Hartmut Torsten Theobald (46) es conocido como “El Alemán” entre sus vecinos de General Güemes. Hace dos meses está detenido por envenenar a un peón suyo que lo denunció en la AFIP, mientras otro trabajador lo denunció por lo mismo.

Hace dos meses que este medio informó sobre el caso del “patrón alemán” detenido por el homicidio de un peón por envenenamiento en represalia a que el mismo lo había denunciado en la AFIP.

El caso llegó del hombre nacido en Colonia – Alemania – y que se radicó en Salta cuando tenía 8 años, llegó a la prensa nacional que se sorprende de la historia de Hartmut Torsten Theobald de 46 años al que sus vecinos conocen como “El Alemán” y que está en pareja con una mujer que reside con sus hijos en la ciudad de General Güemes aunque Theobald residía junto a su madre en la finca “El Salto” en el paraje Palomitas.

“En el campo tenía a dos peones, distantes entre sí, en condiciones paupérrimas. Uno era Ramón Ignacio Casas (55), que estaba en una pieza. El otro, Benito Soraire (53), en una casa. Ambos cobraban un salario mensual de 5.000 pesos, pero les quedaban poco más de 3.000 porque Hartmut no era muy suelto con el dinero, más bien lo contrario, y además les descontaba la comida. Casas terminó muerto, tras ser envenenado por su patrón con un potente pesticida, de acuerdo a la acusación de la Justicia. Tres días después, Soraire se salvó porque apenas probó un bocado y empezó a vomitar. En el primer episodio, también murieron cuatro perros que saborearon la misma carne. Y dos perros en el segundo. No sólo eso, dos zorros y cuatro caranchos que se alimentaron de los cadáveres de los animales corrieron la misma suerte” publicó Clarín en su edición de hoy.

“El Alemán” está detenido desde octubre en la alcaidía de Salta y lo imputaron por “homicidio calificado por el uso de veneno u otro elemento insidioso” en perjuicio de Casas, un delito que prevé prisión perpetua. Y ahora amplió la acusación con el intento de asesinato contra Soraire.

El caso de Ramón Ignacio Casas estremece: llevaba cinco años cuidando la hacienda y cansado del maltrato y las precarias condiciones laborales, decidió averiguar en la AFIP sobre su situación. Hicieron las cuentas y concluyeron que el ganadero le adeudaba, por distintos conceptos, entre 350.000 a 400.000 pesos. El peón hizo el reclamo y el patrón lo tomó como una traición y tramó la venganza. “Si me pasa algo, desconfíen del patrón. Me quiere hacer desaparecer, no me va a meter un tiro, pero me va a hacer algo”, les dijo el empleado a sus familiares, que nunca creyeron que el presagio finalmente se iba a cumplir aquel octubre.

Hartmut le llevó la carne para el guiso. Casas comió y les convidó a sus dos perros. Terminaron los tres muertos. Antes de eso, “El Alemán” le había robado de la pieza los papeles de la denuncia que había presentado hacía dos semanas. Cuando lo encontró sin vida, tirado en su cuarto, el 22 de octubre, fue hasta la comisaría de General Güemes para denunciar el caso. Mintió al decir que era el único peón que tenía y mintió al decir que llevaba apenas 10 días trabajando con él. Y dijo que lo había visto por última vez cuatro días antes. En la habitación había Furadan, un pesticida prohibido, de uso agrícola, que causa una muerte inmediata, en un período de 8 a 10 minutos.

Dos semanas antes, Hartmut se había anticipado a una posible movida en igual sentido de su otro peón, Soraire, con una antigüedad en el campo de 33 años. La modalidad fue idéntica. El lunes 15 de octubre, le llevó un kilo de carne y chorizos hasta su casa, situada a dos kilómetros del casco, y el trabajador la cocinó, a pesar de que emanaba un fuerte olor. Un solo bocado lo condujo a los vómitos. Bebió agua y leche. Volvió a vomitar.

Soraire, indocumentado, analfabeto y sin familia, guardó la carne en la heladera y, mareado, se acostó. Al día siguiente, fue a ver a su patrón, a quien le reclamó por el mal estado de la carne y le pidió que lo llevara a un hospital, pero el hombre le dijo que esperara.

El miércoles lo alcanzó hasta la ruta y el peón se fue caminando hasta el centro de salud. El sábado 20 se volvió y le dio el chorizo a su perro chiquito. La muerte fue fulminante. Entonces tiró la carne arriba del techo. Doce días antes, cuatro perros que vivían con él también habían corrido la misma suerte. Lo mismo que dos zorros y cuatro caranchos.

Los peritos analizaron la carne y un veterinario, los cuerpos de los animales. Todos contenían carbofurano (Furadan). Así se ordenó la detención de Hartmut, quien jura su inocencia, aunque nadie le cree. Para los investigadores, tiene un “perfil psicopático particular”. Ahora rastrean su pasado para determinar si puede haber más casos.