A puros tiros, mercenarios pegatineros ensombrecieron más una pálida campaña electoral. Evoquemos aquí los cercanos tiempos en donde estampar consignas en las paredes recaía en entrañables militantes populares. (Daniel Avalos)

Volvió a ocurrir: rufianes contratados para hacer pegatinas o pintadas protagonizaron hechos de violencia en pleno centro de la ciudad que incluyeron disparos de armas de fuego. Un eslabón más de la larga cadena de sucesos que configuran un tipo de práctica política que el ciudadano aborrece: la del político poderoso que carente de bases sociales orgánicas, contrata a rufianes anónimos y poco sofisticados que se prestan a realizar el trabajo que el primero le encomienda a cambio de una paga. Así las cosas, difícil no entender a los salteños que todavía se enorgullecen de no tener que ver nada con la política. Y es que para estos últimos la política es eso que ha leído, escuchado y visto en los medios gráficos, radiales y televisivos.

La cobertura de casos como el ocurrido invisibiliza totalmente a las prácticas políticas asociadas a otras lógicas. Justamente allí, volvemos al principio de estas líneas que buscan evocar a pegatineros de otro tipo. Para hacerlo recurro al simple ejercicio de la memoria. Ejercicio peligroso porque – entre otras cosas – la memoria individual es siempre una reevaluación del pasado a partir de las urgencias de un presente que en este caso buscan distinguir al pegatinero rentado desprovisto de pasiones políticas, de aquel otro que estampaba en las paredes de nuestra ciudad consignas que eran hijas del profundo deseo de direccionar la sociedad hacia futuro entendido como justo y deseable. Urgencias y deseos que en definitiva pueden inclinarnos a forjar relatos nostálgicos y autolegitimantes.

Advertido el lector sobre la naturaleza del testimonio, vale la pena correr el riesgo y rememorar al grupo que tras cada pintada en una pared firmaba la autoría del trabajo del siguiente modo: “La banda de PKK”. Como muchos otros compañeros de Libres del Sur con los que compartí militancia hasta el año 2011, los integrantes de “La Banda de PKK” eran abnegados, generosos y desinteresados. De allí que pueda presentarlos como estereotipos de militantes, aun cuando las diferencias políticas irreductibles determinaron mi renuncia a seguir formando parte de la organización. Pero antes de que eso ocurriera, éramos muchos los que debíamos entregarnos al ejercicio de las pegatinas y de las pintadas que indefectiblemente eran comandadas por PKK y sus muchachos.

Militante de Barrios de Pie, empleado público, esposo y padre; PKK no participaba de las reuniones ejecutivas del partido Libres del Sur, pero sí formaba parte de la conducción del frente territorial Barrios de Pie. Una digresión se impone. Servirá para explicar la naturaleza de esos ámbitos. La “regional” de “Libres” se reunía los días lunes para discutir política nacional y provincial, evaluar las actividades de los distintos frentes y debatir las formas de articular demandas inmediatas de la población con los objetivos estratégicos de la organización. A partir de ellos, las conducciones de los frentes transmitían a lo largo de la semana al conjunto de los militantes que luego, a su vez, retransmitían la “línea” de la organización entre los vecinos, los estudiantes o los trabajadores.

PKK casi nunca participaba de las reuniones de los días lunes, salvo cuando las coyunturas electorales se aproximaban. Cuando él aparecía, todos sabíamos ya quiénes serían los candidatos y cuales las consignas de campaña. También sabíamos otra cosa: que la tarea militante se incrementaría indefectiblemente en incursiones nocturnas. No había escapatoria alguna para quienes éramos propietarios de un auto. PKK y su Estado Mayor conjunto pegatinero afectarían sin contemplaciones vehículo y conductor. Todos, hasta los cuadros de excelentes análisis político, los técnicos publicistas y los brillantes oradores sabían que en esa coyuntura de instalación de candidatos y lemas de campaña insoslayablemente deberían subordinarse a la banda.

