“Entró la esclava, dijo una palabra de aliento, Valor, después se puso de rodillas entre las piernas abiertas de María” (José Saramago, del libro “El Evangelio según Jesucristo”).

“Zelomi había perdido ya la cuenta de los chiquillos que ayudó a nacer, y el padecimiento de esta pobre mujer es igual al de todas las otras mujeres, como ha sido determinado por el Señor Dios cuando Eva erró por desobediencia. Aumentaré los sufrimientos de tu gravidez, tus hijos nacerán entre dolores, y hoy, pasado ya tantos siglos, con tanto dolor acumulado, Dios aún no está satisfecho y mantiene la agonía. José ya no está allí, ni siquiera a la entrada de la cueva. Ha huido para no oír los gritos, pero los gritos van tras de él, es como si la propia tierra gritase, hasta el extremo de que tres pastores que nadaban cerca con sus rebaños de ovejas, se acercaron a José, a preguntarle, Qué es eso, que parece que la tierra está gritando, y él respondió, Es mi mujer, que está dando a luz en aquella cueva, y ellos dijeron, No eres de por aquí, no te reconocemos, Hemos venido de Nazaret de Galilea, a censarnos, en el momento de llegar le aumentaron los dolores y ahora está naciendo (…)

El hijo de José y María nació como todos los hijos de los hombres, sucio de la sangre de su madre, viscoso de sus mucosidades y sufriendo en silencio. Lloró porque lo hicieron llorar y llorará siempre por eso sólo y único motivo. Envuelto en paños reposa en el comedero, no lejos del burro, pero no hay peligro de que lo muerda, que al animal lo prendieron corto (…)

Bajando la ladera se acercan tres hombres. Son los pastores. Entran juntos en la cueva. María está recostada y tiene los ojos cerrados. José, sentado en una piedra, apoya en brazo en el reborde del comedero y parece guardar al hijo. El primer pastor avanzo y dijo, Con estas manos mías ordeñe y recogí la leche de ellas. María, abriendo los ojos sonrió. Se adelantó el segundo pastor y dijo, a su vez, Con estas manos mías trabajé la leche e hice el queso. María hizo un gesto con la cabeza y volvió a sonreír. Entonces se adelantó el tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran estatura, y dijo, pero no miraba ni al padre ni a la madre del niño nacido, Con estas manos mías amase este pan que te traigo, con el fuego que sólo dentro de la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él”.