Marcha del Orgullo Gay | 49 años de una historia que la Salta conservadora no puede frenar

Foto de Carolina Vera.

Se conmemoró ayer el Día del Orgullo Gay y el colectivo salteño marchó en la plaza 9 de Julio levantando tres consignas: basta de abuso policial, inclusión laboral, respeto a las identidades. Breve historia de un proceso que se inició en Stonewall hace medio siglo. (D.A.)

Hagamos referencia a la fecha para celebrar que la Salta conservadora de la que todos hablan no haya podido impedir que la colectividad homosexual deviniera en protagonistas del espacio público salteño. Sin dudas estamos ante un avance que sólo puede explicarse por la actitud de esa colectividad: nunca consideró un logro como un punto de llegada sino como un nuevo punto de partida para ampliar derechos. Situación que grafica por qué quedando aún mucho por qué pelear para esa colectividad, haya también mucho por celebrar.

Grafiquemos lo último rememorando dos momentos históricos. El primero ocurrió lejos de nuestra tierra el 28 de junio de 1969, más precisamente en Stonewall -New York- donde el colectivo gay y los más marginados de entre ellos (los travestis y las drag queens) se cansaron de los hostigamientos y las razzias policiales y protagonizaron una batalla en la que pusieron los detenidos, los heridos y los muertos.

El suceso sin embargo consolidó una identidad propia que conmocionó el linaje argumentativo que la religión y cierta ciencia empleaba para clasificarlos: pecadores descendientes de la ciudad de Sodoma y Gomorra, lugar que por cobijar la práctica homosexual fue pulverizado con una lluvia de azufre y fuego; o enfermos clínicos que debían encerrarse en asilos. Los primeros argumentos provienen de la iglesia; el segundo del alemán Richard Von Krafft-Ebing quien aseguraba que la homosexualidad era una “degeneración neuropática hereditaria”, agravada por la excesiva masturbación.

La revuelta de Stonewall fue un “basta” colectivo, también la decisión de abandonar los rincones donde habían sido relegados por la “sana moral” y una rebelión del lenguaje que subvirtió el significado de términos que hasta entonces denotaban humillación y odio. Adjetivos como amanerado, trolo, marica, puto y otros aun peores fueron apropiados por gays, lesbianas o travestis para significar un sentimiento de satisfacción por una condición a la que consideraron digna de mérito.

Por eso resultó lógico que corriendo el año 1973, en la revista Así, un referente del Frente de Liberación Homosexual argentino, Néstor Perlongher, declarara que el orgullo gay significaba el claro “intento de alentar a los hermanos de lucha y destruir el complejo de culpa y vergüenza que desde nuestra infancia y durante los años de existencia arrastramos como producto de la educación represiva y antihumana del sistema”.

Stonewall, entonces, como revuelta que agujereó la pared de la realidad. Una realidad que bien puede ser para muchos la única verdad, aunque no sea menos cierto que tal como la imponen algunos constituye una atmósfera asfixiante. Stonewall como acontecimiento que consolida una identidad que fue la condición para exigir al poder político que ampliara derechos.

Y ahí entramos al otro hecho que ocurriendo en nuestro país, se extiende desde entonces a otras partes del mundo e instala lo aquí ocurrido como algo digo de mérito: me refiero a la Ley de Matrimonio Igualitario sancionada y promulgada en el año 2010. Otro avance enorme. No importa que en su momento algunos hayan ninguneado el logro mofándose de que el colectivo accedía a la institución del matrimonio cuando la misma empieza a caer en desuso.

No importa porque el valor simbólico y político del logro era y es enorme por provocar otro hueco en el muro de la realidad. Hueco que posibilitó otras conquistas como la Ley de Identidad de Género sancionada en mayo del 2012 y que otorga dignidad a las mujeres trans por la simple y no menos poderosa razón de que lograron enderezar todo lo que la ley en nombre de dios, la naturaleza, o la moral judeocristiana, había torcido.