“Estamos ante el último gobierno populista de nuestra historia”, dijo el ex presidente. Retazos históricos de un movimiento ambiguo, pero que siempre contuvo la aspiración de los menos pudientes a vivir mejor. (Daniel Avalos)

«Soy muy optimista respecto de nuestro futuro. Que tengamos una alternativa de poder nos genera el optimismo de pensar que estamos ante el último gobierno populista de nuestra historia. A partir de acá podemos tener 20 años de progreso consecutivos», sostuvo el ex presidente en una entrevista que concedió a una radio de la provincia del Chaco. La extravagancia discursiva fue parte de otras que protagoniza desde que reapareció en los medios el pasado 12 de octubre. Pero la referencia al final de los populismos es tan vieja como el peronismo mismo.

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Para confirmarlo, debemos remontarnos al origen de ese movimiento: el 17 de octubre de 1945. Ese día hubo un quiebre histórico y las cosas jamás volvieron a ser como habían sido. Bucear en ese proceso es el objetivo de estas líneas. Digamos entonces que el peronismo vino a trastocar la matriz económica que la oligarquía nacional había montado desde el siglo XIX: en tanto país colonial, el nuestro se incorporó al concierto internacional como proveedor de materia prima a la metrópoli por entonces inglesa: tasajo, cuero, lana, cereales y carne; a esa economía le correspondió una clase dominante conformada por los dueños de la tierra, los financistas y comerciantes que diseñaron un país de espalda al territorio nacional porque miraba al mar, forjando paralelamente un sistema político cuya misión era garantizar ese orden social y económico.

Tal armonía agroexportadora crujió con un peronismo que diversificó la estructura productiva confiscando parte de la renta agraria. Política que algunos explican por los desacoples internacionales surgidos con la crisis de 1929 que obligó a sustituir importaciones a países como el nuestro; que otros impugnan por no haber sido revolucionaria en los términos que la izquierda interpreta a la revolución; pero que definitivamente generó nuevos sectores y actores sociales que accediendo a nuevas ventajas se resistieron desde entonces a desaparecer.

He allí una de las insolencias que la llamada oligarquía jamás perdonó al peronismo que, además, trastocó la matriz política vigente y que tuvo en ese 17 de octubre un acontecimiento fundacional al mimetizar masas populares con el caudillo. Es cierto, la alianza entre Perón y la clase trabajadora como acuerdo estratégico y exclusivo del periodo es rebatible históricamente, aunque gran parte de la clase trabajadora vivenció la alianza de ese modo y todos sabemos que realidades intangibles como esas suelen ser tan sólidas como las rocas.

He ahí la otra insolencia que la oligarquía no perdonó al peronismo y generó un ala radicalmente antiperonista que la historia bautizó como el “gorilaje”: seres que detestan a los líderes peronistas, pero -sobre todo- aborrece a las masas populares. A los primeros los consideran manipuladores/as dispuestos a cruzar todos los límites para instaurar una “tiranía” que sólo es posible por la adhesión que genera en las masas populares que, para el “gorila”, es manipulable y con rasgos de turba irracional. Una que careciendo de sensatez es proclive a enamorarse del aventurero o aventurera que mediante engaño bien monitoreado enamora para siempre a la “plebe idiotizada”.

El “gorila”, en definitiva, realiza con los sectores populares el ejercicio mental que los colonialistas ejercitaban con los pueblos colonizados: animalizar al oprimido. Al hacerlo, lo excluyen de la condición racional y excluyéndolo de esa condición se siente con más derecho para someterlo, reprimirlo y hasta eliminarlo para sostener la falsedad que le interesa mantener: que son ellos los sujetos facultados a disponer de la suerte del resto por “su” condición de mejor. Ese sentimiento de superioridad devino en odio visceral al tirano y a la plebe cuando ésta, tratando de rescatar de la prisión el líder el 17 de octubre de 1945, ingresó por primera vez a la Plaza de Mayo no como barrendera de la misma sino como ama y señora del espacio público.

Postal de Plaza de Mayo aquel 17 de octubre de 1945.

