«Entre nosotros también hay monstruos» | Cuando el crimen de las francesas nos reveló el lado oscuro de la salteñidad

Houria y Cassandre en Salta, poco antes de los crímenes.

En un texto escrito pocos días después del hallazgo de los cuerpos en la Quebrada de San Lorenzo, el director de CUARTO aseguró que se terminaba la inocencia en la provincia.

«El fin de la inocencia» se tituló el texto que Daniel Avalos, director de CUARTO, publicó el 4 de agosto de 2011, una semana después del hallazgo de los cuerpos de Cassandre Bouvier y Houria Moumni, las turistas francesas asesinadas en la Quebrada de San Lorenzo.

El texto de Avalos, escrito en medio de la polémica, la incertidumbre y la indignación local e internacional, mostró que la Salta «tan linda que enamora» también tenía un lado oscuro que muchas veces se intentaba ignorar. El periodista se basaba en las declaraciones realizadas por el gobernador Juan Manuel Urtubey pocas horas después del hallazgo de los cuerpos ocurrido el 29 de julio de 2011.

A continuación, el texto completo:

Prescindamos de la crónica policial para indagar directamente en la conmoción que el crimen de las turistas francesas ha provocado en la subjetividad de la Salta oficial. Un tipo de subjetividad siempre construida por el establishment local que difunde una “salteñidad” casi siempre divorciada de lo que miles de salteños perciben y viven cotidianamente, y que de tan inocente siempre se halla desprevenida ante los actos brutales como si se tratara de la primera vez. Esa salteñidad, desde ahora en adelante, deberá convivir con sensaciones encontradas: las que producen las imágenes siempre bellas vinculadas al turismo y las otras sorprendentemente escalofriantes, horribles y repugnantes que el crimen de las turistas nos legó. La conmoción y el desconcierto han sido tales, que esa salteñidad, personalizada por el mismo Urtubey debió pedir ayuda al término excepcional.

Urtubey ha declarado que el crimen posee características excepcionales, que por ello mismo no puede asimilarse a las lógicas de la criminalidad salteña y que, por eso, era impredecible. Un acto homicida y brutal “fuera de lugar”, no porque los salteños desconozcamos la existencia de tales grados de violencia sino porque los suponíamos ajenos a nosotros, propiedad de las grandes y violentas urbes en donde la dureza y el salvajismo sí existen. Ahora, esa salteñidad debe admitir que puede que estuviera equivocada, que entre nosotros también hay monstruos capaces de tales cosas y que incluso no somos lo que creemos ser: una aldea insular paradisíaca repleta de seres incontaminados del odio irracional de las sociedades modernas.

Ese tipo de salteñidad es el resultado del esfuerzo de los cultores oficialistas de lo local siempre decididos, como ya dijimos en otras notas, a identificar y resaltar la singularidad de la comarca excluyendo las conexiones de ellas con el todo. Cultores cuyas elaboraciones de la salteñidad monopolizan las políticas culturales porque devino en cultura oficial que endiosa lo puro, lo típico y lo sin extrañeces que degeneren el buen origen. Habrá que admitirlo…estamos contaminados con las extrañeces desde hace tiempo y esa oficialidad lo único que hace es invisibilizar este hecho. Somos otra cosa. Nos parecemos más a lo que los franceses, comentando el crimen en los diarios parisinos, dicen de nosotros: una parte más del mundo en donde hechos aberrantes ocurren tal como ocurren en las sociedades atravesadas por la exclusión, el odio y la impunidad. Los franceses hablaron de Salta el mismo sábado 30 de julio cuando, comentando las noticias que Le Figaro publicaba sobre el crimen, debatieron sobre lo ocurrido (ver “Deux touristes françaises tuées par balles en Argentine” http://www.lefigaro.fr/international/2011/07/30/01003-20110730ARTFIG00393-deux-touristes-francaises-tuees-par-balles-en-argentine.php.)

Hicieron comentarios de todo tipo: extremistas, indignados, vengativos, atravesados por la confusión, las exageraciones y, también, por verdades. Emile007, por ejemplo, buscaba amortiguar los comentarios que mostraban a Salta como un infierno dantesco con un sentido común que la salteñidad oficial se resiste a practicar: “Conozco esta ciudad de Salta y sus alrededores, me parecieron tranquilos y serenos para pasar una quincena de días. Como en todas partes hay sin duda depredadores, gente poco recomendable (…) Sería ingenuo creer que todo el mundo es bello y gentil. Cortémosla con el bendito optimismo”. La lectora identificada como frk dtt también dijo algo parecido: “Es una provincia ciertamente bella, tranquila, pero también por allí entra cocaína, mercadería de contrabando, también reina en ciertas zonas una extrema pobreza, al punto que algunos niños mueren de desnutrición. ¡Vayan a ver si no hay una multitud de niños que limpian los vidrios de los autos!”

