad se amplió, se generaron tensiones al interior de los encuentros que se resolvieron en el marco de debates democráticos, asamblearios y contribuyeron a fortalecer una de las cualidades más fuertes y constantes del movimiento: la democracia directa.

En ese génesis, simultáneamente comienza a incorporarse la categoría “género”. En un lento y sostenido proceso, el lenguaje comienza a construir marcos y categorías referenciales que a su vez son indicativos de la construcción de una entidad sociocultural autónoma, propia sobre y desde la cual, sin perder lo multiforme, se identifican con mayor claridad y precisión. La última y actual etapa es la de la ruptura y despegue; decimos ruptura porque el contexto social empuja al conjunto del movimiento a proponer una salida radical que se expresó en la consigna “#niunamenos” con la fenomenal movilización nacional y una capacidad cada vez más aceitada y de rápidos reflejos para reaccionar frente a eventos conmocionantes. La autonomía del espacio y el poder apoyado tanto en la legitimidad de los reclamos como en la masividad de las movilizaciones pusieron al movimiento por encima del resto de otros convirtiéndose ahora así en actor(a) social como grupo de presión visible.

Esto es lo que a su vez impulsa a un despegue definitivo con ramificaciones en todos los ámbitos de la sociedad civil (educación, medios, sindicatos, partidos, etc.) y empiezan a proponer y condicionar la agenda política y social. En ese cuadro la habilitación por parte del gobierno de Cambiemos, con claros tintes conservadores, del debate legislativo del aborto se puede entender como un triunfo más del movimiento pero además permitió incorporar a la agenda política propia un debate más afinado y necesario sobre el concepto y la entidad del “feminismo”. Esta categoría genera aún cierto recelo en las militantes por las connotaciones y mitos creadas en torno a las feministas y también porque esta tendencia en sí es amplia de diversas raíces y ramificaciones, reconociendo también que este año se estableció un jalón de alta consideración política por la identificación de quienes participaron y se involucraron en la lucha, en los debates y difusión a favor del proyecto de ley.

Este 2018 es el principio de síntesis del movimiento de mujeres, la identidad de género y el feminismo, esto al interior del multiforme espacio, hacia afuera, o sea, en la interrelación y el vínculo con los otros sectores y movimientos del campo popular se abre también un necesario debate y espacio de diálogo.

Feminismos y alternativas

Se impone una agenda política amplia desde los diversos campos que componen el campo popular. Tras el rechazo parlamentario al proyecto de IVE, viene una etapa de reacomodamiento y de consolidación de lo avanzado y desde allí proyectar profundizando todo lo ganado en décadas de luchas. Nada nuevo para agregar, menos para sugerir e indicar; lo que una parte del espacio sí tiene como desafío es cómo articular y sumar al conjunto del movimiento popular sus potencialidades y potencias. Queda claro que hoy es el sector social más dinámico, confrontativo y alternativo al poder real relegando al otrora poderoso movimiento obrero, al piquetero y también al estudiantil.

Debemos entender que el contexto histórico favorece este fenómeno emergente; neoliberalismo y posmodernidad mediante, la fragmentación social permitió el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos sin los paradigmas clásicos del siglo XX, la desarticulación de los modelos tradicionales de producción industrial debilitaron al movimiento obrero, desarticularon las formas organizativas sindicales y precarizaron las formas de trabajo. Los movimientos sociales fueron vitales en las luchas contra el neoliberalismo pero no fueron capaces de construir y proponer alternativas contrahegemónicas, en este sentido es donde el aporte del feminismo puede llegar a ser estratégica pero se enfrenta con dilemas que en el andar impetuoso deberá (de hecho lo va haciendo) resolver.

Visto desde fuera del espacio orgánico pero en una perspectiva intrínseca al movimiento popular, los desafíos y escenarios en el corto plazo marcan la perentoriedad de fortalecer y ampliar los lazos y vínculos de interacción e identidad entre sus diversos componentes con el fin de galvanizar y nutrir de esas fuentes naturales que arraigan en el movimiento feminista, pero a la vez también que este se inserte con mayor vigor en el conjunto y en las partes del campo de las clases subalternas. Ese es el debate: ¿deben concurrir/confluir los movimientos sociales políticos hacia el movimiento feminista o este tiene ahora que confluir y nutrir(se) de una identidad popular? En la heterogeneidad de identidades que conforman el movimiento y que de hecho continuarán en su necesario andar, el feminismo popular, plebeyo, o sea aquel nacido desde la entraña de las prácticas y experiencias históricas del pueblo, puede construir ese nexo.

Por fuera del espacio plebeyo y subalterno, las fuerzas del sistema comienzan a diseñar políticas de cooptación y neutralización de un fenómeno que por su fuerza y su esencia golpea duramente los fundamentos del poder social. No se trata de pugnas de partidos u otras fuerzas políticas, sino del poder real desde sus “think tanks”, fundaciones, ONGs, universidades a través de distintos medios e incluso hasta un aggiornamiento moderado de la propia Iglesia; esta se encuentra en un dilema muy profundo ya que por un lado en esta coyuntura emergió de manera muy visible la capacidad de movilización y representación de las iglesias evangélicas con un perfil conservador y reaccionario que no limitó ni confrontó seriamente con el feminismo ni las fuerzas progresistas o de izquierda por ahora, sino que se postularon como serios competidores de la Iglesia Católica. Por otro lado además de no lograr contener a su feligresía, muchos y muchas católicas no se sienten ya representadas por la institución ¿Qué hacer? Se preguntarán leninistamente frente a esta crisis. No se equivocó la Curia salteña, desde su perspectiva moral y filosófica cuando en pleno debate legislativo sacó la imagen del “señor del milagro” a las puertas de la Catedral: se está produciendo un terremoto social.

El movimiento feminista con sus vaivenes mantendrá su vitalidad, su potencia, su masividad pero hacia su interior comienza a procesarse uno de los debates más interesantes, profundos y trascendentales desde los que se dieron hace un siglo y medio en Europa y una centuria en Argentina en el movimiento obrero, tal la calidad y envergadura de este sector social que ahora sí se conforma en actor(a) política y por lo tanto exige una forma más afinada aun en su heterogeneidad y diversidad, para la consolidación de su poder y su avance hacia un proyecto alternativo de sociedad.