De allí que buscando volver a la situación del pre-peronismo, ese gorilaje no dudó en diseñar, ejecutar y aplaudir un bombardeo a Plaza de Mayo. Bombardeo que buscando eliminar a Perón terminó por asesinar a más de 300 civiles que incluían a peronistas que se habían convocado para respaldar a su líder. El golpe de Estado de 1955, en definitiva, fue un Golpe que apelando a las premodernas “virtudes” de la venganza, buscaba restablecer lo que el vengativo vivenciaba como un orden perdido. Desde entonces ese gorilaje tuvo en las Fuerzas Armadas al ángel exterminador de los insurrectos. Fuerzas armadas que se dividieron en “colorados” que deseaban aniquilar de una vez y para siempre al peronismo y “azules” que se conformaban con garantizar que el líder muriera en el exilio y bregar para que el peronismo sin Perón tuviera algún tipo de participación residual en la política nacional. Lo que siguió en la historia durante los 70 es más conocido: asesinatos, desapariciones, exilios, etc.

Víctimas del bombardeo de los militares a Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955.

Pero volvamos otra vez al 55 para enfatizar que desde entonces se anuncia la muerte del movimiento, aunque la defunción nunca ocurre. Lo profetizó la “Revolución Libertadora” de 1955 que liderada por la iglesia y los militares, congregó el apoyo de la izquierda y hasta de intelectuales refinados inclinados a juegos de palabras metafísicos. De ellos formaba parte el escritor Ernesto Sábato que celebró el Golpe de Estado, aunque pronto explicitó en un ensayo – “El otro rostro del peronismo” – que la celebrada muerte no ocurriría porque bien visto, el peronismo representaba la emergencia de una verdad histórica reprimida por la insensibilidad de los pudientes: la de las masas desamparadas, sometidas a la explotación y a la persecución política y a las que Perón hizo ingresar a la vida pública argentina. Sábato no se equivocaba: mientras su libro se leía en los salones, la llamada resistencia peronista empezaba a hacer de las suyas.

La muerte del peronismo fue anunciada incluso desde el interior del movimiento: por ejemplo por Montoneros en los 70 cuando decretaron el agotamiento del peronismo y su reemplazo por el montonerismo; en los 80 al anuncio lo realizaron grandes referentes como German Abdala o Chacho Álvarez quienes rechazando la reconversión de esa fuerza hacia el proyecto neoliberal impulsado por Menem, abandonaron el Partido Justicialista asegurando que era imposible reconstruir desde allí un “peronismo verdadero” y apostaron a la construcción de una nueva fuerza popular que derivó en una CTA que nunca maduró, o una Alianza que finalizó con el sainete trágico de Fernando de la Rúa; hasta sectores del kirchnerismo decretaron ese agotamiento que, según dijeron, sería superado por el kirchnerismo.

La muerte nunca ocurre y la vieja y fundamental pregunta se impone: ¿por qué? Porque cada anuncio coincide con periodos de arremetida antipopular en donde, según decía Rodolfo Walsh, las masas no salen a buscar una nueva identidad sino a aferrarse a la existente; pero también porque sólo el peronismo sigue haciendo de nexo entre una doctrina ambigua y la unánime aspiración de los menos pudientes a vivir mejor. A ellos debe sumársele otra cuestión: el peronismo ha sido eficaz en obturar la emergencia de nuevas identidades políticas, aunque no es menos cierto que las fuerzas que pretendieron disputarle el monopolio fueron incapaces de lograrlo.

La historia volvió a reeditarse cuando el macrismo llegó al poder en el 2015 y, sobre todo, tras el triunfo que protagonizó en las legislativas del 2017. Fue entonces cuando la Casa Rosada anunció de nuevo la muerte del peronismo. El heraldo fue Pablo Avelluto, el ministro de Cultura de Mauricio Macri. Un intelectual que a las órdenes de Marcos Peña buscó darle forma a un relato que con ambigüedades y eclecticismo se mostró exitoso durante dos años (2015-2017), aun cuando lo que decía de su gobierno no se correspondía con lo que ese gobierno efectivamente era.

