La desidia permanente | Salteñidad al palo: amnesia populista y macrista afecta el patrimonio cultural de San Lorenzo

Hay comunidades que preservan documentos históricos y patrimonios arquitectónicos como forma de culto a la patria chica. En estas líneas mostramos cómo los gobiernos de la villa veraniega prescinden de ese ejercicio. (Daniel Avalos)

Ejecutemos un comienzo testimonial. Puede parecer nostálgico, pero no lo es. El CV de quien escribe destaca como antecedente académico haber sido parte de un convenio de cooperación entre el Centro Educativo de San Lorenzo y la municipalidad de esa localidad rubricado el 5 de octubre de 1998 para la creación del Archivo Histórico. Un año después iniciamos las tareas en el viejo edificio de la Biblioteca Popular Tata Sarapura. Junto a otros docentes y varios estudiantes, dedicamos no menos de diez horas semanales para recuperar, ordenar, clasificar e inventariar miles de documentos que el municipio había producido durante décadas y apilado sin orden alguno en distintas dependencias.

Una experiencia sorprendente y por momentos sublime. Lo primero por la excepcionalidad que supuso que el jefe comunal de una provincia perezosa para resguardar su patrimonio invirtiera recursos en una tarea de este tipo; lo sublime involucraba a los estudiantes que en su mayoría eran residentes del lugar. Había momentos en donde esos adolescentes entablaban con los documentos un vínculo suprasensible. Como si esos papeles que debían acondicionar, leer y clasificar les revelara secretos que hacían de cordón umbilical entre ese presente comunitario con un pasado al que los papeles parecían devolverle vida.

Ello explicaba otras escenas: cada vez que guardábamos un documento en un folio que luego se introducía en un bibliorato debidamente catalogado, los estudiantes se parecían a esos hijos que resguardan una foto familiar con el cuidado propio de quien sabe que allí reside un poco de historia que debe protegerse de quienes la exhiben irresponsablemente, de los indiferentes al carácter clarificador del pasado y de quienes se incomodan ante la posibilidad que algunos curiosos alumbren con documentos los tejes y manejes que la clase política ejecuta en las sombras.

La tarea cumplió sus objetivos. Pilas de biblioratos celestes contenían en su interior miles de documentos cuya ubicación quedo registrada en fichas que precisaban el área de gobierno que produjo la documentación, el año en que ocurrió y el tema específico que trataba. Piezas claves para indagar cómo autoridades y vecinos procuraron durante décadas enderezar lo que estaba torcido o torcían lo que estaba bien.

El municipio, no obstante, incumplió con la tarea de resguardar ese patrimonio. En mayo del 2016 instituciones y vecinos elevaron una nota al entonces intendente –el Kila Gonza– para pedir la urgente recuperación del Archivo Histórico que terminó abandonado en un cuarto del ex Hogar San José. De lo realizado a fines del siglo XX quedaban unos cuantos biblioratos y miles de documentos apilados sin orden en cajas y bolsas de residuos en el que habitaban ratas. Hubo más: se constató la pérdida de 30 mil de esos documentos que pincelaban la historia municipal entre los años 1.916 y 1.990.

Los rescates

Quienes denunciaron lo ocurrido se pusieron manos a la obra. A diferencia de los gobiernos que siempre suelen desplazar las dificultades para adelante, los vecinos salvaron lo que podían salvar entre ese año y el 25 de abril del 2019 cuando se inauguró el Archivo Histórico en el remodelado edificio de la Biblioteca Popular Tata Sarapura que aun cobija la documentación rescatada. De ese acto participó quien escribe que allí se anotició que a las tareas de rescate los vecinos le habían sumado otra: clasificar los documentos municipales producidos entre el año 2000 y el 2016. A esa parte del patrimonio documental se lo conoce como Archivo Intermedio.

Los cambios de gobiernos, la desidia, el cortoplacismo y la improvisación en el uso del espacio físico municipal se combinaron para darle a la nueva documentación organizada un destino errático. La característica fundamental de ese derrotero es el maltrato a los papeles ante la impotencia del trabajador afectado para protegerlos. El esfuerzo individual no pudo evitar el desquicio generalizado: gran parte de ese fondo documental volvió a reducirse a una papeles apilados en bolsas de consorcio tirados en el altillo del galpón municipal de ¡herramientas!

