La violencia letrada | A propósito del documental salteño pro genocida que iba a estrenarse en la Feria del Libro

Testimonios que se adelantaron en el tráiler del documental nos lleva a la historia del represor salteño cuya actuación individual, pincela el horror de la dictadura: Juan Carlos Jones Tamayo, quien desde la cárcel asegura que nunca pedirá perdón. (Daniel Avalos)

El documental “Será Venganza!!!” está lejos de representar una excepcionalidad en los tiempos macristas. Es un eslabón más en la cadena de episodios que – desde el triunfo de Macri en diciembre del 2015 – demanda dos cosas: que a los a los represores se les suspendan los procesos judiciales alegando frágiles estados de salud y que los condenados gocen de prisión domiciliara aduciendo ancianidad. Demandas que se enmarcan en la necesidad del supuesto “reencuentro nacional” y en la cada vez menos acomplejada teoría de que tales genocidas “protagonizaron” una épica patriótica.

Repasemos algunos eslabones de tal cadena: la editorial del diario La Nación de diciembre del 2015 exigiendo lo mencionado, funcionarios nacionales negando el número de desaparecidos, comunicadores sociales amplificando las voces de quienes buscan “desmontar el supuesto relato” diseñado por organismos de derechos humanos. La mayor arremetida institucional en esa dirección ocurrió hace exactamente un año, cuando el máximo tribunal de Justicia de la nación dispuso que los genocidas condenados tenían derecho a reducir sus penas aplicando la llamada ley del “2×1”. Intento legal y políticamente sepultado por multitudinarias marchas en el país que finalmente respaldadas por el arco político con representación parlamentaria.

A esa cadena se suma el documental producido por un “Centro de Estudios en Historia, Política y Derechos Humanos de Salta”. Audiovisual que iba a estrenarse hoy en la Feria del Libro de Buenos Aires y cuyos organizadores decidieron suspender al enfatizar que hay un límite ético que no pueden traspasar: el “Nunca Más”. Hicieron bien. Porque es cierto que las abominables atrocidades cometidas por la dictadura también tienen su lugar entre quienes se vanaglorian de ser cultos, pero no es menos cierto que todos los días debe lucharse para que la mal llamada alta cultura no conviva con la apología del genocidio.

Claro que documental encontrara otras formas de difusión. No seremos nosotros quienes hagamos una apología de la censura en nombre de ideales que por ser tan fuertes, nos separan irremediablemente de aquellos asesinos que sí censuraron. De allí que lo mejor aquí sea no dejar que los apologistas de la dictadura nos distraigan de nuestra verdadera tarea que es señalar lo que ellos prefieren ocultar. Podemos entregarnos a esa tarea recurriendo al tráiler del material audiovisual que reúne testimonios de represores, familiares y ex jueces que reivindican el terrorismo de Estado. Uno de esos testimonios es el de Guadalupe Jones Tamayo, hija de Juan Carlos Tamayo: un represor salteño que purga condena en la cárcel Federal de General Guemes.

Podemos entender que esa hija pueda acusarnos de “mala leche”. Después de todo, acá no sólo impugnaremos su relato sino que también hablaremos del padre. De allí que tenga derecho a sentir lo que quiera contra aquellos como nosotros que escarban en esa historia individual que pincela la totalidad del horror. Historia que conocemos porque tratando de entender aquel horror, apelamos también a los testimonios de viejas militantes de organismos de derechos humanos que reconstruyeron las biografías de los responsables de tantas tragedias.

Militantes que hicieron lo que durante años no hizo ni la justicia ni la disciplina histórica. Y militantes que reconstruyeron esas biografías con una minuciosidad tal, que en el caso de Juan Carlos Jones Tamayo podemos bucear hasta en la figura de su padre: también militar proclive a las conclusiones tajantes y a las conspiraciones militares.

