Hubo una vez una Salta trotska | Fin de ciclo para una dirigencia que alguna vez protagonizó un triunfo inédito

Hace ocho años el trotskismo salteño fue noticia nacional tras ganar una elección histórica. Hoy volvió a perder. Cristina Foffani, una de sus dirigentes más representativas, perdió la interna. (Daniel Avalos)

No queda nada de la sorprendente elección que el PO protagonizó en 2013 cuando los resultados catapultaron a Pablo López al Congreso Nacional como diputado y los números originaron una expresión inédita: “Salta, la troska”. Jornadas que ahora parecen un episodio de esos que cierta izquierda no marxista denomina “acontecimiento”: suceso que se evaporó a pesar de haber generado un gran ruido en su momento.

Aquella vez, López cosechó 118.249 votos; 80.320 de ellos provinieron de la capital salteña, donde se impuso a todos los candidatos en su categoría. Hoy, en cambio, el conjunto de la izquierda salteña cosechó en toda la provincia apenas 48.306 sufragios con sus cuatro listas (dos de ellas siendo parte del mismo frente). Ese total representa 8,67% de los votos. En la capital provincial pescaron la mayoría de los mismos: 27.785.

La tendencia no es para nada novedosa para quien siguió el proceso. Sí lo es que Cristina Foffani -dirigente histórica del trotskismo salteño, esposa de Claudio del Plá y compañera de Pablo López- haya caído ante Andrea Villegas, una docente del MST que se impuso por casi 7 mil votos en la interna del FIT-U y será la candidata a diputada nacional por ese frente. Traducido: como sus odiados capitalistas Miguel Isa, Santiago Godoy, Javier David, Miguel Nanni o José Vilariño; las figuras que durante décadas hegemonizaron a la izquierda salteña devinieron en dirigentes fosilizados, gastados y sin mística.

El final de ciclo puede explicarse. Se viene anunciando desde el 2015 cuando tras dos años de mayoría en el Concejo Deliberante de la capital salteña no pudieron imponer una ordenanza a favor de los sectores desprotegidos y cuando sumando 5 diputados en la Cámara de Diputados ni siquiera pudieron instalar una agenda de discusión acorde a los “explotados” de la provincia.

Elementos episódicos y estructurales explican la situación. Concentrémonos sólo en los últimos: carencia de cuadros suficientes que garanticen presencia territorial en Salta; revolucionarios que quieren modificarlo todo para afuera, pero enteramente subordinados a las lecturas y órdenes de dirigentes nacionales canonizados por quienes acá aseguran que se desacatarán contra el imperio y la burguesía; nula eficacia parlamentaria para poner sobre la mesa su cuantía tras el voto de confianza que le suministraron salteños y salteñas que sin ser devotos del ideal revolucionario, optaron por ellos y esperaban resultados prácticos.

Nada de eso pasó. La vieja pregunta se impone: ¿por qué? Antes de ensayar una respuesta, recordemos que, para los referentes del trotskismo, tal fracaso no existió. Insistían en que las bancas parlamentarias debían estar al servicio de una estrategia más importante: incrementar el grado de consciencia de los explotados, situación que combinada con la descomposición del régimen explotador que la izquierda anuncia desde hace años garantizaría la insurrección de las masas que devendría en revolución si la dirección del proceso recaía en una fuerza revolucionariamente auténticas, en aquel entonces el PO.

El problema fue que ni siquiera lograron aprobar una ordenanza que amenazara al régimen que querían combatir. Puede que la situación no sea del todo importante para un revolucionario que se precie de tal. Después de todo, el “revolucionario auténtico” -ese que quiere subvertirlo todo y de una sola vez porque la transformación de una parte del todo es propia de los tibios reformistas- ve en las leyes una herramienta destinada a caducar con el avance imparable de la revolución; o en el peor de los casos, una herramienta transitoria que en manos de los revolucionarios tiene por objeto generar una agenda de discusión que vaya sentando las bases para un pleno y verdadero acceso de los explotados a los dominios de la economía, la sociedad, la política y la cultura. En definitiva, o la revolución barre con las leyes que siempre buscan congelar las relaciones humanas en la modalidad de la explotación; o si la revolución se hace esperar, la lucha parlamentaria debe servir para que ciertas demandas revolucionarias disfrazadas de proyectos de ley se adueñen de las mentes de las masas que así irán adquiriendo la consciencia suficiente que les permita exigir la revolución.

Ni una cosa ni la otra se logró en aquel entonces. La explicación que dieron fue que el régimen trabajó para impedir las pretensiones que tenía el PO en nombre del mayor caudal de votos que había obtenido en las elecciones del 2013. El argumento desnudaba un hecho inobjetable: que en la lucha política no alcanza con poseer una variedad de propuestas surgidas del análisis crítico de la sociedad, es fundamental contar con la habilidad política que permita construir el poder necesario para imponer esas propuestas en medio de un tipo de fricción de intereses sociales que siempre hace difícil de concretar aquello que se verbaliza con mayor facilidad.

Aclaremos rápido que los parlamentarios y los militantes del PO sufrían poco esa frustración. Son las ventajas de un tipo de fe que, como todas, inmuniza a sus practicantes del tormento que suelen provocar las dudas que siempre generan angustia. Un tipo de fe que no es muy distinta a la cristiana, aunque en la izquierda el lugar que ocupa el dios omnipresente lo ocupe la astucia de la razón revolucionaria que en teoría avanza inexorablemente hacia la revolución, que puede hacer rodeos, paralizarse o hasta retroceder, pero que nada de eso importa porque la astucia de la razón histórica es capaz de disfrazar de derrotas políticas coyunturales aquello que el ojo clínico del revolucionario interpreta como victorias morales que posibilitan avances imperceptibles -pero estratégicos- en el camino hacia la necesaria e inevitable revolución.

Pero si la ideología marxista-leninista-trotskista blinda al militante del PO de las bofetadas con que la realidad suele castigar particularmente a los no creyentes, no es menos cierto que los miles de votantes del PO en noviembre del 2013 no compartían necesariamente esa fe. Razón por la cual esos no trotskistas solían interesarse poco por el cielo revolucionario y mucho más por lo territorialmente mundano.

Fue entonces cuando comenzó el declive. La izquierda desaprovechó lo que hasta entonces aparecía como una ocasión única: mostrar a los salteños que era capaz de darle una direccionalidad determinada a la política de la ciudad; o que, en una ciudad geográficamente localizable, una fuerza trotskista mayoritaria en el Concejo Deliberante y con fuerte presencia en la Cámara de Diputados podía generar beneficios concretos a la vida de hombres y mujeres concretos.

Nada de eso pasó y los resultados de ayer solo vienen a confirmarlo. Solo hay una novedad que ya fue expuesta. Los principales dirigentes de ese trotskismo provincial que emergieron como opositores al romerismo han cumplido un ciclo, tal como ocurrió con los dirigentes que defendieron a ese romerismo. Claudio del Plá, Cristina Foffani o Pablo López no se diferencian en ese punto de Miguel Isa, Santiago Godoy, Javier David, Miguel Nanni o José Vilariño. Habrá que ver qué hace el MST de Andrea Villegas, los militantes del PTS o del nuevo MAS, aunque en lo central algunos percibimos lo obvio: que los rostros pueden renovarse, pero el tronco filosófico es el mismo para todos.