La conformación de tres frentes políticos en donde ni Urtubey ni Romero hacen de grandes electores, evidencian el fin un modelo político que duró un cuarto de siglo. Las características del período que se abre son aún una incógnita. (Daniel Avalos)

Se armaron los frentes políticos provinciales y la forma en que se dieron confirman lo que hace semanas veníamos adelantando: la balcanización de la política salteña. Apurémonos a realizar una aclaración: no estamos comparando Salta con la dramática situación que vivieron las naciones de la península balcánica tras el derrumbe del régimen soviético en los años 90´. Solo empleamos el término para señalar la fragmentación de los bloques políticos que por un cuarto de siglo mantuvo cierta homogeneidad a partir del rol que jugaron los hombres fuertes de una provincia en donde “la política del Don” es casi una doctrina.

El hervidero político vivido el miércoles cuando vencían los plazos para conformar esos frentes evidenció la crisis del “Don” salteño y la resultante balcanización que se expresó de manera grotesca: la migración súbita de fuerzas de un espacio a otro; figuras que durante años transitaron juntos, de repente juraban no sentirse identificados con el otro; rupturas de acuerdos celebrados semanas antes por la simple subordinación al criterio de evaluar qué servía y qué no para acercarse o retener alguna cuota de poder; y hasta conductas cuyo exclusivo objetivo parecía no ser otro que ajustar cuentas con alguien por enconos pasados o presentes a los que tenían bien guardados.

Explicar el desaguisado llevaría mucho tiempo. Conformémonos con señalar algunas variables básicas de esa balcanización. Una de ellas ya fue insinuada: el desmoronamiento de liderazgos que hasta ahora habían resultado exitosos. No importa si el líder empleaba la mitad del día para persuadir a algunos y la otra mitad para descabezar al resto; tampoco si lo consideramos un satanás, un saqueador o un déspota. Lo que importa es que el jefe había sido capaz de generar y conservar en el tiempo un tipo de orden que ahora se desintegra en términos políticos porque el líder dejó de serlo. Eso padece hoy Juan Manuel Urtubey, y un solo ejemplo alcanza para confirmar la sentencia: carece de un candidato propio para reemplazarlo en la provincia. Se trata de algo inédito. Desde el retorno de la democracia, al menos, todos los oficialismos “del país” tuvieron un candidato con chances de retener el gobierno, asegurando que su misión era darle continuidad al proceso del que había formado parte. De allí que la ausencia de candidato oficial resulte casi inclasificable en términos políticos, para desconcierto de quienes hasta el último día esperaban ser ungidos por un Gobernador que a partir del lunes comenzara a ser blanco de acusaciones por parte de adversarios y ex subordinados, tal como suele ocurrir en una provincia donde la revancha es parte de la cultura política.

Convengamos: tal situación venía siendo anunciada por algunos, aunque el acontecimiento tomó por sorpresa a la mayoría de la clase política salteña que – acostumbrada a subordinarse a los humores, ambiciones y caprichos de los jefes – trató de escapar al vacío preguntándose qué haría Juan Carlos Romero, solo para percatarse, otra vez tarde, de que el jefe anterior tampoco tenía candidato y que en las elecciones nacionales del domingo próximo disputará con los candidatos de Urtubey el segundo lugar. Conclusión: asistimos al fin de ciclo de un modelo que no tiene doce sino veinticuatro años y que los dos hombres que personalizaron el mismo ya no son los grandes electores que supieron ser.

Tal situación convergió con otras variables que explican la balcanización: la emergencia de figuras que aspiran a ocupar el vacío pero que, teniendo solo un control parcial de territorios y recursos, poseen más chances de dañar al adversario que de presentarse como las personas capaces de imponerle al conjunto una direccionalidad política determinada. Ejemplificarlo resulta fácil: Olmedo cuenta con un alto nivel de conocimiento en toda la provincia, buenas performances electorales en el Valle de Lerma y el auxilio de sus aliados renovadores y radicales para consolidar armados territoriales en Orán y en Tartagal; aunque todos le atribuyen poca intención de votos en la Capital y una personalidad desapegada a estrategias. Gustavo Sáenz puede presumir de una enorme popularidad en la ciudad de Salta, poseer como aliados a intendentes del Valle de Lerma y contar con los recursos del estado municipal para costear campañas; pero carga con el estigma de ser el macrista telúrico que sus oponentes le achacaran y carecer de un alto nivel de conocimiento en el norte provincial, donde habita el 24% de los electores. Sergio Leavy, por su parte, sabe que su figura atraviesa al 100% de ese norte y recibe el impulso inestimable de dos de las figuras más convocantes del país como lo son Alberto y Cristina, aunque muchos aseguran con razón que esa sola condición no es suficiente para llegar a la gobernación, mientras advierten el peligro de practicar un sectarismo pueblerino potenciado por una confianza excesiva por lo que puedan aportarle los resultados nacionales.