Él declaró al diario español El País que el triunfo de Cambiemos en las legislativas del 2017 obedecía a la emergencia de una Argentina que renunciando al pasado, renunciaba a un peronismo al que definía como la “gran superstición nacional”, una fuerza a la que muchos asemejaban con un dinosaurio dormido que al despertar barría con todo, aunque él, Avelluto, aseguraba que eso no ocurriría porque Macri suponía el final de ese dinosaurio que reinó con categorías exitosas hace 50 años, pero anacrónicas en la “era macrista”. Avelluto se equivocaba. El peronismo – a diferencia de la izquierda marxista – nunca representó una teoría que surgida en determinado periodo histórico colapsa cuando esa realidad se modifica. El peronismo es lo que acá ya dijimos: la experiencia política de gran parte de las clases subalternas que se niegan a renunciar a los beneficios y derechos que ese movimiento inauguró en los años cuarenta, que la tendencia revolucionaria peronista quiso llevar a un estadio superior en los 70 y que el kirchnerismo reeditó en un contexto nuevo en el siglo XXI.

La regularidad política, entonces, es la siguiente: el peronismo se revitaliza cuando resurge el antiperonismo. Tal entiperonismo goza de muy buena salud en el día de hoy, aun cuando en el 2019 recuperó el gobierno con una fórmula que Cristina Fernández diseñó y el actual presidente de la nación ejecutó. Ello explica que éste sábado 17 de octubre vaya a ser intenso en términos de revalorización de una identidad que quiere desplegar su folclore y su liturgia en medio de una coyuntura que no se lo permite; pero que dejará ver la naturaleza del modelo económico que reivindica como propio, en contraposición al que reivindica el antiperonismo personalizado por Macri.

Este último quiere convertir al país en el supermercado del mundo, lo cual supone más commodities derivados de la explotación de recursos naturales, algunas manufacturas de origen agropecuario, minerales y energía cuya explotación debía posibilitarse con inversiones extranjeras a las que busca seducir a cualquier precio. Modelo que – hoy resulta fácil verlo – sólo contrajo la mano de obra, benefició a capitales especuladores y desfinanció a un Estado que sin posibilidades de acceder al crédito privado terminó preso de un FMI que vino a sugerir lo que el macrismo ya había explicitado: el populacho debe perder los beneficios a los que se acostumbró por la “irresponsabilidad de un populismo” al que comparaban con una mujer que hizo uso demencial de la tarjeta de crédito.

He allí el gorilaje siglo XXI: los pobres no pueden pretender comprar, exhibir y desear lo que las clases acomodadas compran, exhiben y desean. El resultado de ello fue el triunfo del peronismo en octubre del 2019, la vuelta a la Casa Rosada en diciembre y el anuncio de un plan que la pandemia trastoco, obligando a ese gobierno a ocuparse de las urgencias: asistir a los sectores más vulnerables y a los trabajadores con un costo altísimo del que no reniega. Ello y las complicaciones obvias que lo sanitario provoca en la economía, desliza a una oposición llena de odio a dar mordiscones por la espalda a una administración ocupada en hacerle frente a problemas de todo tipo.

No obstante, el oportunismo destructivo sigue montándose sobre el desprecio que las “bellas almas republicanas” tienen por los líderes populares y por las mases que adhieren a los mismos. Los oradores de la República echan espuma por la boca, los apellidos de pretéritos blasones denigran a los electores que se dejan manipular y los “próceres” de la cultura sentencian que así nunca seremos parte del primer mundo. No entienden lo elemental: los hombres y mujeres abandonados por los pudientes, despojados de su humanidad, sumidos en un desempleo que los relega a un presente de hambre y les roba el futuro a sus hijos; terminan por encontrar en el denostado populismo la posibilidad de acceder a algo: un subsidio que los ayude a pelear contra la miseria, un plato de comida para sus hijos en la escuela, la posibilidad de encontrar una changa o un empleo y soñar con el ascenso social para su prole en alguna universidad y provoca el rechazo de figuras como María Eugenia Vidal que se preguntaba para qué carajos fundar casas de altos estudios en medio del pobrerío.

En definitiva, el pobrerío encuentra en el caudillo un tipo de respeto que los republicanos no suelen dispensarle. Tal respeto se devuelve con confianza electoral, pero también con lealtades duraderas, lo cual explica la enorme vigencia política de CFK. Esas condiciones explican porque éste sábado 17 de Octubre el peronismo volverá a confirmar que sigue vivo.