Leopoldo Lugones (h) | El macabro arte de torturar en nombre del dictador salteño José Félix Uriburu

Fue el inventor de la picana eléctrica y para muchos la persona que manejó el primer centro clandestino de detención del país. Sus víctimas fueron militares yrigoyenistas, opositores civiles y hasta periodistas.

En el libro “Argentina, un siglo de violencia política”, de Marcelo Larraquy, se revelan varios detalles aterradores de un personaje dantesco. El poeta Leopoldo Lugones era uno de los que proponía desde mediados de la década del 20 del siglo XX que había llegado la hora del “poder fuerte” por sobre el parlamentarismo y una democracia a la que caracterizaba como “el culto de la incompetencia”.

De allí que no sorprendiera su abierto apoyo al primer golpe de Estado del siglo XX contra un gobierno constitucional: el protagonizado por el militar salteño José Félix Uriburu que derrocó al presidente constitucional, Hipólito Yrigoyen. El poeta, incluso, fue el que redactó la proclama del golpe de Estado.

El libro de Marcelo Larraquy muestra cómo el encarcelamiento y la eliminación de opositores fue el sostén de su plan político de larga duración. Sin embargo, Uriburu evitó usar a las Fuerzas Armadas como institución para la represión clandestina y prefirió delegar esa tarea en algunos militares ligados al nacionalismo, en sus funcionarios de confianza y en la estructura policial. Allí entra en juego el hijo del poeta.

“Hasta el golpe de Estado de 1930, la Sección Orden Político era una repartición casi anodina en la burocracia de una policía que había naufragado muchos años en la desorientación (…) se manejaba con una veintena de agentes que elaboraban informes de inteligencia en conferencias de prensa o debates públicos. La Sección era conducida por el coronel Enrique Pilotto, quien, apenas asumió Uriburu, cedió el control a Leopoldo Lugones (h), el hijo del poeta. Lugones (h) ya tenía experiencia en los organismos públicos. Había sido director del Reformatorio Olivera, pero fue exonerado por matar a palos a un internado. Lugones (h) no había tenido una infancia feliz: castigos corporales por parte de su familia, un ataque de tifoidea a los 12 años que le amargó su estadía en París, pero no había dudas de que quería ser policía”, dice algunos de los fragmentos del libro publicados en el portal Infobae.

“A los 16 años se había ofrecido como aspirante a la Sección de Investigaciones. Lo hizo con su propia invención: un instrumento para torturar y hacer declarar a los detenidos. Lo había probado con animales y le había dado resultado. Lugones (h) le dio impulso a la repartición policial. Bajo su gestión llegó a tener trescientos agentes a su cargo, que caminaban las calles en busca de cualquier frase de café en oposición al gobierno como argumento de una detención por “conspiración” que luego se pagaba con cárcel y torturas. En virtud de sus procedimientos, sus víctimas denunciarían que sentía placer por los castigos físicos y morales. Por su fisonomía y su estructura psíquica, lo comparaban con Santos Godino, el “Petiso Orejudo”, criminal serial que ahorcaba o prendía fuego a los menores. Y, así como Godino era objeto de estudio de la criminología argentina, las víctimas de Lugones (h) reclamaban que se evaluaran sus conductas criminales con los mismos parámetros”.

Increíblemente, para algunos Lugones (h) provocó una revolución en las macabras técnicas represivas de la policía. “Hasta su gestión, los agentes se valían de cachiporras de goma o de la prensa, que oprimía distintas partes del cuerpo de los detenidos para sus “hábiles interrogatorios”. Incluso la cárcel de la isla Demarchi, ubicada en el Río de la Plata, entre la Costanera Sur y La Boca, tenía un tanque donde se sumergía a los detenidos, pero era de agua limpia. Lugones (h) produjo el salto cualitativo. Presentó nuevos instrumentos de tortura para hacer más eficaces los “interrogatorios” policiales. Los utilizó en los sótanos de la Cárcel de la Penitenciaría de la calle Las Heras. Fueron probados sobre los cuerpos de miles de detenidos por el Régimen”.

“El Triángulo era el primer reducto que conocían los torturados. Era un espacio pequeño, rodeado de materia fecal y agua, donde se dejaba desnudo al detenido en la oscuridad bajo temperaturas extremas. Allí se lo invitaba a firmar una declaración judicial que lo incriminara a él o a un tercero. Después del triángulo, descendía a los sótanos de la Penitenciaría. Entre los instrumentos de tortura estaban la picana eléctrica, un cable conectado a electrodos; la silla, ligada a una roldana que subía al torturado para luego hacerlo caer de cara en el tacho, una pileta repleta de inmundicias y materia fecal. Los tacos, que eran pilares de adoquines o de madera que se presionaban con un torniquete sobre los detenidos atados en la silla. Con el tiento se ataban los genitales y se los estiraban. También utilizaban agujas al rojo vivo, o tenazas de madera para estirar la lengua de la víctima. No solo obreros, estudiantes, radicales, anarquistas o comunistas fueron objeto de la represión del régimen militar. El gobierno de Uriburu también torturó a sus camaradas de armas que se oponían al proyecto autoritario del dictador salteño”, destacan algunos de los fragmentos publicados.