Su vida fue una puesta en escena de la obra “M’hijo el dotor”: familia de inmigrantes, infancia humilde, ascenso social a fuerza de estudio y profesional que llega a gobernador. La herejía popular fue condenada a muerte. (Daniel Avalos).

Todo había empezado en Tucumán donde Ragone nació un 15 de enero de 1921 en el seno de una familia de inmigrantes napolitanos; siguió en Salta dónde la familia se instaló en 1926; y se encaminó definitivamente cuando el joven Miguel partió a la ciudad de Buenos Aires para estudiar Medicina. Allí ejecutó uno de sus muchas herejías: desoír el mandato de la academia que asegura que la legitimidad científica depende de la sapiencia para desmarcarse del compromiso político. Ragone incumplió el mandato y puso la ciencia al servicio de una política que iba en busca de los más vulnerables.

Municipalidad de Salta

En 1946 – siendo todavía estudiante – fue convocado por Ramón Carrillo quien, al frente del Ministerio de Salud del primer peronismo, fue el primero en aplicar una política sanitaria nacional y volcada a las necesidades de los más vulnerables en particular. Ragone se recibió en 1949 bajo el amparo de ese prócer de la salud pública y lo acompañó hasta 1954 como secretario privado, para luego convertirse en el primer director del Hospital Neuropsiquiátrico de Salta. Luego vino el Golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón. El médico salteño fue condenado al aislamiento profesional, empujado a la resistencia después y luego al juego político abierto al interior del peronismo salteño. Su vida ya era una obra de teatro: el hijo de inmigrantes que se convirtió en “M’hijo el dotor” de la familia en tiempos en donde la educación pública posibilitaba movilidad social ascendente; y el hombre de pueblo que llegaba a la gobernación de una provincia administrada por patricios de pretéritos blasones asistidos por arzobispos conservadores que bendecían a militares y policías que hacían de inquisidores de los “zurdos”.

Miguel Ragone junto a su madre y Ramón Carrillo. (1945)

La eliminación física de Miguel Ragone ocurrió el 11 de marzo de 1976. No hay dudas: el grupo de tareas que lo secuestró y desapareció eligió la fecha del operativo con monitoreado cálculo. Quería dejar en claro que el “final” debía cerrar una etapa de protagonismo popular que tuvo en el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973 su punto culminante.

El terco Miguel

El secuestro y desaparición de Miguel Ragone no obedeció sólo a su austeridad gubernamental o a que su gestión priorizara la atención de los desposeídos; obedeció centralmente al hecho de liderar un proyecto político que para llegar a la gobernación protagonizó un hecho inédito, aunque finalmente efímero del justicialismo provincial: encabezar un tipo de peronismo que sosteniéndose en una juventud que estaba segura de que la hora del “trasvasamiento generacional” y la “actualización doctrinaria” había llegado, se impuso a una burocracia sindical y sectores oligárquicos que desde 1945 habían copado el manejo del Partido Justicialista.

De allí que el triunfo de Ragone en Salta fuera doblemente espectacular: por representar a sectores históricamente subalternos en el justicialismo y porque su 57% de los votos eran producto de las 121.472 voluntades cosechadas que dejaron muy atrás a la fuerza que ocupó el segundo lugar en ese entonces: el Movimiento Popular Salteño que solo obtuvo 33.925.

La contundencia no fue obstáculo para que 17 meses después, el médico fuera eyectado de su cargo por una intervención dispuesta por el propio justicialismo que ya había sufrido la muerte de la peor versión de Perón: el que culminó su carrera volcándose a alianzas abiertas con un sindicalismo burocratizado y dejando actuar a los pelotones de la muerte de la Triple A que organizaba desde el Ministerio de Bienestar Social el nefasto José López Rega. De allí que la intervención federal a Ragone no haya sido una excepción en aquel proceso. Ya nada quedaba del Perón que reivindicaba a la “juventud maravillosa” que armas en mano y copando las calles posibilitaron su vuelta al país. El Perón de 1973 y 1974 era el que exigía renuncias de funcionarios asociados a la izquierda y pedía intervenir a las provincias vinculadas con la “Tendencia revolucionaria del peronismo”.

