Historia de mundiales | El arquero que por un error cargó con una maldición de por vida

Moacir Barbosa Nascimento era de origen humilde y como muchos otros buscó en el fútbol la posibilidad de salvarse económicamente. Estuvo a minutos de ser campeón de mundo con Brasil en 1950. Por un error pagó una condena perpetua.

“Estuvo a menos de media hora de convertirse en el primer arquero campeón del mundo con la selección brasileña de fútbol; pero un mal cálculo lo dejó con las manos vacías y con una maldición que lo perseguiría hasta su muerte”, dice un artículo del diario La Nación que en 2018 le dedicó una larga nota para ese hombre que nació el 27 de marzo de 1921, en Río Branco (Acre), casi al límite con Perú y a 3041 kilómetros de Río de Janeiro, la ciudad que sería testigo de su éxito y su desgracia.

Moacir era de origen humilde y como muchos otros, buscó en el fútbol la posibilidad de salvarse económicamente. De allí que comenzara su carrera a los 19 años como wing izquierdo para sólo un año después debutar como arquero. “En sus primeros años, se destacó por su seguridad y agilidad, por lo que atrajo la atención de equipos como el Vasco de Gama, que lo compró en 1945. Aunque carecía de fogueo en campeonatos profesionales, logró la titularidad en su primera temporada”, enfatiza La Nación.

En 1949 llegó a la selección de su país y fue titular en los partidos del Campeonato Sudamericano de ese año que ganó su país y siguió como titular durante el Mundial de 1950, celebrado justamente en Brasil. Con 29 años, llegó al día de la gran final. Su figura llenaba revistas, diarios y carteles en la vía pública. “Era considerado el mejor arquero del planeta, tenía al mundo en el bolsillo y, junto con sus compañeros de equipo, estaba a solo horas de convertirse en héroe nacional y asegurarse una vida de grandes contratos y millones de dólares”, relata la pluma de Carlos Manzoni quien recuerda que el arquero venía haciendo partidos memorables aunque la “felicidad tuvo día y hora de caducidad: las 16.34 del domingo 16 de julio de 1950. Segundos después, su vida ya no sería la misma. En el minuto 79 de la final que Brasil disputaba con Uruguay, Alcides Ghiggia se acercó veloz por la punta derecha, Barbosa se preparó para el centro y ahí ocurrió lo inesperado. En lugar de tirar el centro o patear ‘cruzado’, el hábil uruguayo pateó al primer palo, Barbosa se tiró hacia la pelota, pero, según sus propias palabras, calculó mal y solo atrapó el aire. ‘Llegué a tocarla. Creí que la había desviado al córner. Pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro de la portería, un frío paralizante recorrió mi cuerpo y sentí de inmediato todas las miradas sobre mí’, dijo Barbosa.

Uruguay lo daba vuelta en el minuto 79 con el recordado gol de Ghiggia.

Con ese gol Uruguay le ganaba 2 a 1 a Brasil en su propia casa y eclipsaba para siempre a Barbosa. Aquella derrota, conocida como el Maracanazo provocó suicidios, depresiones y tardó décadas en ser digerida por los brasileños. Recayó sobre él una maldición y tenía que andar por la calle a escondidas. Uno de los peores mazazos lo recibió en un supermercado en 1970. Una madre lo señaló y le dijo a su hijo: «Miralo, este es el hombre que hizo llorar a todo Brasil». La gente del fútbol lo «mató en vida»: en 1993, cuando acudió a visitar a los jugadores brasileños que estaban concentrados para el Mundial de Estados Unidos, Mario «Lobo» Zagallo y sus ayudantes le prohibieron la entrada al vestuario porque estaban convencidos de que su presencia traería mala suerte al equipo.

Se retiró a los 41 años y se ganó la vida como funcionario del departamento de deportes de Río de Janeiro. En 1997, su esposa, Clotilde, falleció de cáncer, una enfermedad que le quitó el poco dinero que tenía. Murió el 7 de abril de 2000 a los 79 años. Paradójicamente, 79 también eran los minutos que corrían cuando Ghiggia le metió el gol en aquel nefasto partido. En 1993 dejó una frase para la eternidad: «En Brasil, la pena mayor por un crimen es de 30 años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí».

Esa frase es con la que Eduardo Galeano termina un artículo dedicado al arquero en su libro “El fútbol a sol y sombra”.