El hombre nacido en Metán hizo de la guitarra un instrumento sublime. “Algunos dicen que hice un puente entre lo popular con lo clásico, esa fue la tarea de toda mi vida”, declaró alguna vez el músico que triunfó en el país y en el mundo. (D.A.)

Si el salteño medio está seguro de que en su tierra anida el mejor folclore del mundo, esa convicción debe mucho al hecho de que siendo muchos los buenos músicos salteños, sólo algunos alcanzan la categoría de excepcional. Eduardo Falú es uno de ellos.

Había nacido el 7 de julio de 1923 en El Galpón y a los 11 años se trasladó con su familia a Metán. En el negocio familiar las guitarras se ofrecían a la venta entre los estantes, mientras el hermano mayor tomaba clases que le permitieran dominar ese instrumento musical en donde él también se entregó a la empresa.

Todo salteño sabe que eso de puntear la guitarra es una práctica que alcanza a miles explicando que sean muchos los que se han destacado en la práctica. Falú es por entonces uno más de la serie, pero sus inclinaciones terminan enriqueciéndose cuando en 1937 se traslada a la capital provincial y se relaciona con reconocidos hombres de las letras como los hermanos Dávalos, César Perdiguero o Castilla.

El clima cultural y político lo favoreció. Eran décadas de apogeo del revisionismo histórico y de la reivindicación de lo nacional y popular. Aspectos que se potenciaron cuando el Golpe de Estado de 1943 – Falú tenía 20 años – deposita en la Casa Rosada a militares nacionalistas que establecieron relaciones de nuevo tipo con los nacientes medios de comunicación a los que exigía, entre otras cosas, una mayor contribución a la cultura popular y telúrica. El régimen aprovecho al máximo esos medios como instrumento de difusión ideológica y en poco tiempo un coronel joven, de apellido Perón, comprobaría la eficacia de los mismos.

En ese clima de revalorización de lo “nuestro” Falú es contratado por gente de radio “El Mundo” que lo había escuchado en Salta. Y aunque las radios “Splendid” y “Belgrano” eran las más populares y las que poseían relaciones con el gobierno, el auspicioso trabajo de Falú en “El Mundo” se inscribía en la nueva lógica de política cultural.

Hasta aquí una selección apretada y arbitraria de sucesos que posibilitaron la aparición de una serie de folcloristas prestigiosos, entre los que se encontraba Falú, aunque este escapó a la serie en muchos aspectos. Declaró alguna vez que su amor precoz por la guitarra provocó malos pronósticos entre familiares que veían en la caja de figura femenina y seis cuerdas “una carta blanca para la farra”. Escapó al estereotipo practicando deportes, siendo dueño de ademanes sobrios y pausados, disciplinándose y responsabilizándose con su formación y compromisos.

La razón fundamental, sin embargo, de su excepcionalidad estuvo en el tipo de relación que estableció con su arte y una apuesta que marcó toda su vida: “Comencé a tejer lo popular con lo clásico, dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida”. La tarea convirtió su vida en una aventura que se resiste a ser encasillada en una sola idea porque rompió los límites de los ritmos y también de la música al trabajar con literatos como Borges y Sabato.

El resultado de esa apuesta de arte y vida incluye la consagración en Buenos Aires, en la Unión Soviética (1959), Japón (1963), EE.UU. (1964), 50 discos grabados en Argentina y Europa, cientos de composiciones, muchos más conciertos. Vendió más de un millón de discos en todo el planeta que graficaban la particularidad de estas tierras por aquellos años, aunque sin renunciar al abordaje de problemáticas universales que van desde el amor a la soledad.

Falú, en definitiva, es el producto más universal que ha producido una Salta siempre adicta a valorar y oficializar la singularidad aldeana. Si alguien lograra relatar con pasión el cómo una persona y su guitarra fabricó semejante legado cultural, ese alguien habrá hecho una novela heroica.