Las elecciones desmintieron una leyenda argentina: que candidatura + presidencia + control del Estado es igual a reelección. Final para una presidencia que deja una economía devastada y una fobia intensa contra los pobres. (Daniel Avalos)

Aclaremos rápido el porqué del uso de la palabra VICTIMA con mayúscula. El recurso sólo busca enfatizar el absoluto repudio a una conducta recurrente del presidente, quien jamás fue objeto del encono de los poderosos, pero se promocionó a lo largo de cuatro años como una persona perseguida que reclamaba a gritos la compasión de sus compatriotas. No hubo nunca en él, una estoica manera de enfrentar la adversidad política que sus políticas generaron. Nunca tuvo la valentía de aquellos que, convencidos de sus ideas, estuvieron dispuestos a enfrentar las consecuencias de sus políticas en nombre de valores superiores.

Macri quedará en la historia política nacional como el hombre que llegó a la presidencia para dedicar la mitad del día a devastar la matriz productiva nacional, mientras la mitad restante del mismo día lo ocupaba en pergeñar mentiras a las que Jaime Durand Barba buscó elevar a la categoría de ciencia. Esas fueron las coordenadas de una especie de proselitismo permanente que nunca buscó llegar a la razón de los argentinos, sino a una dimensión a la que el gurú ecuatoriano definió con precisión: “El elector vota ante todo con el corazón. Siente antipatía o simpatía por el candidato. Le cae bien o le cae mal (…) El elector común no vota por alguien que le cae mal, a menos que satisfaga sus pasiones negativas (…) Los consultores profesionales saben que la antipatía no se supera con una buena propuesta”.

La derrota que sufrió no logrará librarnos de esa visión de las cosas que el presidente fomentó con monitoreada maldad. Las 30 plazas del “Sí, se puede” son el mejor de los ejemplos. Conviene detenerse en ellas. No porque alguna vez creyéramos que podían dar vuelta las PASO del 11 de agosto. Sí porque allí había objetivos ocultos y de proyecciones preocupantes. La menos dañina se relaciona con el obvio objetivo de alambrar el voto antiperonista e impedir que el mismo migrara hacia otras fórmulas de igual signo. Para pincelarlo debemos pedir auxilio a la historia. Servirá para recordar que en las elecciones híper polarizadas ese voto siempre rondó en el 38%,

Ocurrió en septiembre de 1973 cuando el propio Juan Domingo Perón no logró la adhesión del 39% de los ciudadanos; también en 1989 cuando en medio de una crisis económica parecida a la de hoy – pero con estallido social incluido – Eduardo Angeloz con el apoyo del presidente Alfonsín cosechó casi el 38% de los sufragios. Macri logró la adhesión del 40%, pero a diferencia de los radicales en los 70 y los 80 impulsó el paso del antiperonismo en general al gorilismo a secas. Hay diferencia entre una cosa y otra. Los radicales siempre acusaron al peronismo de haberlos divorciado de las masas populares, aunque jamás ahorraron esfuerzo para representar a los sectores populares que el justicialismo representa desde su emergencia en el 1945.

El gorilismo es otra cosa: es antiperonismo + antiplebeyismo. El “gorila” es un ser que detesta a los líderes peronistas, pero sobre todo detesta y aborrece a las masas populares que adhieren al líder. Al primero lo consideran un manipulador dispuesto a cruzar límites para instaurar una tiranía que – según el gorila – solo es posible por la adhesión de una masa popular que para ellos forma una turba irracional que, careciendo de sensatez, es proclive a enamorarse del aventurero o aventurera que mediante “engaño bien monitoreado” enamora para siempre a la plebe idiotizada.

Las 30 plazas del “Sí, se puede” consolidaron ese pensamiento en un sector importante de la sociedad, que no alcanza al 40% de los votantes de Cambiemos, pero sí a un porcentaje considerable del mismo. Entre ellos abundan quienes crecieron entre pretéritos blasones o familias adineradas que enseñaron a los suyos a usar el tono áspero, arrogante y despectivo para dirigirse a los “inferiores”, aunque habrá que admitir también que a ese grupo de notables se sumaron muchos hombres y mujeres de clase media y baja confirmando que en este país son muchos los que no se sienten plenos sin abusar de alguien al que la historia vomitó por debajo de todos.

Ante ellos el presidente saltó, gritó, arengó y hasta se comunicó con Dios con el objeto de señalarles a los Fernández que también él cuenta con un sector dispuesto a movilizarse, mientras enviaba mensajes a sus rivales internos del PRO – María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta –   de que es él la figura convocante del espacio. Una digresión se impone: será para decir que el último de los mencionados cuenta con la ventaja de haberse impuesto cómodamente en Ciudad de Buenas Aires y carece de la pereza de un Macri que superó los cien días de vacaciones en cuatro años de gobierno. Habrá que ver qué hacen ahora los radicales: si exigen protagonismo o mantienen su condición de partido más que centenario dispuesto a delegar la dirección política e ideológica a una fuerza netamente porteña.

Hecha la digresión, concentrémonos de nuevo en ese sector gorila al que sería incorrecto subestimar por el perfil que evidenció en esas plazas del “Sí, se puede”. Más numerosos el domingo que los registros que la historia muestra y con la revitalizada intensidad de otros tiempos: dispuestos a seguir a un personaje que siempre articuló mal las pocas ideas que expuso y que siempre se enfocaron en señalar que era víctima de actos de sabotaje, traiciones y desviaciones que emanaban del llamado “populismo”. Cuando eso no alcanzó, recurrió a las justificaciones climatológicas como el de haber sufrido las tormentas perfectas. Ese hombre fue cuatro años presidente de la nación y las consecuencias de ello seguirán afectando a los argentinos que evidenciaron el fracaso desmintiendo una vieja leyenda argentina: que candidatura + presidencia + control del Estado es igual a reelección.