Adolf Eichmann durante su juicio en Israel.

En mayo de 1960 un comando israelí secuestró en Buenos Aires al criminal nazi Adolf Eichmann, ejecutado en mayo de 1962. Antes de morir gritó “Larga vida a la Argentina”. En esa referencia está el germen del trabajo que acá reseñamos.

Obviemos relatar aquí sobre los detalles de esa operación comando ejecutada un 11 de mayo de 1960 en Buenos Aires. También evitemos referirnos a cómo el traslado a Israel del criminal que se había instalado en Argentina en 1950 con la identidad de Ricardo Klement, debilitó al gobierno de Arturo Frondizi quien fue señalado como un presidente incapaz de garantizar la no injerencia de estados extranjeros en el país.

Concentrémonos en Adolf Eichmann de quien el escritor italiano de origen judío y sobreviviente del holocausto, Primo Levi, dijo lo siguiente: “las grandes fieras de la historia, los Hitler, los Himmler, los Goebbels, habrían pasado como siniestros meteoros por el cielo de Europa sino hubieran existido mil fieles ejecutores ciegos de las órdenes recibidas”. Entre ellos, por supuesto, Primo Levi ubicaba a Eichmann a quien calificó como uno de los hombres más peligrosos del siglo XX.

Tal calificación se entiende. En personas como Eichmann recayó la tarea sobre qué hacer con los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial a medida que Alemania avanzaba en sus conquistas. Eichmann se tomó muy a pecho resolver “la misión” que con Adolf Hitler tomo forma macabra: expulsar de lo que él llamada el “espacio vital” del Reich a los judíos con el objeto de que los “arios” y alemanes dispersos por Europa ocuparan su lugar en el mismo.

En la cabeza de Eichmann, Himler y Heydrich danzaron planes que presumían ser integrales. Primero vino el Proyecto Nisko que debía su nombre a una aldea polaca que debería ser el refugio de los judíos deportados; luego surgió el proyecto Madagascar que consistía en deportar a esas islas cuatro millones de judíos, algo finalmente trunco porque simplemente la Alemania nazi no podía garantizar ese traslado.

Fue entonces cuando gente como Eichmann pensó lo siguiente: de qué valía deportar judíos si con el avance imparable de Alemania por Europa los mismos retornarían al cabo de un tiempo como fantasmas. La solución definitiva – pensó – era la aniquilación. Si hasta 1941 Eichmann era el encargado de expulsar judíos, desde 1942 fue el encargado de eliminarlos en campos de concentración como Auschwitz que él mismo fundo. El resto de la historia es conocidas: seis millones de seres humanos aniquilados en esos campos.

Tras la rendición de Alemania y el fin de la guerra, éste alemán de origen austriaco como Hitler huyó durante quince años. Diez de esos años los vivió en nuestro país. Vendiendo licuados de frutas en el puerto de Olivos, reuniéndose con otros criminales nazis fugados como Josep Mengele en cafés de Avenida de Mayo, adentrándose en los montes tucumanos para medir el nivel de agua como trabajador de un organismo público, para finalmente retornar a Buenos Aires desde donde sería secuestrado por el comando israelí.

Su juicio en Jerusalén fue presentado como el juicio del siglo. La filosofa de origen judío, Hannah Arendt, partió como periodista a cubrirlo pero no pudo escribir una palabra. Sólo con el tiempo redactó un libro al que tituló “Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal”. Allí concluye que se juzgó el asesinato de millones de personas mientras el acusado se defendía diciendo que lo único que había hecho era redactar planillas, sellar papeles en su escritorio o ir cada día a su oficina. Eichmann, en definitiva, era un monstruo que casi nunca se manchaba las manos con sangre y esa “banalidad” iluminaba la enorme contradicción entre el inmenso Poder que la tecnología pone en manos de quienes ocupan el Poder y la insignificancia de los hombres que detentan ese Poder.

El 31 de mayo de 1962, en la cárcel de Ramla en Jerusalén, el verdugo que activó la horca en la que fue ejecutado le preguntó si quería pronunciar sus últimas palabras. Adolf Eichmann dijo que sí y gritó: “Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Nunca las olvidaré”.

Cuando el escritor argentino Álvaro Abós se enteró de ello sintió vergüenza y se preguntó lo siguiente: ¿qué había hecho nuestro país para merecer tal reconocimiento? De esa vergüenza y de esa pregunta surgió su libro “Eichmann en Argentina” que aquí recomendamos a los lectores de CUARTO para que los hechos traumáticos protagonizados por la humanidad nunca sean olvidados.