La ciudad y sus signos

Salta tiene gran cantidad de atractivos edilicios aunque casi nunca reparamos en los signos de decoración que nos hablan de otros tiempos y formas de pensar el mundo. Una casa derruida de calle Necochea y Mitre nos ayuda a bucear en ellos. (Raquel Espinosa)

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, en su novela El gigante enterrado, cuenta la historia de una pareja de ancianos que vivía al borde de una ciénaga, a la sombra de escarpadas colinas, en una especie de madriguera horadada en sus laderas. El relato, anclado en Inglaterra en épocas remotas, plantea muchos temas interesantes para analizar pero en especial llama la atención el tratamiento del pasado y la forma en que indaga en la memoria y el olvido.

En la comunidad a la que pertenecen Axl y Beatrice raramente se hablaba del pasado; las personas y las cosas se olvidan de un día para el otro y es como una especie de enfermedad que se cierne sobre la aldea. Los recuerdos siempre son fragmentarios y los habitantes del lugar creen que han sido maldecidos con “una niebla del olvido”. Axl, sin embargo, trata de ser optimista y darle ánimos a su esposa: “nuestros recuerdos no se han ido para siempre, tan sólo se han extraviado momentáneamente en alguna parte por culpa de esta maldita niebla. Los recuperaremos, uno por uno si hace falta”. (Ishiguro, 2016: pág.58).

Creo que los vecinos de cualquier ciudad experimentan lo mismo con su pasado. Si bien hay datos que tal vez se desconozcan sobre los orígenes y su evolución, en otras ocasiones sucede que se olvidan de lo que aprendieron o simplemente no observan con detenimiento las huellas que el tiempo deja en distintos espacios de la ciudad.

Salta ofrece a sus habitantes y a quienes la visitan gran cantidad de atractivos: casas particulares, edificios públicos, iglesias, museos, monumentos, plazas, parques, estatuas, pinturas, calles, pasajes… Sin embargo, pocas veces reparamos en los detalles, ésos que forman parte de los ornamentos, de la decoración. A veces no los miramos, ocupados en llegar a tiempo para concretar una cita o ciertos trámites  y otras,  simplemente no los vemos. Están ahí, cerca de nosotros pero invisibilizados, tapados por la publicidad, los árboles o el paso del tiempo que los va transformando, desdibujando, olvidando. Esos detalles son signos que nos hablan de otros tiempos, de otras historias y otras formas de pensar y sentir el mundo que nos rodea.

En la intersección de las calles Necochea y Mitre, en la ciudad de Salta, hay una vieja esquina donde funcionaba una bulonera que ya hace tiempo que cerró. La construcción de esa casa, seguramente resignada al paso del tiempo y su natural deterioro, espera ser demolida y reemplazada por un nuevo edificio. Por eso creo que haciendo un breve retrato de la misma permanecerá en pie, de alguna manera, en el imaginario de la ciudad.

La edificación no ofrece nada de especial ni llamativo desde el punto de vista arquitectónico en cuanto a paredes o aberturas se refiere y su estado de abandono contribuye a pasar desapercibida. Sin embargo, en la parte superior radica su originalidad. Posee una especie de frontón entrecortado que expone un motivo ornamental muy singular: se trata de dos grandes caracolas a la izquierda y otras dos más a la derecha del mismo y, en el centro, se halla una concha. Son elementos que refieren al mar y que aquí se ostentan debido a su tamaño y a su disposición en el espacio.

En la simbología, las caracolas y  las conchas representan al mar, como si se tratara de “las aguas primordiales”; también hacen referencia al mundo femenino y, en el Cristianismo, se la asocia con el bautismo. Muchas pilas de agua bendita tienen esa forma. (Diccionario de Símbolos y Temas de Federico González Frías). Los lectores pueden reparar en ellas al entrar a alguno de los templos de nuestra ciudad.

Yo aporto, como ejemplo, la pila que está en la Iglesia San José de calle Urquiza. Muchas casas particulares del centro tienen estos símbolos presidiendo sus fachadas, sobre las puertas o labrados en la madera de las mismas. Uno de los más interesantes que vi y muy bien conservados están en la puerta de acceso donde funciona actualmente la escuela de Comercio Benjamín Zorrilla. También los hallé en los respaldos de las sillas del archivo del Palacio Episcopal, sobre algunas ventanas del edificio de la Legislatura, en el emblemático Hotel Salta  y en la sala de sesiones del Concejo Deliberante, sólo por citar algunos ejemplos de los muchos que abundan. Sin embargo, las más bellas y representativas de estas imágenes están en la fachada y el interior de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña,  de estilo barroco, en la intersección de las calles Alberdi y San Juan.

Estos símbolos remiten a otros similares presentes en las ciudades del país y de América y, lógicamente, son herencia de los conquistadores europeos que impusieron sus creencias y sus estilos arquitectónicos.  Si bien las conchas representan la espiritualidad en general son un ícono indiscutible del camino de Santiago y de la hermosa catedral de Santiago de Compostela. Símbolo, por lo tanto, de los peregrinos y del eterno peregrinar del ser humano; por eso todavía la concha es utilizada como señalamiento de ruta. Quien visita España descubre, en los distintos recorridos que traza el camino, estos íconos dibujados en las paredes de las casas y en las veredas, pintadas o modeladas en bronce, así como en la vestimenta o el equipaje de los caminantes. Esos peregrinos iban desde la Edad Media a Santiago de Compostela, ciudad situada cerca del Cabo de Finisterre, donde se guardan los restos del Apóstol Santiago. Hoy nuevos peregrinos continúan la tradición y mantienen vivo el simbolismo. Lejos de Santiago de Compostela otras ciudades como la nuestra atesoran estos símbolos que refieren a un pasado sobre el que se edificó parte de nuestra historia.

Para cerrar estas reflexiones volvamos a la lectura de El gigante enterrado. En la novela de Ishiguro la culpa de que los hombres olviden parte de su pasado y de su historia es adjudicada al aliento del dragón Querig. Los protagonistas que quieren  volver a ver a su hijo comienzan un largo viaje que los convertirá en peregrinos hasta el final de sus días y tienen la suerte de asistir al momento en que un guerrero mata finalmente al monstruo. Ya nada les permitirá olvidar. Esto les provoca miedo pues se debaten entre el deber de recordar y la necesidad de olvidar. Lejos del drama de Axl y Beatrice los ciudadanos pueden reconstruir su pasado sin miedo a abandonar el presente ni el futuro que se va delineando. Sin recurrir a los archivos o bibliotecas la historia nos ofrece otras fuentes como la arquitectura convertida en testimonio, huella o reliquia para contarnos sobre el pasado y la identidad de nuestro espacio. Los invito a escuchar y leer ese lenguaje en el que nos habla la ciudad.