La escritora salteña Raquel Espinosa nos sumerge en la novela “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos, el autor que replica al norte de Sudamérica la dicotomía que Sarmiento desarrollara con anterioridad en “Facundo”.

Editada por primera vez en 1929. En ella, las historias narradas suceden en un tiempo no precisado que se infiere a fines del siglo XIX y hacia 1911 y tienen por escenario las extensas sabanas del Apure, en tierra venezolana. Su autor replica, al norte de Sudamérica, la tradicional dicotomía civilización y barbarie que Sarmiento había desarrollado con anterioridad en otro clásico de la literatura, Facundo, publicado en 1845 y ambientado en el actual territorio argentino, en el otro extremo de América del Sur.

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La representación de la barbarie, más allá de asociarlas a una mujer en un caso y a un hombre en el otro, coincide en ambas propuestas cuando refieren al campo, al interior, al nativo, al inmenso y “vacío” espacio, “el desierto” y el despoblamiento, la vida salvaje, la incomunicación, los caudillos o caciques y el consecuente atraso. En el polo opuesto, el de la civilización, los escritores sitúan las ciudades, las capitales, los criollos y extranjeros, el espacio “controlado”, deslindado y alambrado, la ocupación diseñada por nuevos pobladores o colonos, la cultura, la comunicación, nuevos gobernantes y el progreso. La distinción formulada se proyecta hacia el espacio y los hombres que lo ocupan y, aún más, hacia el mismo reino animal. Tomaré como único ejemplo para ilustrar este caso la novela venezolana.

A través de minuciosas y bien logradas descripciones el lector recorre el espacio atravesado por el Arauca y el Orinoco, las praderas del Cunaviche, las sabanas feraces y el terruño de Altamira o El Miedo. En ese inmenso y complejo espacio aparecen también muchos y variados animales. No están allí como simples elementos de la naturaleza. Forman parte del paisaje que se describe y del espacio construido y también pueden leerse en clave de civilización y barbarie. Así, las gallinas, los patos y otras aves de granja han sido domesticadas y viven en torno a las moradas de los hombres. El caballo, introducido por los europeos, facilita el dominio y la posesión de las tierras. El ganado y las yeguadas consolidan y acrecientan el poder mientras las abejas aricas y las chicharras endulzan y alegran los días de los llaneros. Representan la civilización.

Del lado de la barbarie se imponen “el familiar” o “el cotijudo”, un toro bravo producto de las supersticiones. Junto a él también son percibidos como negativos y peligrosos el tigre y el caimán. Completan esta serie los zorros, las serpientes, el gusano y los garrapatales, “arruinadores del ganado”.

La interacción entre hombres y animales así descriptos debe interpretarse en relación al espacio y al tiempo en que suceden los hechos. La particular visión que presenta Rómulo Gallegos también debe contextualizarse atiendo a los cánones literarios en que se produce y se publica la novela. En cuanto a la recepción, los lectores van cambiando sus miradas y las percepciones se abren en un abanico de opiniones diversas y contradictorias. Valga como ejemplo el caso de los murciélagos.

En la escena en que Santos Luzardo visita a Lorenzo Barquero en su vivienda, el protagonista abre la casa que había estado cerrada hacía 13 años: “una fétida bocanada de aire confinado hizo retroceder a Santos: una cosa negra y asquerosa que salió de las tinieblas, un murciélago, le apagó la luz de un aletazo” (pág. 44). El animal en cuestión se asocia así con la oscuridad, el temor y el desagrado. En esa casa abandonada vivían Lorenzo y su hija Marisela y será mencionada más adelante como “aquella inmunda madriguera de murciélagos donde días antes se metiera él” y que luego sufre un cambio positivo para el narrador “pues ya había hecho blanquear las paredes manchadas por las horruras de las asquerosas bestias.” (pág. 112).

A la oscuridad, el temor y el desagrado se le suma la nota de impureza o suciedad. La “horrura” o inmundicia está vinculada, en ciertos imaginarios, con el pecado. Así, los murciélagos han sido, finalmente, demonizados y condenados por quienes representan la civilización. En la novela tienen una carga tan negativa como los zamuros, aves también calificadas como “inmundas” y de malos agüeros, porque se alimentan de la carroña y, lógicamente, con los rebullones, esos pájaros fantásticos que eran una especie de materialización de los malos instintos de Doña Bárbara, bichos negros y siniestros como los murciélagos que se alimentan de sangre y se asocian a la muerte y el infierno.

Para complejizar el tema pondremos en diálogo la versión literaria de estos mamíferos con el texto de reciente publicación de Mariana Raposo, Tito, el murcielaguito. Publicado por ´Amar lo nuestro ediciones´ y diseñado e ilustrado por Juan Manuel Tanco, fue declarado de interés cultural por la provincia de Salta. La obra no se inscribe en el ámbito de la ficción, lo que marca la primera diferencia y aunque se trata en realidad de un libro de divulgación científica está narrado en primera persona, poniéndose el narrador, literalmente, “en la piel del murciélago”. La empatía que así se despliega marca otra diferencia. Nos habla de inteligencia emocional y nos invita a conectarnos con el medio natural con el que toda sociedad está inmersa y con el que debe, inevitablemente, interactuar: “En este libro te voy a contar muchas cosas interesantes para que empieces a conocer a los murciélagos y en especial a los de mi especie” (pág.3).

La información que la autora y el equipo de investigación que la acompaña transmiten al lector se entreteje a partir de preguntas motivadoras: ¿cómo somos los murciélagos? ¿dónde vivimos…? ¿cómo nos orientamos en la oscuridad? ¿cómo son los bebés murciélagos? Acompañan a estos interrogantes datos expuestos con claridad y sencillez para captar la atención de niños y adultos, paso previo y necesario para comenzar a cuestionar prejuicios y desterrar mitos o leyendas sobre estos animales: “Lamentablemente, en la actualidad, en Latinoamérica y en el mundo existen leyendas y mitos injustos que nos consideran a los murciélagos como seres malignos, diabólicos o sucios. Esto se debe, en parte, a que tenemos hábitos nocturnos y que la gente le teme a la oscuridad. Pero la mala información es la principal causa de que las personas nos tengan miedo y nos hagan daño” (pág. 14).

El texto en cuestión fue escrito por la autora en base a información técnica-científica y con documentos elaborados por el Programa de conservación de los murciélagos de la Argentina (PCMA) y la Red Latinoamericana y del Caribe para la conservación de los murciélagos (RELCOM).

Destinado, principalmente, a un público infantil pero también a las familias que son las primeras responsables de incentivar la lectura, la autora, imitando el arte de la pesca, muestra el título como una atractiva carnada. Tito, es un murciélago con nombre propio, donde resuenan su origen etrusco y la historia de varios personajes famosos. El epíteto que lo acompaña, “el murcielaguito”, connota pequeñez, algo diminuto y frágil, a la vez que refiere al cariño que puede llegar a despertar. Los dibujos completan el cuadro: en la tapa, un murciélago nos mira con picardía mientras despliega sus alas y está rodeado de una brillante aureola; en la contratapa el animalito aparece con chupete, símbolo indiscutido del universo infantil. Palabras e ilustraciones están ahí para deconstruir aquellas otras escenas que mostraban a estos animales asociados al terror y la barbarie. Manos con alas que escriben y que dibujan imitando a las otras manos con alas que vuelan de noche y comparten nuestro espacio.