Digresión genealógica

Una digresión se impone. Servirá para resaltar algunos aspectos de la salteñidad oficial que explica cómo ese hijo de inmigrantes terminó formando familia en nuestra provincia. Ocurrió en los tiempos donde el patriciado consideraba un buen partido para sus hijas a los oficiales recién egresados de las academias militares. No es un delirio de los viejos y las viejas militantes de organismos de derechos humanos. Es una versión corroborada por el historiador francés Alain Rouquie quien – en su libro “Poder militar y sociedad política en la Argentina” – escribía sobre Salta de la siguiente manera: “Con tal que tenga buenos modales y que sea atractivo, el teniente o el capitán acantonado en la ciudad podrá quizás asistir al gran baile anual del Jockey Club de Rosario o al del Club del Orden de Santa Fe. También harán un buen papel en la feria de beneficencia del Club Social de Tucumán. Su unidad acantonada en Salta recibirá algunas invitaciones para el garden party del prestigioso 20 de Febrero”.

Juan Jones terminó desposando a la hija de una tradicional familia salteña. De ese matrimonio nació Juan Carlos Jones Tamayo. A la hora de rememorar a Juan Jones, los testimonios aseguran que se exilió en Uruguay entre 1962 o 1963. No era un peronista de la resistencia. Era un militar que tras el derrocamiento de Perón en 1955 se involucró en las internas del ejército que devino en luchas abiertas entre “colorados” y “azules”. Las disidencias versaban sobre cuál debía ser el rol de las Fuerzas Armadas en la política del país y la actitud que debía adoptarse ante el peronismo. Juan Jones era de la facción “colorada” que fue clave para derrocar a Frondizi en 1958, aunque debieron ceder ante los “azules” que impusieron la idea de no reemplazar al presidente depuesto con un militar, sino permitir que el titular del senado asumiera la presidencia bajo la tutela de los militares.

Las tensiones entre los bandos no aminoraron con los años. Los “colorados” veían en el peronismo a un movimiento de clases violento y el escalón previo al comunismo, por lo cual sostenían que la única solución ante ello era aniquilarlo. Los “azules” proponían otra cosa: garantizar que el viejo líder muriera en el exilio, bregar para que el peronismo sin Perón no retornara al Poder y permitir que ese movimiento tuviese algún tipo de participación residual en la política nacional. En 1962 las tensiones se incrementaron y luego de tímidas escaramuzas entre los bandos, los azules arrebataron a los colorados la conducción del ejército. El “azul” Juan Carlos Onganía asumía la conducción de esa fuerza. Juan Jones partía a una exilio que no duró mucho ni tendría consecuencias duraderas en su carrera, aunque ese exilio obedecía al hecho de ubicarse a la “derecha” de un Ongania que cuatro años después derrocaría al gobierno constitucional de Arturo Illia.

El Jones Juniors 

Y ahora sí, llegamos a donde queríamos llegar: al Coronel Retirado Juan Carlos Jones Tamayo. Acá sí conviene evitar los rodeos para ir al grano: Jefe del Servicio de Inteligencia del Área 323 en Jujuy, fue partícipe de los tristemente célebres “Apagones de Ledesma”. Esas jornadas de julio de 1976 que incluyeron cortes de luz, vuelos rasantes de helicópteros, activación de bombas de estrépito y voces de mando amplificadas por megáfonos que en su conjunto buscaban inmovilizar a la población mientras las víctimas directas de los operativos eran secuestradas para no aparecer nunca más. Los sobrevivientes de entonces aseguran que el salteño era el encargado de recibir a los “chupados” en el centro clandestino conocido como “Guerrero” con un látigo de hilos de acero mientras les advertía: “Así se recibe aquí”.

Hay más. Juan Carlos Jones Tamayo estuvo involucrado en numerosas desapariciones que explican por qué el libro publicado por los organismos de Derechos Humanos de la vecina provincia -“Con vida los llevaron. Memorias de madres y familiares de detenidos” (U.N.Ju. 2008)- el salteño aparece mencionado en las  páginas 103, 138, 166, 211, 225 y 226 y siempre para ser vinculado con detenciones, apropiación de bienes y desapariciones de mineros, militantes, obreros azucareros y estudiantes.

