Se cumplen 52 años del asesinato del revolucionario que reivindicó el uso del fúsil, pero también el trabajo y el estudio. Fue un ícono objeto de muchas líneas y al que vamos a dedicarle otras en honor a su herejía permanente. (Daniel Avalos)*

Digamos al respecto que esa figura ha sido apropiada por diversas organizaciones que se proclaman de la izquierda revolucionaria o simplemente progresistas. Entre las primeras están los partidos comunistas que en su momento quitaron apoyo al que consideraban un rebelde de la izquierda infantil o un aventurero peligroso para la “verdadera revolución”.

Entre los segundos se encuentran las buenas conciencias socialdemócratas, políticamente correctas, dispuestas a reivindicar la entrega y coherencia de un Guevara al que, sin embargo, de seguir vivo y en su lucha, considerarían una amenaza total a la democracia, las instituciones, la república, la propiedad y el decoro.

Claro que también hay guevaristas sinceros. Los de ayer abrazaron con fervor las banderas del líder y se emocionan todavía al relatar la sensación de aquellos días en donde el anuncio de la muerte del Che se asociaba a un rumor malintencionado de los servicios de inteligencia norteamericanos. Incredulidad que encerraba una esperanza finalmente demolida el 10 de octubre de 1967 cuando Radio La Habana oficializó el rumor imposible: el Che había muerto.

Entre los guevaristas de hoy, en cambio, hay posturas inquietantes. Están los que reducen el legado del Che a una visión que adhiere al fusil (¿coraje?) y nada dicen de las otras dos consignas del Che: trabajo y estudio. Y también están los guevaristas de estirpe religiosa que, por lo general y sin plena conciencia, han convertido el mensaje político y humano del Che en una Fe que ellos pretenden administrar estableciendo ritos y normas éticas y morales que ellos dicen interpretar a la perfección.

Habrá que admitir, no obstante, que el Che mismo puede interpretarse como una persona de Fe: el hombre convencido de que en la lucha entre el capital y el trabajo, entre el explotador y el explotado, o entre el capitalismo y el socialismo; el bando de los pobres estaba destinado a triunfar a fin de que la historia se realice. Una especie de “destino” que exigía la entrega absoluta que apresurase el triunfo. Tal vez por ello algunos de los hombres que pelearon junto a él lo compararan con un misionero, en este caso al servicio de una religión laica.

Pero el Che, a diferencia de muchos de sus seguidores, fue forjando esa Fe. Sus viajes por Latinoamérica pueden leerse como una búsqueda desprovista de toda certeza y cargada de preguntas que irán encontrando respuestas en libros y en la observación insaciable de la realidad social, cultural y política. Su práctica misma y la experimentación permitieron la elaboración de conceptos y conductas que dieron forma a la época que él mismo inauguró.

El resultado fue nuevo dentro del campo de la revolución, pero no podía dejar de estar atravesado por señas de identidad que aún perduran: la convicción de que el control del Estado resultaba imprescindible para la transformación deseada y en donde la política se entendía como un proceso de acumulación de fuerzas que posibilitara tomar el poder.

En esa actitud creadora radican las características que lo identificaron: una ideología hecha conducta; una persona que no se conformó con incidir en las ideas de los demás sino también en los sentimientos; y una muerte sólo explicable por la búsqueda de ese Destino.

He allí la diferencia entre el Che y muchos de sus seguidores quienes se han entregado a una certeza que no han creado al precio de renunciar a todo impulso creativo y hereje propio del Che. Tal vez no sea algo de qué avergonzarse. No todos, después de todo, seremos como el Che. Lo que indigna es otra cosa: la creencia fosilizada que ciertas organizaciones promueven sobre esa figura con la intención de administrarla como la iglesia administra la Fe de los creyentes.

*Este artículo fue publicado en este medio y con otro título el 14 de junio pasado