Hoy cumpliría 81 años | Galeano, el hombre que respetaba las palabras que hoy tantos banalizan

Era un maestro de la escritura, un obsesionado del rigor y un orador que hablaba como en cámara lenta, como si le costara desprenderse de las palabras que encerraban tantos significados. (D.A.)

Eduardo Galeano nació un 3 de septiembre de 1940. Es un hombre al que uno nombra con familiaridad y un dejo de ternura propio de quienes hablan de un amigo al que, sin embargo, nunca conocimos en persona. Puede que la cercanía se explique porque la relación con él estuvo mediada por ese libro que aquí calificaremos de histórico: “Las venas abiertas de América Latina”. Un libro en el que explica cómo nuestro continente devino en botín de guerra de las potencias extranjeras y en el que Galeano logró lo que otros autores nunca pudieron: que el lector llegara a la página final y cerrando la publicación exclamara para adentro o para afuera lo siguiente: “Ahora sí sé por qué somos un continente desgraciado. Ahora sé contra qué y contra quienes hay que luchar para dejar de serlo”.

He ahí la diferencia fenomenal de Galeano con respecto a muchos otros que acumulan conocimientos que terminan por aislar al intelectual del mundo. Galeano no. Él acumuló sabiduría, estimuló el rigor analítico, buscó información, procesó la misma, deseó no ser cómplice de la enajenación colectiva y muy fundamentalmente sintió la necesidad de compartir con el otro aquello que él sabía y sentía. Algo que sólo puede alcanzarse cuando el dueño del deseo siente que no alcanza con contar una historia, sino que debe hechizar a quien lo escucha. Objetivo que los escritores sólo pueden cumplir inventando una forma de contar, obligándose a crear las palabras y desarrollar un instinto certero sobre aquello que debe decir y aquello que debe ocultar para excitar y prolongar la atención de quien lo lee. Galeano era eso no por formalismo del lenguaje, sino porque quería que los demás escuchen con atención la médula del mensaje que tenía para compartir con “Las venas abiertas…”: Latinoamérica ha sido condenada a la pobreza por aquellos que a partir de ella se garantizan opulencia.

Ese es el núcleo de aquel libro histórico. Un núcleo de absoluta vigencia. Para confirmarlo podemos recurrir a algunos extractos. Por ejemplo, aquel que dice lo siguiente: “Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea”. La escribió a principios de los setenta para explicar lo que habían significado para los latinoamericanos de la colonia productos como el azúcar o los minerales; pero que bien podrían emplearse para explicar lo que hoy sigue significando para provincias como la nuestra la misma azúcar o productos como la soja que a todo le impone un color verde. Sea por los dólares que acumulan los apellidos portugueses, uruguayos y no pocos argentinos que se han convertido en los dueños de alfombras kilométricas de un verde intenso, asesinando así la diversificación productiva y desplazando a cientos de campesinos que ven cómo se asesina la tierra en la que alguna vez soñaron desarrollarse.

La frase de Galeano explica bien el proceso: todo desarrollo primario atado al mercado mundial trae opulencia para unos y desgracias para muchos otros. Frase magistral escrita en 1971 en clave Teoría de la Dependencia, la cual, simplificando, decía más o menos así: nuestros países son estructuralmente dependientes de los países industrializados y esa dependencia explica el buen vivir de aquellos. Para que ellos vivan en la opulencia nosotros sangramos. “Es América Latina, la región de las venas abiertas (…) nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena: nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad del otro: los imperios y sus caporales nativos…”. La frase, insistamos, es de una vigencia lacerante. Tan vigente que en todo se parece a esta otra escrita en 2008: “La nueva inflexión marca el (re)descubrimiento e interés en América Latina, como continente rico en materias primas, minerales y vegetales, agua y biodiversidad (…) La nueva etapa consiste en la generalización de un modelo de producción extractivo y exportador que se traduce en el saqueo y destrucción de los bienes materiales” (Maristella Svampa, “Cambio de época”. 2008).