Lo combinación de las variables expuestas replica la balcanización hacia el interior provincial y se expresa en lo que ocurre con la otrora aceitada maquinaria electoral conformada por intendentes y legisladores. El estallido ya ocurrió y escupe esquirlas en forma de dirigentes que buscan un jefe a quien jurar lealtad, pero evaluando quién de ellos podrá garantizarle la jefatura del coto particular que son los municipios. La ecuación que emplearán es fácil de verbalizar: apoyar una candidatura a gobernador prescindiendo del criterio de la coincidencia política para priorizar aquello que le permita escapar a lo que vivencian como el mal mayor: perder el municipio o las bancas que ocupan. El Presidente del Foro de Intendentes de la provincia e intendente de Campo Santo, lo explicitó sin complejos en una entrevista del día jueves: “La mayoría de los intendentes en el Foro son justicialistas, ahora cada uno resolverá la situación de acuerdo a la zona y la región y acompañará al candidato que esté mejor posicionado en su departamento”.

En una provincia normal, tamaña sinceridad resultaría fatal en términos electorales, aunque acá no pasará nada por la anomia reinante. Habrá que admitir, no obstante, que la declaración posee el alto valor analítico de confirmar lo que venimos diciendo: ninguna de las figuras que encabezan los frentes y buscan la gobernación carecen – a cuatro meses de las elecciones – de una instalación e intención de votos homogénea en el conjunto de la provincia. Por razones objetivas como las ya expuestas, pero también por otras de tipo subjetivas: durante mucho tiempo evitaron las conductas disruptivas que necesariamente los debía enfrentar cuerpo a cuerpo con un Gobernador al que no dejaban de temer. Sólo Sergio Leavy tomó la punta en esa materia, aunque como bien señalan sus detractores tal conducta se potenció luego de que el propio Urtubey lo excluyera del frente electoral oficialista del 2017, para suerte del por entonces intendente de Tartagal que así inició un sostenido ascenso en el escenario político provincial.

Para entender la poca vocación disruptiva de los candidatos, habría que bucear en los rasgos de ese orden político provincial gerenciado en los últimos 24 años por Juan Carlos Romero y Juan Manuel Urtubey: una provincia con instituciones débiles, partidos políticos deshilachados y hombres fuertes que dominando los engranajes del Poder y controlando la justicia, la policía, parte importante de la prensa y los sindicatos, pudieron sostener en el tiempo su influencia en la política local sin necesidad de recurrir a fraudes ni coerciones electorales.

En ese orden forjaron sus relaciones políticas adultas los tres candidatos de hoy y ese orden imprimió en ellos durante mucho tiempo ciertos rasgos comunes: evitar las reyertas y las escaramuzas con los jefes para así escapar a los seguros escarmientos. Conductas que son además el resultado de años de real politik, que aquí bien podemos asemejar a las terapias psicológicas que se proclaman exitosas cuando logran que sus pacientes se adaptan al desierto en el que viven y hasta llegan a disfrutarlo. Fueron, en definitiva, diplomáticos del orden vigente y como todo diplomático que se precie de tal, la misión que tuvieron nunca fue crear equilibrios nuevos, sino conservar el vigente dentro de los marcos políticos y jurídicos que ese orden imponía.

Ahora la contienda se definirá entre ellos. Sería bueno que se entreguen a la práctica política auténtica. No para pendenciar estérilmente por un cargo; sino para que los ciudadanos salteños tengamos bien en claro la voluntad que los impulsa, la naturaleza de los hombres y mujeres que los acompañarán y si el proyecto de provincia que hasta ahora no explicaron del todo estará al servicio de crear equilibrios nuevos que promueva un tipo de desarrollo que debe ser inescindible del bienestar del pueblo y que siempre requiere de una plena participación del mismo en la política provincial.