La paradoja es indisimulable: estudios de opinión confirman que muchos salteños se identifican con esa coalición, pero no hay líderes que interpelen y personalicen las aspiraciones políticas del sector. (Daniel Avalos)

Aportemos datos empíricos a la generalización. Para ello pidamos auxilio a los consultores. Benjamín Gebhard es uno de ellos. Dirige la consultora WE y hace unos días relató que ante la pregunta de con qué espacio político se identifican los salteños, el primer lugar lo ocupó “ninguno”, seguido por una torta del 21% de capitalinos que eligió al Frente de Todos. No se trata de una particularidad salteña. Una consultora nacional (OH Phanel) difundió la semana pasada los resultados de otra encuesta: si las legislativas nacionales 2021 fueran hoy, el 34% optaría por el Frente de Todos, aun cuando desconocían la identidad de los candidatos. Traducido: la marca cotiza alto.

Municipalidad de Salta

Para confirmar que ningún dirigente salteño del Frente de Todos puede reclamar esa representación, alcanza con reparar en lo siguiente: en medio de la inédita crisis que vivimos y en donde cualquier toma de posición produce grandes olas, las mismas nunca provienen de ese Frente que a veces se parece a un recuerdo lejano. Ello provoca algo que sus militantes advierten como un peligro indigerible: que el propio gobernador reclame en el futuro tal representación. Es probable. No sólo por los obvios intereses que anidan en el mandatario; también por la necesidad del gobierno nacional de darle forma antropomórfica a esa identidad para poder capitalizarla. Son las condiciones de posibilidad de un acuerdo Casa Rosada – Grand Bourg, aun cuando los actores que allí residen no hablen del asunto. “En política, los amigos y los enemigos son siempre transitorios, lo único permanente son los intereses”. El axioma no corresponde a Jaime Duran Barba. Fue redactado por Juan Domingo Perón cuando, usando el seudónimo “Descartes”, publicó -entre 1951 y 1952- numerosos artículos en el diario “Democracia”.

Síntesis: un 21% de los salteños –que incluye a quien escribe- siente un hondo sentimiento de orfandad política. La paradoja podría pincelarse con una comparación. Para ello echemos mano al clásico problema de la izquierda nacional que, acostumbrada a ofrecer al pueblo un proyecto acabado que casi siempre prescinde del estado de conciencia social y política de las mayorías, convierte al militante marxista en un agitador ilustrado que carece de público a quien arengar. El Frente de Todos salteño vive la situación inversa. Una parte importante de la sociedad abraza los valores generales del programa nacional, pero no encuentra a las personas capaces de ponerle palabras a lo latente.

La vieja y fundamental pregunta se impone: ¿por qué? La más elemental de las respuestas se relaciona con la ausencia de un vocero que cuente con las virtudes del políglota: esos hombres o mujeres capaces de modelar el mensaje según el momento y el espacio. Muchos llaman a esto cinismo, pero un dirigente político sabe que no es así. Los políglotas son cuadros políticos que, por estar inusualmente informados, saben cuándo pasar de una cadencia a otra, cuándo echar mano a metáforas o marcos de referencias distintas según el público al que se le hable sin por ello traicionar el proyecto. Sergio Leavy careció de esa cualidad. Carencia que por sí sola no explica su sonora derrota del 2019, aunque claramente fue una de las razones por las que no pudo ni podrá vehiculizar las aspiraciones del sector.

De ello se desprende otro límite. Uno que pudo verse mejor en los referentes que durante meses demandaron una actitud opositora más firme con respecto al gobierno provincial. Luchadores reconocidos, militantes comprometidos y compañeros respetados, aunque demasiados apegados teórica y emocionalmente a algo que – a falta de un término más feliz – podemos llamar setentismo. El apego emocional los lleva a sacralizar un periodo en donde todo lo maravilloso ya habría ocurrido y no volverá a ocurrir, con lo cual estaríamos condenados a un presente en donde la plenitud política resulta imposible. Al yerro emocional le sigue el teórico: abordar el presente con paradigmas y categorías del pasado, algo claramente inconducente. El problema se evidencia incluso en el uso del lenguaje: desde los anuncios sobre el futuro del capitalismo cuando el peluquero del barrio necesita saber qué ocurrirá mañana; hasta el uso de consignas y conceptos que denotan un enorme saber, aunque literalmente casi nada del mismo revierta sobre los demás porque hay palabras que levantan una muralla de incomunicación entre ellos y los otros. Síntesis: construir vínculos con las nuevas clases subalternas, con los jóvenes híper mediatizados, o con el nuevo mundo de los excluidos requiere enfoques que ya se emplean. Usarlos podría provocar una revolución del lenguaje que permita la emergencia de los políglotas.

Políglotas que necesariamente deben conocer también las lógicas del Poder. Que muchos militantes del Frente de Todos no hayan sido parte del mismo en Salta, no debería habilitarlos a prescindir de ese fundamental saber. El ejercicio es de enorme importancia y factible hacia el interior de ese espacio. Sólo la grieta interna entre los peronistas “históricos químicamente progres” (que suelen ser los más jóvenes) y los justicialistas avezados (que suelen ser los más viejos) impide el ejercicio. Los primeros acusan a los segundos de ser expertos en maniobras orientadas a mantener una cuota de Poder; mientras los “pragmáticos” se preguntan por qué “jóvenes” instruidos profesan tanta pasión por las empresas políticas irrealizables. Habrá que admitir que los “viejos” están más dispuestos a diálogo. Los más jóvenes no deberían evitar el mismo. Hay mucho que aprender de mayores que poseen un especial conocimiento del funcionamiento de la “cosa” sin que ello determine necesariamente “la” estrategia.

Puede que estas sean algunas de las tareas que deben encararse para buscar resolver la paradoja verbalizada al inicio de estas líneas. Puede incluso que en el camino vayan apareciendo esos cuadros políticos en donde el carisma no reside, pero que sí poseen las habilidades propias del armador político. Personajes que prefieren moverse lejos del escrutinio público para dedicarse a armonizar los intereses disímiles al interior del conjunto; seres con un especial olfato para identificar oportunidades políticas o electorales, sellar acuerdos que robustezcan al espacio o neutralizar las acciones en contra que ejecuta el adversario. Armadores que sólo tienen éxito cuando cuentan con un capital político invalorable: la confianza que los dirigentes le confieren para hablar y acordar en nombre del conjunto. Variable crucial en una dimensión como la política en donde la confianza o la sospecha son los sentimientos que orientan la acción. Regenerar esa confianza al interior de ese espacio en donde hubo fuertes reproches por irrespetar u obstaculizaron acuerdos, necesariamente es la misión que debería atravesar a todas las tareas mencionadas.