Literatura salteña | “El mar de las libélulas”: cuentos y relatos de inmigrantes y refugiados

María Belén Alemán nació en CABA pero reside en Salta desde los 13 años. Ese trozo de historia personal explica en parte este nuevo libro en donde la esperanza y el dolor atraviesan todos los cuentos del volumen. (Raquel Espinosa)

La autora de este libro agrupa su producción en dos partes: “I Los mares del ayer/la esperanza” y “II Los mares de hoy/el dolor”. Esperanza y dolor, sin embargo, están presentes en todos los cuentos del volumen. Así, por ejemplo el texto “Desde lo profundo sopla el viento” expone la historia de Genaro, un joven de veinte años que viaja desde Massignano, su pueblo, a Génova y de allí a Buenos Aires y Misiones, donde sus huellas desaparecen y no hay más noticias sobre él. La duda que lo atormentara al principio del relato: “Dejar todo. Dejar a todos” se cumple finalmente. La incertidumbre se instala en el relato. Sin cartas no hay historias para compartir con la familia ni con otros destinatarios. ¿Qué será de Genaro? El hijo, el novio, el amigo, el vecino del pueblo que no da señales de vida. El personaje, que había partido de un pueblito ubicado en la cima de una colina, a cinco kilómetros de la costa del Mar Adriático, desaparece de escena y su trayectoria deberá reconstruirse en relación a esos otros personajes que deja al partir y a los que el narrador vuelve para interrogarlos. Los lectores podrán, como es de esperar, dar algunas posibles respuestas.

Como el libro gira en torno de los migrantes, personas que por distintos motivos viajan atravesando diferentes rutas los símbolos de esas travesías: barcos, anclas, puertos, trenes, estaciones, hoteles, campamentos a cielo abierto y caminos se multiplican y van reconstruyendo los avatares de la propia existencia humana. El libro deja entonces de ser sólo un compendio de historias individuales para resumir una historia colectiva donde sólo cambian los personajes y sus circunstancias.

Los peregrinos deambulan por distintas geografías; también por distintos tiempos que se acumulan en la memoria y se van desplegando cuando despiertan los recuerdos, propios o ajenos. En todos los casos, las narraciones surgen del deseo: deseo de conocer, de rescatar el pasado y los ancestros y deseo de comunicar luego lo que se ha descubierto, de compartirlo. Deseo que en su frenética expansión confluye con la necesidad de encontrar la forma para contarlo. Cito en este caso un fragmento de “Mi querido irlandés»:

“Revuelvo papeles, información que encontré en internet, en un libro que compré por correo, recupero mensajes de mis primas, reviso fotos…” (pág. 61).

El proceso de escritura emerge así ficcionalizado para entrelazar lo imaginado con lo real. Y, confundidas en esta instancia, la autora con la narradora-protagonista, dan cumplimiento al mandato de toda escritura literaria: exorcizar nuestros propios demonios:

“Exorcizo el pasado lejano y destierro tu hambre silenciada para descubrirte entre nosotros. Pinceladas de tu historia, querido bisabuelo, un intento de devolverte la voz olvidada con los años. Es que las historias de los que se fueron se cuentan así, por fragmentos” (pág. 65). Fuera de la ficción nosotros, escritores y lectores, contamos también por fragmentos nuestra propia historia, la historia de los que aún permanecemos. Todo se construye por fragmentos. Porque una vida remite a otra y toda escritura es heredera del pasado y se conecta con el futuro.

En la historia de la literatura argentina, los inmigrantes o emigrantes han sido protagonistas tanto en la narrativa como en el teatro; lo mismo sucede con varios poemas o canciones dedicados a quienes dejan su lugar de origen voluntariamente u obligados por las circunstancias. María Belén Alemán es consciente de esa tradición pues antes de escribir ha leído muchas de las obras ya clásicas sobre el tema y otras nuevas que se van sumando a este corpus. Y porque la lectura y la escritura conforman un movimiento de reactivación recíproca, pudo la autora de El mar de las libélulas pasar de la lectura amorosa en la que se inspiró a la escritura productora de nuevos textos. Tal como algunos de sus personajes, que dejan atrás las penas para apostar por la esperanza de una vida mejor, la autora, fascinada por la esperanza de escribir, asume el Deseo y se instala en él. A través de sus cuentos y relatos aporta una mirada nueva para que el placer se siga compartiendo entre escritor y lector.

Esa vocación de escribir se construye desde el deseo y desde la necesidad de acción. Una idea, un concepto o una imagen que impresionó a la autora la llevaron seguramente a escribir la primera frase de los relatos reunidos en este libro. La disciplina en el trabajo ayudó a darle forma, establecer sentidos y construir cada final. Pero ese largo trabajo sigue siendo atravesado por el deseo que nunca deja en paz a ningún escritor comprometido con el tiempo y el espacio en el que le tocó vivir. Es el deseo de transformar la realidad que no termina de convencer porque duele, porque expulsa, porque reparte en forma desigual, porque está cambiando permanentemente. En fin, los motivos pueden ser muchos pero el deseo de transformar la realidad para mejorarla, para hacerla más justa, más aceptable es lo que percibo yo en este libro.

Aunque varias historias son tristes o verdaderamente trágicas sobrevuela en esta obra una sensación de optimismo que convoca a seguir con la lucha cotidiana. La decisión de escribir es la de construir otro mundo posible, con la certeza de que realmente así será. Tal es el planteo de “La casa más grande” en la segunda parte del libro. Aquí, desde la mirada de un niño y encarnando en él los sentimientos de empatía y solidaridad, se sintetiza la esperanza de un mundo donde todos tengan su lugar, todos “adentro de la casa”.

Los padres dejan a su hijo al cuidado de Ludmila para asistir a los cada vez más numerosos refugiados que llegan a la localidad y que conforman una larga cadena de gente sin casa, ni abrigo, ni comida. Sin destino. Cuando el niño descubre esa realidad que los padres guardaban en secreto se queda profundamente conmovido y empieza a imaginar una posible solución. Empieza entonces a pintar: “Una casa grande para que todos los niños que había visto en las calles pudieran dormir sin frío…”

El pequeño pintor proyecta y dibuja el plano de una vivienda con muchos cuartos, puertas y ventanas y los empieza a pintar: “Mientras los ladrillos pintados se secaban, estiré bien mi dibujo sobre el piso, lo miré una y otra vez para no equivocarme y comencé a levantar las paredes de la casa más grande que jamás había construido solito”.

La imaginación le ayuda al niño a ordenar las ideas y los sentimientos que le abrieron los ojos a una realidad que lo deslumbra con su crudeza. El arte lo salva de caer en el vacío. La narradora, a su vez, reproduce, a través de su relato, ese modo de obrar del niño; utiliza las palabras para recuperar la realidad y ordenarla, según su parecer. Gestiona posibles soluciones. Por eso crea personajes que eligen el voluntariado como una posibilidad de cambio. Para ponerlo en palabras de la propia autora: “Los cuentos y relatos de este libro surgen desde lo profundo, para hacerse viento en el alma, libélulas en el mar”.