Según los informes periodísticos, en Jujuy se le perdido el rastro entre 1976 y 1980, año en el que volvió a la provincia. Gozó de los beneficios de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final hasta que derogadas estas fue enjuiciado en la primera causa por delitos de lesa humanidad que se instruyó en Jujuy por el asesinato de la maestra Dominga Álvarez de Scurta.

El dictamen fiscal elaborado en 2006 pedía su captura y su indagatoria aunque un juez cómplice – Olivera Pastor – le extendió todo lo que pudo el período de gracia. Para cuando dictó una orden de detención, Jones Tamayo ya no vivía en el domicilio declarado. En marzo de 2011 se lo declaró en rebeldía y en octubre de ese año el Estado lanzó un pedido de captura nacional e internacional que incluía una recompensa de $100.000.

Cuando finalmente fue detenido en octubre de 2014, la militante de DDHH jujeños, Mariana Álvarez García, declaró que el salteño “Era la ficha que faltaba en el rompecabezas de los crímenes de lesa humanidad en Jujuy, es un personaje muy nefasto, de los más crueles de la represión en esta provincia”. La militante de H.I.J.O.S., Eva Arroyo, fue más allá: “Después de (Carlos) Bulacio [jefe de la Guarnición Jujuy] fue quien más responsabilidad tuvo en la represión en la provincia”.

El reencuentro según Jones

Juan Carlos Jones no siente culpas por su actuación. Se encargó de remarcarlo en una carta escrita desde la cárcel Federal de Güemes el 13 de febrero del 2015. Era para conmemorar el 40 aniversario del combate de “Río Pueblo Viejo”, en Tucumán, donde murió un oficial del ejército y dos guerrilleros del ERP. Jones Tamayo participó del mismo con el rango de Capitán y aunque el episodio no modificó los planes del Ejército ni del ERP en ese entonces, el salteño lo reivindica como el bautismo de fuego del “Operativo Independencia”: un laboratorio de represión ilegal que luego se extendió a todo el país tras el golpe de marzo de 1976.

Exigida por los militares y concedida por el peronismo de entonces en el poder, el “Operativo” empezó con el desembarco del Jefe de la Quinta Brigada del Ejército, Acdel Vilas y 5.000 efectivos en la localidad tucumana de Famaillá. El objetivo central no era ir tras los guerrilleros en el monte, sino disciplinar a la población sospechada de simpatizar con ellos. Lo confeso Domingo Bussi cuando reemplazó a Vilas en diciembre de 1975: “Aún resta detectar y destruir a los grandes responsables de la subversión desatada, a aquellos que, desde la luz o desde las sombras, valiéndose de las jerarquías, cargos o funciones logrados, atentan día y noche contra las estructuras del Estado, y aquellos otros que, con su hacer o no hacer, encubren, cuando no protegen a estos delincuentes que hoy combatimos” (Anguita – Caparrós: La Voluntad).

Juan Carlos Jones Tamayo sigue pensando lo mismo. En su carta de tono marcial escrita cuarenta años después se declara “prisionero” de una subversión a la que advierte en febrero del 2015 lo siguiente: “Al enemigo le digo que así como lo descubrimos en la maraña del monte tucumano hace 40 años (…) así también hoy lo vemos infiltrados en los diferentes sectores de la nación, siguiendo las enseñanzas del nefasto Antonio Gramsci”.

Una conclusión se impone: a pesar de los esfuerzos “negacionistas” por simular que quieren reconciliar al país, muchos de los que montaron centros clandestinos de detención, hicieron desaparecer personas y usaron la tortura para obligar a los prisioneros a delatar, siguen convencidos de que la subversión tiene tanta vigencia como Satanás la tenía para los monjes desdentados del medioevo. Para Jones Tamayo durante el kirchnerismo esa subversión había dejado el fusil para infiltrase en el Estado y en las organizaciones de la sociedad civil para desde allí trastocar la cultura nacional.

A ellos, en su carta, Jones Tamayo les dedica una perentoria despedida: “Al enemigo les digo: ´Somos soldados, nunca pediremos perdón por defender la patria´”.