La muerte del viejo líder sólo sirvió para que el Estado quedara a merced de justicialistas que identificaban comunismo con todo lo que poseía aroma a progresismo. Ragone era cosa juzgada para ellos y a Olivio Ríos corresponderá tensar las contradicciones al máximo para facilitar la intervención partidaria. Ríos era un dirigente telefónico elegido como compañero de fórmula de Ragone cuando éste se impuso en las internas de 1972 al peronismo ortodoxo. Fue el hombre que ni bien Ragone asumió la gobernación, hizo todo para entorpecer la gestión y horadar la autoridad del médico en medio de una época tumultuosa: copó la Casa de Gobierno mientras Ragone estaba en Buenos Aires; impulsó a varios sindicatos a declarar “persona no grata” al gobernador; apañó huelgas que exigían la renuncia del primer mandatario; y finalmente apoyó la intervención que destituyó a Ragone del gobierno en nombre de la disciplina partidaria.

Miguel Ragone en su asunción acompañado por Olivio Ríos. (1973)

En Mitre 23 desembarcó en noviembre de 1974 José Mosquera. Un cordobés que había cumplido funciones similares en su provincia cuando, con la misma lógica, Perón la intervino para deshacerse del gobernador y el vicegobernador también relacionados con la “tendencia”. Mosquera venía a disciplinar y tras condenar al ostracismo político al propio Ragone, desató un proceso que los medios titularían con letras catástrofe: “operativos antisubversivos” diversos en Capital, Orán, Güemes o Tartagal.

Al frente de los mismos figuraba siempre un nombre: Joaquín Guil, el hombre que hoy cumple condena por el secuestro y la desaparición del propio Ragone; el policía que haciendo de la tortura un arte perverso estaba al servicio de quienes no toleraban que el Terco Miguel buscara reagrupar fuerzas al interior del peronismo para recuperar la conducción de esa fuerza. El final de la historia la conocemos, aun cuando su cuerpo como el de otros 30.000 compañeros nunca haya aparecido.

Joaquín Guil.

Nostalgias

Y entonces uno recuerda la Facultad de Medicina en el coqueto barrio de La Recoleta de la ciudad de Buenos Aires. En ese edificio imponente de la calle Paraguay 2.155 había estudiado el joven Miguel. Allí utilizó miles de veces las altas escalinatas que depositan al visitante a alguno de los cuatro enormes portones de ingreso. Ni bien traspasa uno alguno de esos ingresos, se encuentra en un hall también enorme que incluye un espacio dedicado a la Memoria. Allí están engarzados a la pared 202 portarretratos que indican el nombre de los estudiantes, docentes y no docentes de esa Facultad desaparecidos durante la última dictadura.

En 84 casos, el nombre y apellido están acompañados por las fotografías de jóvenes con expresión decidida, miradas inquietas e inteligentes propias de quienes estaban a gusto con la vida. A ellos luego los alcanzó el horror. A ellos y a Miguel Ragone que también se educó entre las paredes de una institución que el 24 de marzo del año 2016 lo homenajeó con el título de Dr. Honoris Causa. Aquella vez enrojecimos las palmas aplaudiendo el homenaje. Se trataba del merecido reconocimiento al único gobernador desaparecido por la dictadura; un reconocimiento que se daba además en el corazón político y administrativo del país. Lo último no era menos importante. Era también una pequeña fisura a la mirada metropolitana de nuestra historia nacional. Una que concibiendo como central a hechos y figuras producidas o surgidas en la metrópolis, suele mezquinar sitiales a procesos y personalidades que desde el interior irradiaron bondades al todo nacional del que formamos parte.