Un 16 de noviembre de 1922 nacía José Saramago, el genial escritor portugués que recibió el Nobel de Literatura en 1997. Se declaraba un “comunista hormonal” y un “ateo ortodoxo”, aunque siempre anduvo persiguiendo la elevación ética y moral.

Un hombre a quien el pesimismo lo atravesaba todo cuando se le preguntaba si era posible hacer del mundo de hoy, un lugar más humanamente habitable. De allí que siempre parecía vivir en una contradicción permanente: por un lado, admiraba enormemente los logros del hombre moderno y a la vez sentía un temor enorme por las consecuencias que todo ello tenía en la realidad concreta.

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Dos de sus obras más notables pueden ayudar a explicar esto. Una de ellas es una historia de amor sublime titulada “Memorial del convento”. Allí, Saramago comparte con nosotros la historia del manco Sietesoles, la hermosa y sobrenatural Blimunda Sietelunas, y el cura Bartolomé Lourenco, a quien llamaban el Volador, por su obsesión de crear una máquina que conquiste los cielos de Lisboa en el siglo XVII. Las miserias, las penurias del trabajo cotidiano, los fanatismos religiosos de la Europa premoderna y la construcción del aparato volador consumen las vidas de estos seres. El momento cumbre de la historia sobreviene cuando los tres a bordo de la máquina cuyo combustible es nada menos que la voluntad humana, se elevan por los aires y conquistan los cielos. Es entonces cuando el terror los invade y no porque teman caer de las alturas y morir, sino porque han descubierto de manera súbita de lo que el humano es capaz. La especie como propietaria de una razón y una genialidad que les permite conquistar el espacio, que luego le permitirá caminar por la luna y que sin embargo puede emplearse también para someter hasta el infinito al semejante.

Justamente acá, conviene detenerse en otra de sus obras: “Ensayo sobre la ceguera”. Libro de una violencia tremenda, cruda y cruel que nos habla de un mundo atrapado por una ceguera colectiva y “blanca” que es la metáfora de una civilización que se derrumba por una racionalidad que independizada de la ética y la moral, termina empleándose para planificar el dominio y la explotación del otro, para elaborar racionalmente un plan que permita usar como herramienta de dominio la violencia, la extorsión y la tortura sobre ese otro.

De allí que a veces la literatura de Saramago parezca empecinada en no reconciliarnos con la especie humana a la que el portugués considera alienada en dos sentidos: porque terminan convirtiendo a las cosas en algo más importante que las personas y porque termina convirtiendo a la persona en una cosa. Ejemplifiquemos esas definiciones con dos ejemplos: para el primer caso recordemos el caso del consumidor liso y llano (Saramago se detiene en ellos en su novela “La caverna”) que sólo asocia la felicidad a la acumulación de cosas que compra en un centro comercial; mientras para el segundo caso el ejemplo de alienación más tétrico es la Trata de Personas en donde el tratante y su organización convierte a sus víctimas en algo carente de personalidad, de derechos y de libertad con el objeto de que la víctima se convierta en una mercancía que se oferta a otro ser humano que paga para consumirla.

¿Cómo reconciliarnos con esto? ¿Cómo no ser pesimistas? Dejemos que sea el propio José Saramago a quien una vez lo tildaron de pesimista y esto respondió: “A mí me encantan los pesimistas, porque hay motivos más que suficientes para ser pesimistas toda la vida y, diría, los pesimistas son los únicos que tienen motivos para querer cambiar el mundo, porque el mundo no está bien, por lo tanto quieren cambiarlo y mejorarlo. Los optimistas no. Ellos no hacen nada, están contentísimos…”.