Por supuesto que al núcleo duro del libro de Galeano habría que complementar con las situaciones que él no podía ver al escribir aquel libro. Porque si bien la vigencia de ese planteo está vinculada a las continuidades de un tipo de capitalismo, no es menos cierto que el capitalismo que describió Galeano experimentó modificaciones. El de 1971 precisaba del caporal nativo del que ahora el Capital puede prescindir porque si el mercado mundial requirió en el siglo XX de los Patrón Costas para exportar azúcar, hoy ese mercado mundial considera mejor instalarse directamente en Salta: la Seabord Corporation en Orán ha desplazado a Patrón Costas.

Son esas multinacionales las que ahora deciden administrar directamente una región imponiendo los mandatos que el mercado mundial asignó al territorio contando con el auxilio de los agentes del Estado provincial que montaron toda una ingeniería legal al servicio de esos intereses. Porque la multinacional sabe perfectamente qué recursos buscar, dónde buscarlos, cómo extraerlos, cuándo venderlos y cómo producir mayores volúmenes reduciendo costos. La multinacional, en definitiva, sabe muy bien cómo estructurar un país que no es el suyo. Y sabe muy bien que ahora para acumular dinero hace falta “explotar” obreros como en el siglo XX, pero también “excluir” personas del mercado laboral que es una marca del siglo XXI. Síntesis: reprimarizan la economía, multiplican la precariedad laboral y piden que los pobres entiendan de una buena vez que en el nuevo capitalismo millones de hombres y mujeres simplemente sobran.

En fin, variables de análisis que creemos pertinentes a la época pero que sólo vienen a sumar y no a desplazar aquello que Galeano estampó en su libro. Desde entonces, ese libro es el mejor de los manifiestos libertarios de América. Porque si la función de un manifiesto en la tradición de izquierda es llamar a los oprimidos a la luchar contra las injusticias, “Las venas abiertas…” es el mejor de todos por contar con una explicación sobre el por qué luchar, un claro intento de seducir a quienes deben involucrarse en la pelea y mostrarles a los potenciales combatientes los inconvenientes y las virtudes de la lucha misma. De allí que ese libro sea un espectro que recorre Latinoamérica. No lo espectral tétrico asociado a lo sobrenatural y diabólico; sino lo espectral bueno que, como diría Ricardo Forster, reinstala lo olvidado y reaparece allí donde algo está inconcluso: la unidad de América Latina y su propia liberación.

Por eso el carácter de “libro histórico” de la obra de Galeano. Un libro que sólo pudo haber sido escrito porque un tema central encontró al gran autor que lo presentara. Un escritor genial que al vivir la época que vivió, sólo pudo trascenderla por su condición de guerrero. Uno de características especiales que como otros de su generación (Rodolfo Walsh, Osvaldo Bayer, Juan Gelman) eran dueños de una tristeza rabiosa, esa que los lleva a denunciar las peores injusticias con una determinación férrea que, sin embargo, nos los privaba de los ademanes sobrios y pausados. Guerrero dispuesto a dar las batallas que fueran necesarias y a las que parecían querer ganarlas para luego ir en busca de un prado de flores donde dejarse caer de espaldas.

Guerrero que tras miles de batallas decidió recoger anécdotas edificantes de miles de héroes anónimos; guerrero que amaban las pasiones populares como el fútbol que en el mundillo selecto y elitista de la academia y la revolución asocian con maniobras del imperialismo para mantener en edad infantil a los pueblos oprimidos. Puede entonces que la mejor forma de describir a Galeano sea recurriendo a Galeano mismo.

Al relato que hizo del zaguero brasileño Domingos Da Guía en su libro “El futbol a sol y sombra”. Para tratar de probarlo lo único que aquí haremos es reemplazar las palabras “domingada” y “pelota” que usó Galeano en aquel escrito por los términos “galeanada” y “palabra” que usará ahora CUARTO. Creemos que el lector y el oyente de Eduardo Galeano coincidirá con nosotros en que esos 292 caracteres pincelan bien a ese uruguayo que siempre, pero siempre, sentimos nuestro: “Hombre de estilo imperturbable, todo lo hacía silbando y mirando para otro lado. Él despreciaba la velocidad. Jugaba en cámara lenta, maestro del suspenso, gozador de la lentitud: se llamó ‘galeanada’ al arte de salir del área con todo calma, como él hacía, desprendiéndose de la ‘palabra’ sin correr y sin querer, porque le daba pena quedarse sin ella”.