En noviembre del año 2021 se encaró otro rescate. Volví a formar parte del proyecto que en corto tiempo debía realizar una “limpieza, clasificación, expurgo, archivo en cajas y rotulación”. Dos estudiantes universitarios cargaron con lo fundamental del trabajo entre mediados de noviembre y fines de diciembre, cuando presentamos al municipio un informe final que detallaba las catorce acciones realizadas con los casi 200 mil documentos. El municipio desembolsó 40 mil pesos que se distribuyeron entre los estudiantes y el responsable.

El espasmo archivístico municipal volvió a evaporarse. El llamado “Archivo Intermedio” sufrió hasta hoy cuatro traslados a lugares siempre provisorios. En cada uno de ellos hacen su aparición las bolsas de consorcio. Gran parte del material reposa hoy de manera “transitoria” en el altillo del SUM de la ex Hostería Los Ceibos entre obreros de la construcción que realizando sus trabajos estropean el material envuelto en una atmósfera de polvo. El jefe comunal de turno es Manuel Saravia. Al igual que el Kila Gonza, está ahí sentado sin hacer nada y sin objetivos aparentes a la vista.

Ceguera patrimonial

La pereza para valorar documentos alcanza también al patrimonio arquitectónico. Otra vez el tono testimonial se impone. Mi CV destaca lo siguiente: “Coordinador de los trabajos de investigación histórica de estudiantes del Centro Educativo de San Lorenzo, en el marco del Proyecto Institucional ‘Recuperación de la Memoria’”. Los resultados se publicaron en el libro “Apuntes sobre Historias de Lugares y casas singulares del Municipio de San Lorenzo” en julio de 2002.

Los protagonistas excluyentes otra vez fueron adolescentes. Cursaban el 3° año de Polimodal (hoy 5° año del secundario) y buscaban revalorizar la historia de San Lorenzo a partir del estudio de lugares como el Cementerio de los Pájaros, Las Cuatro Torres, La Vieja Escuela, El Castillo, La Tumba de Juan Carlos Dávalos, La Casa de la Montaña y La Casa del Ciego Nicolás. Los criterios para seleccionar tales sitios eran centralmente dos: representatividad y factibilidad. Lo primero dependía de valoraciones comunitarias, lo segundo de la existencia de testimonios orales y documentación que permitieran la reconstrucción. A esos criterios se les sumó otro: la urgencia de advertir que el estado de abandono de algunos de esos sitios amenazaba la existencia de los mismos. La Tumba de Juan Carlos Dávalos y la Casa del Ciego Nicolás estaban encuadrados en esos criterios.

Constanza Carrió, Gabriela Belendir, Ana Dubois y Ezequiel Caigual fueron los estudiantes que se ocuparon de la Casa del Ciego Nicolás que se levanta en la esquina de las calles Leopoldo Lugones y Manuel Belgrano. Fue construida en la década del 20 del siglo XX por un vecino – Nicolás Jorge – que hizo del lugar un almacén de ramos generales que se volvió carpa bailable. Los investigadores adolescentes resaltaron en la introducción de su informe una de las razones por la que eligieron ese tema de investigación: “Revalorizar una manifestación de recreación popular en una comunidad donde sobresale en apariencia el poder económico y el status social”. (Apuntes sobre Historias de Lugares y Casas singulares del Municipio de San Lorenzo, pág. 32-33).

Casa del Ciego Nicolás.

Bienvenidos al baile

La “carpa” como lugar de encuentro popular llamaba la atención de esos estudiantes. “Estas fiestas eran muy concurridas (…) predominaba el alcohol, el baile y las destrezas gauchescas. Según el testimonio de Ramón López, en sus comienzos por el año 1928 concurrían los amigos de la familia, no se cobraba entrada y la gente bailaba por toda la casa, incluyendo los dormitorios (…) Funcionaba en carnaval, en las fiestas de fin de año, fiestas patronales de San Lorenzo y en Reyes (…) comenzaba a las dos de la tarde y se extendían hasta el horario que disponía la policía en el edicto municipal: 1 de la mañana. La popularidad de la carpa no estuvo limitada a San Lorenzo, eso explica que fuera visitada por personalidades foráneas como Gastón Perkins en 1965, además de las locales de la talla de Juan Carlos y Ramiro Dávalos, César Perdiguero y Manuel J. Castilla”.