A algunos nos tensionaba verlos separarse de los concurrentes para parlamentar en un costado. Lo hacían abstraídos de todo lo que ocurría alrededor de ellos, indiferentes a si alguno de nosotros escuchábamos o no sus cálculos. Ellos sólo susurraban objetivos y etapas de campaña, recuento de vehículos, paredes identificadas para las operaciones y número de militantes disponibles. Cuando por fin los miembros del selecto grupo se desgranaban, era para informarnos al resto de los asistentes sobre las noches y los horarios en que la tropa debería concentrarse en el local para ejecutar el plan de operaciones diseñado. Nunca como entonces, quien escribe al menos, se sentía tan lejos del “Hombre Nuevo” al que aspiraba el Che Guevara para la sociedad socialista del futuro. El síntoma claro de la lejanía entre ideal y realidad era el celo, la ternura y la preocupación con que revestía los asientos de mi auto con enormes sabanas o tapizaba con hojas de diario la alfombra del baúl vehicular con el ingenuo objetivo de que el engrudo o el ferrite maltratase lo menos posible el interior del vehiculo.

Ya en el punto de encuentro y en el horario acordado, los subordinados apreciábamos en silencio el celo con el que la banda ultimaba los detalles: la concentración del “Chaqueño” revolviendo con paciencia de alquimista el engrudo; la precisión con que “Palancha” disponía en distintos envoltorios el ferrite y calculaba con exactitud de matemático las botellas de agua que los soldados precisaríamos para disolver lo distribuido; o la obsesión con la que el “Pepe” anotaba en su cuaderno las zonas y las calles que corresponderían empapelar o pintar a los distintos pelotones. Era el propio Pepe, incluso, el que centralizaba los partes de pegatina. De allí que cuando un mensaje de texto o un llamado telefónico lo anoticiaban sobre ciertas paredes ya blanqueadas por una cuadrilla, ordenaba a los “letristas” partir hacia el lugar monitoreando que el total de ferrite, agua, engrudo o afiches se correspondiera con lo que ellos habían planificado.

La voz firme y segura caracterizaba a los integrantes de “La banda de PKK” en esos días de pegatina. Y aunque es cierto que solían calzarse guantes de látex para protegerse la piel de las manos, la precaución no restaba virilidad a esos militantes que en las noches de pegatinas optaban por el aspecto desalineado y las prendas de vestir totalmente desaseadas. Ni el detalle de los guantes de látex – insistamos – nos deslizaba a exteriorizar nuestro descontento por la magnitud de las tareas encomendadas. Todos sabíamos, después de todo, que los jefes nunca pidieron algo que ellos mismos no hubieran ejecutado con el mayor de los éxitos. Entonces todos partíamos no sin antes contemplar cómo la comandancia se montaba al Peugeot 404 del hombre que había dado su nombre a la banda.

Un automóvil que en la zona del baúl se asemejaba a esas telas variopintas que ciertos artistas producen con la “técnica del chorreo” en nombre de una creación artística al alcance de todos. Peugeot 404 en el que habitaban todas las imperfecciones que el paso del tiempo y el descuido posibilitan, aunque en las noches de pegatina estaba envuelto por un halo de autoridad que también envolvía a sus exclusivos ocupantes. Los testimonios descarnados admiten que más de una vez los marciales jefes debieron bajar del vehículo para empujarlo y que en medio del trance vergonzante convirtieron al vehículo en blanco de violentas injurias, aunque la mayoría de los pegatinero asegura que conductor y acompañantes solían mimosear con la ternura propia de los amantes al estropeado y noble vehículo que durante horas se olvidaba de sus nanas para trasladar a PKK y a los suyos a donde estos precisaban.

Sólo cuando las primeras claridades empezaban a ganarle terreno a la noche, el Peugeot exteriorizaba el trajín al que había sido sometido durante años. Pero nadie era ya capaz de reparar en ello. Todos estábamos pendientes de que los afiches se acabaran, el ferrite se consumiera o del reloj indicara la hora de las obligaciones laborales que nos libraría de la jornada nocturna. Por eso y tantas otras cosas, no hay punto de contacto alguno entre estos pegatineros militantes y los mercenarios que se tirotearon en la madrugada de hoy. Pero todas las diferencias emanan de una fundamental: PKK y los suyos eran militantes. Hombres y mujeres que estaban subordinados a una pasión: la de querer que el mundo se deslice hacia una dirección que ellos consideran deseable y justa, y a partir de ello despliegan esfuerzos e inteligencia en pos del objetivo.

«La banda de PKK» de pegatina en el año 2011.