“Somos un montón quienes tenemos atragantada la espina del 2002”, enfatiza en esta nota el periodista salteño Franco Hessling, evidenciando una pasión y un conocimiento por este deporte que pocos conocían.

El rendimiento del seleccionado de básquet muestra una continuidad en un proyecto que viene y deberá continuar: disfrutar para ganar y sentar bases idiosincráticas para encuadrar talentos. Un planteo colectivo de básquet solidario que tiene como bandera a Luis Scola, el gran capitán.

En 2002, en el Mundial de Indianápolis, el equipo que nos devolvió a las primeras planas del básquet internacional -después del Mundial de Argentina en 1950- llegaba con una ausencia de peso a la final con Yugoslavia: nada menos que Emanuel Ginóbili, quien todavía no había debutado en la NBA pero que venía de ser el jugador más determinante de Europa. Fue un partido de altísimo nivel, en el que un purrete Luis Alberto Scola fue parte importante de un equipo que mereció y debió ganarle a Yugoslavia. Una serie de fallos arbitrales desafortunados, como una falta pitada a Scola en la mitad de la cancha o un silencio de silbatos en una penetración friccionada de Hugo Sconochini, determinaron el destino del título de campeón. La bandera celeste y blanca quedó por debajo del hoy inutilizado pabellón yugoslavo.

Retrotraer ese antecedente no sólo sirve para colarse a la ola de menciones sobre la increíble vigencia de Scola, 17 años después en una misma instancia, sino también para empezar aferrándose a un dato nada menor: el gran capitán tiene hambre de revancha. Sí, con 39 años, el tipo tiene una motivación única porque tiene una cuenta pendiente. Con el espíritu competitivo que lo caracteriza, y que singulariza ya a toda una concepción del básquet que hay en Argentina, la motivación de revancha de Scola se vuelve un factor de análisis, para nada un mero señalamiento emotivo. Por eso, por el carácter, todos los jugadores y ahora también sus rivales saben que esta selección no tiene techo.

Queda cómodo decir que es un equipo que puede ganarle a cualquiera y puede perder con cualquiera, porque suele decírselo de equipos con empuje, aunque en la práctica no le ganan a todos ni remotamente. Esta selección argentina, en cambio, equilibra el dicho: es cierto que podría perder con cualquiera, pero no es menos cierto que puede ganarle a cualquiera. Francia y Serbia son planteles y equipos top. Los balcánicos, en los papeles y en los primeros 4 partidos del Mundial eran el gran candidato. Los galos perdieron un partido muy cerrado con Australia, en la segunda ronda, aunque habían mostrado un mejor funcionamiento de conjunto que los oceánicos y daban la sensación de no haber mostrado su techo en este Mundial, ni siquiera cuando le ganaron a Estados Unidos en Cuartos de Final.

Frente a la selección argentina conducida por el bahiense Sergio Santos Hernández, Francia y Serbia quedaron reducidas a su mínima expresión. No fue casualidad, la idiosincrasia del equipo, manifiesta por su máximo entrenador, estriba en considerar que para ganar hay que disfrutar. No al revés, no se disfruta porque se gana, sino que se gana porque se disfruta. Otra vez, eso podría sonar a frase sin sentido, pero este equipo argentino le da contenido real: no parecen dispuestos a ganar sin aprovechar al máximo cada momento dentro de la cancha. Sea desde el rol que sea.

¿Qué idea de disfrute basquetbolistico maneja el equipo de Hernández? Un básquet solidario, no en el sentido de que siempre sea necesario un pase más, a veces puede no ser necesario el tan publicitado “pase extra”, sino en el sentido de que nadie juega pensando en sus estadísticas individuales. Disfrutar es convertirse en equipo. Nadie acarrea a nadie, o, más bien, todos se acarrean entre sí. En el básquet solidario la actitud colectiva se torna avasallante.

Habrá que cuidarse con España, pues cultivan una filosofía similar en ese aspecto y no se les verá el lenguaje corporal frustrado que se les observó a los serbios y franceses cuando se vieron asediados por el hambre argentino. En la final será una batalla intensa de principio a fin, porque Argentina no enfrenta sólo a otro gran plantel, sino también a un inmenso equipo y con una idea de juego igual a la albiceleste: también enfocada en la intensidad y el logro colectivo. Se augura un combate entre hambrientos. España vino muy de atrás en la semifinal con Australia, forzó dos tiempos suplementarios para conseguir su pase a la final.

Mañana hay muchas chances de que Scola se saque la espina y este equipo, con jugadores de élite y un funcionamiento y actitud soñadas, conquiste la gloria. También hay muchas chances de tropezar con una España igual de insoportable. Lo importante, es relevante decirlo hoy, será que en este Mundial se reafirmó una línea de continuidad en un proyecto de básquet con componentes técnicos, idiosincráticos, emocionales y filosóficos -las tácticas, y aun las estrategias, pueden variar-, que permite mantener las selecciones nacionales en el más alto nivel internacional. El camino a seguir va en ese mismo sentido y eso es una tranquilidad. Los talentos irán apareciendo. Igual que al subvertir el orden entre el disfrute y la victoria, hay que subvertir el orden entre el proyecto de básquet nacional y el talento: el proyecto generará talentos, no serán los talentos los que promuevan proyectos.

Pero mañana, mañana cueste lo que cueste, porque somos un montón quienes tenemos atragantada la espina del 2002.