“(…) Se cobraba una entrada general. En la época del peronismo un porcentaje del 20% debía entregarse a las Unidades Básicas según documento del 9 de febrero de 1955 encontrado en el Archivo Histórico Municipal dirigido al intendente de la Villa (…) También concurrían gentes de los sectores más altos, pero al parecer estos eran solamente los bohemios, como algunos integrantes de la familia Dávalos, entre ellos Jaime que le dedicó [a la Carpa del Ciego Nicolás] la zamba ‘La Sanlorenceña’ (…) También había famosos personajes como la gaucha ‘Coya Poya’, una mujer que tomaba a la par de su marido. Cuando este bailaba más de dos piezas con la misma mujer era disciplinado a talerazos por la Coya que luego lo mandaba a sentar (…)”.

Los pasajes citados tienen alto valor analítico: podían encararse aproximaciones históricas a partir de los testimonios orales, pero también con documentación que se recuperaba del Archivo que la misma institución organizó. Pero volvamos al artículo sobre la Carpa para destacar el último párrafo: “Una de las razones para realizar esta investigación era informar a los vecinos sobre esta carpa y la importancia que para nosotros tiene. Ahora esperamos que la comunidad y principalmente las autoridades se preocupen por conservarla a fin que pueda ser visitada por los sanlorenceños y los miles de turistas que llegan a nuestra villa”. A veinte años de aquel pedido el lugar se deshilacha.

Olvido y desidia

Las gestiones municipales pasan, la desidia permanece. Parecía exclusiva de intendentes peronistas, pero también alcanza a los macristas. En el escritorio del actual jefe comunal, Manuel Saravia, por ejemplo, debe reposar la nota de vecinos que en noviembre de 2021 pidieron declarar al sitio Patrimonio Cultural del Municipio; también un trabajo de investigación del año 2018 elaborado por la Universidad Católica (“Patrimonio del Área Original de San Lorenzo”) que destaca el “valor patrimonial” de la “Carpa” y recomienda la intervención “urgente” para evitar la pérdida de ese bien arquitectónico y urbanístico declarado de “Interés Patrimonial” por el Consejo Federal del Folklore de Argentina y hasta por el Concejo Deliberante de la Municipalidad de San Lorenzo el año pasado.

El 7 de septiembre pasado el Directorio de la Comisión de Preservación del Patrimonio Arquitectónico y Urbanístico de Salta emitió un informe sobre la “Casa del Ciego Nicolás” en donde recuerdan que fue declarada patrimonio de interés cultural del municipio en el marco del decreto 1916 del año 2014 que la encuadra como bien de interés patrimonial y urbanístico de la provincia. Tras citar el informe producido por la Universidad Católica de Salta y resaltar que realizaron una inspección ocular al sitio, el CoPAUPS advirtió al municipio la urgencia de realizar tareas de desmalezamiento y limpieza; la revisión técnica de la estabilidad del inmueble; reconstrucción del muro de cerramiento del entrepiso; reconstrucción de galería lateral; impermeabilización del muro; consolidación o reemplazo de la estructura de cubierta; reemplazo de cubierta de chapa; consolidación o reemplazo –según corresponda– de carpinterías; restauración de pisos y contrapisos; restauración de entarimado de madera para escenario.

Nada saca al ejecutivo municipal del estado de inerte espera en el que también estuvieron inmersos los jefes comunales anteriores. Habrá que admitir que la indiferencia por la memoria comunitaria y los documentos que posibilitan alumbrar lo que los gobiernos ejecutan en las sombras no es propiedad exclusiva de los políticos de San Lorenzo, sino una seña de identidad de la provincia en su conjunto. La particularidad sanlorenceña, en todo caso, es que acá fueron adolescentes los que cumplieron aquí el rol que la historia le asigna a los adultos: poseer un conocimiento especial del pasado y tener la voluntad de enseñar al resto mundos que los viejos prefieren no aprender. Todo ello confirma –diría Karl Popper- que la ignorancia no es simple y pasiva falta de conocimiento, sino también una activa conducta que consiste en negarse a adquirirlo.