El salteñismo | Sáenz cajonea la grieta y abraza el debate entre Interior y puerto de Buenos Aires

La idea que sobrevolaba se echó a andar mediante una convocatoria del gobernador a empresarios y productores. Blindar a Salta del volátil humor nacional es un objetivo. Las fuerzas políticas fueron las grandes ausentes. (Daniel Avalos)

Insistamos. Hace meses que el ala más política del gobierno provincial presumía con este experimento político que tiene chances de cuajar al menos por dos razones:  se puede ubicar geográficamente experiencias de ese tipo y hay una sensibilidad de época dispuesta a abrazarla. Lo primero se relaciona con distritos como Neuquén, San Luis o Córdoba en donde los “provincialismos” se mantuvieron en pie en medio de los vaivenes políticos argentinos: los triunfos de Menem en la década del 90, la experiencia fallida de la Alianza, la explosión de 2001, la consolidación del kirchnerismo y hasta la emergencia del macrismo. Experiencias provinciales que ahora se expanden con despliegues políticos similares en Misiones o Santiago del Estero.

La otra razón es menos geográfica pero no menos importante. El país y Salta están atravesados por una sensación colapsista que en términos bien barriales podría verbalizarse así: Argentina se va a la mierda. Ante ello siempre surgen dos sensaciones principales: las solidarias que ponen el acento en que estando todos en el mismo barco debemos salvarnos juntos; y aquellas otras que buscan maximizar habilidades para sobrevivir en el bote propio y excluir a quienes pongan en riesgo a la patria chica. Quien escribe está seguro de que esto último es la emoción que atraviesa al conjunto. Es penoso pero cierto, y por ello mismo materia prima para proyectos como los que aquí tratamos.

A esas condiciones de posibilidad debe sumarse otra no menos importante y a la que el gobernador echa mano: la grieta comienza a dejar de “garpar” en términos políticos electorales. Hasta el año 2021 cualquier candidato con cierto grado de conocimiento corría a pescar en algunas de las peceras de la grieta para protagonizar un triunfo o algo que se parezca a ello. Hoy eso no es tan seguro. Menos si las elecciones son provinciales y se desmarcan de las nacionales.  “Hay una idea muy clara que la dinámica de grieta no genera soluciones; que cuando un 50% de la población no se habla con el otro 50% estamos empantanados”, declaró a este medio no hace mucho el consultor político y encuestador Benjamín Gebhard.

Aclaremos rápido lo siguiente: no estamos hablando de una ancha avenida del medio; sino de que los extremos de la grieta se desgajan y quienes salen de esa lógica empiezan a buscar a candidatos que no representen esa grieta. El gobernador lo sabe y el discurso del viernes lo confirma. No tanto por la cantidad de veces que condenó la pasión por lo absoluto, sino por la pocas veces que la mencionó y por esa interpelación a desempolvarse de los dogmas partidarios en pos de los intereses provinciales sin que esto suponga renuncia alguna a las identidades políticas. En ese marco, el recorrido pendular que muchos le cuestionan al haber estado muy cerca de Macri cuando era intendente y muy cerca de Alberto Fernández siendo gobernador, podrá atenuarse cuando él o sus voceros insistan en que la prioridad del gobernador es Salta y no los abanderamientos ideológicos.

Allí Sáenz ejecuta un desplazamiento discursivo: le resta identidad al tema “grieta” para abrazar la discusión del federalismo que en lo central exige que el centro del país reconozca a la provincia como una parte del todo nacional con iguales derechos que el resto y que ello se traduzca en un reparto equitativo de los recursos. El planteo tiene fuerza porque se siembra en un territorio bien abonado. Desde hace meses que legisladores nacionales de Salta y otras provincias advierten que el acuerdo con el FMI impacta en las ya golpeadas transferencias provinciales; a esas advertencias se suma el reclamo conjunto de los gobernadores del Norte Grande. Esa adición de variables permite pronosticar que el debate puede apoderarse de los y las salteñas comunes y corrientes. Como bien lo saben los publicistas, eso requiere de muchas repeticiones que se replican y replicarán hasta en los medios nacionales. Lo dicho se aplica tanto a quienes piensan que el reclamo de las provincias es justo y deseable, como a aquellos que adoptan el punto de vista contrario.

Por todo esto sorprendió el tiempo que se tomó el oficialismo para tratar de conceptualizar lo que hasta ahora es voluntad latente. También sorprendió el modo elegido para presentarlo: convocando a actores y actrices de distintos sectores económicos y no a la clase política que es la que lleva adelante la experiencia en otras provincias. La particularidad del auditorio podría explicar incluso el tono de voz usado por el mandatario. No hubo arenga alguna y por momentos la lectura estuvo lejos de representar la invitación a una gesta que ayude a arrancar de la pobreza a la mitad de los salteños. Empresarios y productores, opina quien escribe, nunca del todo dispuestos a construir una gran provincia porque el interés que los guía es ser dueños de una gran finca o de algún mega emprendimiento. Seamos claros: la mezquindad no es propiedad exclusiva de la política y puede ser más fuerte en empresarios que a veces se consideran súper hombres y que casi siempre desean escaparle a la soberanía del Estado al que asocian con El Mal.

¿Esa convocatoria constituye una excepcionalidad salteña? Difícil de creer. La razón habría que buscarla en la convicción oficial de que el desprestigio de esa clase política obtura la posibilidad; o en la debilidad del oficialismo para convocar a fuerzas distintas a las que ya forman parte de su espacio. Pero lo cierto es que una experiencia de ese tipo requiere de la política que, por supuesto, también expone demandas cuando es invitada a formar parte de un proyecto de mediano o largo alcance: ser tratada como socio aun cuando la centralidad política está en quien gobierna y ser accionista del Estado para así comprometerse a prolongar su estadía en el proyecto. Sin ese tipo de acuerdos el salteñismo puede reducirse a simple enunciado electoral con más o menos chances de efectividad según la pericia de quien lo administre.

Lo indudable es que el salteñismo se echó a andar. Habrá que ver cómo continua. No será difícil ponderar el grado de voluntad que se ponga al mismo. Alcanzará con observar si las convocatorias como las del viernes se prolongan en el tiempo, si los funcionarios del gobierno van al encuentro de distintos actores de la sociedad, si ponen el mismo énfasis cuando se reúnan con figuras de la política que hayan protagonizado triunfos electorales y aquellos otros que celebran haber superado el 1,5% de los votos en unas PASO y si la sumatoria de encuentros produce voceros del proyecto por afuera del propio gobierno. Si esto último ocurre, es mucho más probable que Gustavo Sáenz se convierta para los salteños en eso que él ya cree de sí mismo: un tipo de consenso que posee una visión clara de la provincia. Hasta ahora sus funcionarios tuvieron muchos problemas para lograrlo.