Hace años un entrevistado me decía “Entramos el 21 de septiembre”. El que hablaba era el fallecido Héctor Jouvé y daba cuenta del día en que junto a otros estudiantes ingresaron desde Bolivia a Orán para montar una guerrilla ideada por el Che. (D.A.)

La historia tiene escenario salteño pero no a los protagonistas que en su mayoría eran estudiantes cordobeses y porteños que iniciaron el frustrado sueño de la revolución un día del estudiante de 1963. Eran tiempos en donde la experiencia cubana de 1959 obnubilaba a casi todos. Hasta el muy correcto historiador inglés Eric Hobsbawm recordó alguna vez en una entrevista que él veía en esa isla un lugar repleto de “espíritu romántico, heroísmo en las montañas, líderes estudiantiles con la desinteresada generosidad de su juventud”.

De allí que cuando desde Cuba llega al país un contacto que informa que en Tarija esperaban para ingresar a Oran hombres del “Che” con la experiencia y la infraestructura para iniciar la empresa; los estudiantes argentinos vieran la posibilidad de concretar el sueño revolucionario de la mano de quienes ya lo habían hecho en Cuba.

La elección de Oran respondía a varios puntos: limita con la poco controlada frontera boliviana; el ingenio El Tabacal reunía durante la zafra 22.000 braceros sometidos a una explotación brutal; y su dueño Robustiano Patrón Costas representaba a una oligarquía que asemejaba al mundo con una estancia. Pero la empresa fracasa.

Las charlas donde los hombres del Che relatan a los argentinos pasajes de la guerra revolucionaria en Cuba no alcanzan a disimular que el líder en Oran no tenía las luces del Che; los análisis políticos desacertados retrasaban la acción; que los guerrilleros empezaran a sufrir la rudeza del clima y un verticalismo enorme que abortaba la discusión y reducían las expectativas hasta que dos fusilamientos internos mutan el sueño en pesadilla.

Cuando la guerrilla ya se parecía a una patrulla perdida, la gendarmería le asesta el golpe final. La caída de un vivac cercano a Colonia Santa Rosa determina la dispersión de los hombres, muertes por inanición, enfrentamientos con la gendarmería, accidentes seguidos de muertes y la captura final. En abril de 1964 el sueño de los estudiantes concluyó.

En los diarios salteños abundaron crónicas y análisis atravesados por el pedido de mano dura y un sensacionalismo propio de la Guerra Fría en donde los periodistas imaginaban operaciones inexistentes. Luego la experiencia cayó en el olvido a pesar de que las condiciones políticas del país fueron incubando pocos años después grupos guerrilleros de naturaleza similar fundados y conformados, otra vez, mayoritariamente por estudiantes.

No es que el sistema educativo de aquel entonces incubara la “subversión”, sí que en momentos en donde las subjetividades consideraban legítimo y deseable la participación colectiva en el destino de un país la educación se convirtiera en una herramienta útil a la demanda.

Héctor Jouvé me declaró en aquella entrevista que estando prisionero en el destacamento que Gendarmería posee en Orán, el entonces jefe de esa fuerza, Julio Alzogaray, le confesó su preocupación porque el perfil de sus hijos era similar al del guerrillero Jouvé. El carcelero se atreve incluso a pedirle consejo para que sus hijos no sigan igual camino y el prisionero le sugiere que no los envíe a la escuela porque éste ara el ámbito en donde le enseñaban aspectos de la vida democrática que en nuestro país no existían por los sucesivos golpes militares y proscripciones políticas que terminaban deslizando a los jóvenes a rebelarse contra ello.

Dos años después, en 1966, Julio Alzogaray fue uno de los cabecillas que derrocaron al gobierno constitucional de Arturo Illia hundiendo al país en otra dictadura. Alzogaray siguió enviando a sus hijos al colegio y en los 70 la profecía del guerrillero Jouvé se concretó: dos de sus hijos empezaron a militar en la Juventud Peronista y luego en Montoneros.

El mayor fue desaparecido en Tucumán por las fuerzas comandadas por el genocida Domingo Bussi; el menor debió exiliarse en México; mientras el general Alzogaray murió sin lograr que sus colegas golpistas y asesinos le dijeran cual había sido el destino final de su hijo desaparecido.