Empezaron las clases en Salta y algunos rememoran útiles escolares que la tecnología, las modas y el afán de comodidad relegaron. Del portafolios al papel secante.

La mañana de hoy se vistió de escuela también en Salta y particularmente en los establecimientos educativos primarios: niños con delantales blancos por doquier acompañados por familiares. Entre los más grandes de estos fueron muchos los que comentaban entre niños, docentes y otros familiares cómo los útiles escolares que algunas vez ellos usaron o querían tener han desaparecido de la lista que sugieren los docentes y de las mochilas que cargan sus hijos y que son las responsables de que el portafolios de antaño ya sea una rareza en el ámbito escolar entre los estudiantes.

Municipalidad de Salta

Portafolios

El fin del portafolios obedece a la comodidad de que justamente carece la mochila. Los más deseados por los estudiantes de hace décadas eran los portafolios de cuero que se cerraban con hebillas y en su interior poseía compartimientos (mientras más, mejor) y estuches frontales. “Aunque parezca un cambio menor, además de ser más pesado, llevar los útiles allí, obligaba a tener una mano ocupada. Sin correa para cargar de los hombros, había que llevarlo desde la manija. El beneficio es enorme, incluso aunque se piense que esa mano libre sostiene ahora otra herramienta de la que se hace un enorme uso y abuso: el teléfono celular” reseñó hace días el diario La Nación.

Las fibras

Las mismas siguen siendo de uso cotidiano pero ya nada tienen que ver con las que se usaban hace treinta años, sobre todo aquellas que venían en una caja plástica de Sylvapen, en seis o doce colores. Blanca o negra por abajo, y de tapa transparente. Con una bisagra que se quebraba fácilmente.

La tiza

Ese material didáctico sigue con vida en los establecimientos – sobre todo en los que presenten menos inversión edilicia -, pero la tendencia es cada vez mayor al uso de pizarras que requieren del empleo de los fibrones. En menor medida, hay establecimientos que ya comenzaron a trabajar con pizarrones electrónicos.

Lapiceras y cartuchos

Supieron reinar en los ámbitos escolares. No sólo porque representaba el sueño de un estudiante en los años 80 sino también porque en varias escuelas no permitían las biromes y se exigían las plumas. Las lapiceras de tinta abiertamente plebeyas en los 80 eran las 303; un poco más costosas eran las Scheaffer y las más caras, las Parker. “Aunque los bolígrafos y biromes también existían, los padres y los maestros insistían en la importancia de la utilización de la pluma para no ‘desvirtuar’ el trazo”, precisan los memoriosos de la educación, que admiten que aún existen pero ya no son de utilización masiva en las escuelas.

Papel secante

Con la agonía de las “plumas» y la masividad de las biromes, dejó de existir el “papel secante”, que era un objeto infaltable para los estudiantes que tenían fama de excelsa prolijidad. Se trataba de un trozo de papel absorbente cuyo objetivo era evitar que la tinta fresca de las lapiceras con cartucho sin secarse manchara la hoja de trabajo cuando uno daba vuelta la hoja.

No eran raras las polémicas en torno a ese útil escolar que, según varios estudiantes y docentes de los ochenta, podía causar fiebres y hasta desmayo si luego de mojar el papel secante alguien se lo ponía en la suela de los zapatos, con el objeto de evitar alguna evaluación.

Ojalillos

Su popularidad obedecía a que el roce entre las hojas y los anillos de la carpeta provocaban que las primeras se desprendieran de las segundas. Los ojalillos reparaban ese final, aunque ahora también va en camino de desaparecer porque las nuevas hojas vienen con un refuerzo plastificado que impide cualquier accidente.

Sacapuntas guillotina

Ya nadie usa este elemento, que alguna vez fue indispensable para sacarle punta a los lápices. Era una herradura con una hoja filosa invertida en un extremo. El sacapuntas más simple de todos. Y, probablemente, también el más incómodo. El exceso de fuerza podía desgarrar más madera de la deseada y romper la mina. Los cortes eran desparejos y, si no era de buena calidad, la hoja perdía el filo muy rápido o directamente se desprendía.