No somos, en definitiva, lo que los gobiernos dicen que somos. De allí la amargura de los propios funcionarios, quienes, al parecer, de tanto propagandizar terminaron por creer lo que con diligencia inventan y fomentan. Y ahora deberán luchar para amortiguar las implicancias políticas que el suceso aberrante conlleva y que atravesará la actual coyuntura electoral: los candidatos no sólo explotarán el tema de la inseguridad, también prometerán que la seguridad debe estar al servicio de la recuperación de ese pasado inocente y silvestre que, se supone, alguna vez vivimos. Todos convertirán a ese pasado en propuesta de futuro. Y la propuesta podrá ser efectiva electoralmente pero irrealizable en los hechos. Entre otras cosas, porque la Historia no marcha para atrás y sobre todo porque lo que esa Historia viene anunciándonos es que la excepcionalidad que hoy lamentamos puede dejar de serlo en el futuro.

Intentemos explicarlo. Para ello, tomémonos el atrevimiento de parafrasear a Marx cuando hablaba sobre las condiciones que hacen posible las siempre excepcionales revoluciones sociales. Podríamos aplicar ese razonamiento para decir que toda excepcionalidad depende del desarrollo, en el interior de la sociedad en donde ocurre, de las condiciones necesarias que la hagan posible. En Salta, esas condiciones hace rato que se vienen dando aun cuando la salteñidad se niegue a verlas u opte por invisibilizarlas. Resulta cruel que, desde hace tres años, Cristian Luna no aparezca ni entre los vivos ni entre los muertos; fue salvaje el asesinato de Juan Carlos Hannawy, de 60 años, quien fuera hallado muerto en su oficina céntrica presentando en su cuerpo contusión pulmonar, fractura de costillas y golpes internos ocasionados por la tortura; también salvaje fue el golpe letal que Diego Esper recibió en la cabeza.

Todos casos recientes y todos sin resolución policial, lo cual parece provocar otro tipo de salvajismo: los apremios ilegales. La brutalidad policial es también hija de la escasa competencia para resolver los casos aberrantes. La impotencia desespera y la desesperación se transforma en odio policial volcado sobre el cuerpo del sospechoso. La situación ha vuelto a repetirse en el caso de las francesas: Francisco Ariel Tejeda de 43 años, padre de seis niños, detenido tras una acusación anónima como sospechoso de haber cometido el crimen de las estudiantes francesas, denunció que más de una docena de efectivos lo golpearon y le gritaron para que se inculpe durante las horas que estuvo detenido. No puede sorprendernos. Los llamados “estándares de seguridad” de nuestra provincia lo anunciaban y los antecedentes policiales (caso Evangelina Pisco, Marcelo Torino Dantur y más de 400 denuncias sobre apremios ilegales durante la actual gestión) se combinaron con las entendibles exigencias del gobierno francés para un pronto esclarecimiento del caso. La combinación fue explosiva y disparó una práctica habitual que ahora, por estar bajo los ojos del mundo, el gobierno quiere combatir. Hay crueldad, incluso, en la indiferencia social ante estas denuncias que revelan que en nombre de la seguridad muchos prefieren no preguntarse sobre los medios que la policía emplea, sino por los resultados que obtiene y que, sin embargo, en esta provincia escasean. Todos elementos que combinados con la procedencia de las víctimas han provocado que aquello capaz de silenciarse en la escena interna, no pueda invisibilizarse en la externa, ante la cual el crimen se presenta como una excepcionalidad.

Una excepcionalidad, de todos modos, que abre un interrogante hacia adelante porque también puede interpretarse con eso que ciertos filósofos llaman un “acontecimiento”. Precisemos el concepto que, según las corrientes, posee acepciones distintas. La izquierda que adhiere a la dialéctica marxista convencida de que la historia avanza inexorablemente hacia adelante y hacia la revolución, considera que el acontecimiento es un suceso menor, algo no inscripto en la trama de la Historia y por ello mismo destinado a volatilizarse. No entiende lo mismo la izquierda no marxista, aquella que niega la linealidad de la Historia y su avance hacia un único y necesario horizonte. Para estos, el acontecimiento supone siempre un corte radical que no puede explicarse por ninguna de las reglas que habían existido antes de ese corte y que abre, además, un área de indeterminación sobre el futuro del proceso. Una indeterminación que, sea cual fuera, nuestro establishment no parece capaz afrontar atado como está a los intereses del mercado y a los valores caducos y decadentes de un patriciado parasitario y responsable de una tradición reducida a exclusivos y anacrónicos clubes en donde pintorescos personajes juegan a ser el gaucho que hubieran aborrecido hace un siglo. Anacrónicos porque otras salteñidades recrean pautas en nuevos contextos problematizando la salteñidad oficial. Salteñidades con los pies en Salta, o no, y la cabeza mirando a hacia otros lados para barajar y dar de nuevo, para aprovechar lo que hay de nuevo y para aprender a combatir lo negativo que los cambios traen. Salteñidades molestas, irritantes, que no reciben el favor oficial y que, siendo el resultado de profundas transformaciones económicas y sociales ocurridas en nuestra provincia no encuentran, aún, las fuerzas políticas y sociales capaces de representarlas con la fuerza vital que oriente nuestra historia hacia eso que este gobierno, y este orden, no escuchan con la ilusión de que no exista.