El aire en Oriente próximo podría cortarse con un cuchillo. Aquí un repaso de esa crisis en la que perviven elementos que tienen una larga data en la historia de la intromisión norteamericana en la región y en especial en Irán. (Daniel Escotorin)

La capacidad de Estados Unidos de encender focos de conflictos políticos y militares en todas partes del mundo es tan asombrosa como interminable y si de medio oriente se trata, más aun. El asesinato a través de un acto terrorista del Jefe de la Guardia Revolucionaria iraní Qassem Soleimani y otros altos miembros del gobierno persa han vuelto a extremar la tensión en una región que no sabe de paz y seguridad, que en arduo y sacrificado esfuerzo intenta reconstruirse pero Estados Unidos les recuerda que su destino es el opuesto: guerras, destrucción, muertes. La secuencia de los últimos acontecimientos fue escalando hasta llegar a la tensión por un posible ataque ¿invasión? a Irán por parte del gobierno de Donald Trump. En el contexto de esta crisis perviven elementos que tienen una larga data en la historia de la intromisión norteamericana en la región y en especial en Irán.

Un poco de historia

En 1953 EE.UU. a través de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y en conjunto con el gobierno británico organizó un golpe de estado contra el gobierno nacionalista de Mohammed Mosaddegh, primer ministro de perfil reformista que había nacionalizado la producción de petróleo en manos hasta entonces de los ingleses. El pretexto fue una conspiración comunista para hacerse del poder. Mosaddegh fue una de las tantas expresiones de ese nacionalismo árabe de los cincuenta y los sesenta, como Nasser en Egipto, el FLN en Argelia, más tarde Gadafi en Libia y el partido Baas (socialismo árabe) en Siria e Irak. El agotamiento de estas experiencias daría paso en la década del ochenta al fundamentalismo islámico radical.

Como consecuencia del golpe pergeñado se impuso en Irán una monarquía autocrática encabezada por el Sha (rey) Reza Palevi que gobernó con mano de hierro durante tres décadas con persecuciones, cárceles, torturas, asesinatos de opositores políticos y un alto beneficio a las empresas petroleras norteamericanas e inglesas. Entre 1978 y 1979 el descontento social (pobreza, desocupación, censura, represión) se expresó en constantes movilizaciones y una represión cada vez más brutal. Fuerzas de izquierda, grupos guerrilleros, intelectuales y religiosos sobre todo de origen chiitas bregaban por la salida del Sha. Allí aparece la figura potente del Ayatolá Ruholla Komeini exiliado primero en Irak y luego en Francia, en 1979 regresa a Irán y se pondrá a la cabeza de la revolución que derrocó a la monarquía y estableciendo una República Islámica con un claro contenido antioccidental y antinorteamericano. Al poco tiempo, un grupo de estudiantes universitarios toman la embajada de EE.UU. en Teherán conocida como “la crisis de los rehenes” por más de un año hasta su liberación en el mismo momento que asumía la presidencia Ronald Reagan en enero de 1980.

Ese año estalla la guerra entre Irak e Irán, el presidente iraquí Saddam Hussein tenía el apoyo de la Casa Blanca, aunque luego se descubrió el escándalo “Irangate”: la venta clandestina de armas a Irán para financiar a los “contras” nicaragüenses que luchaban contra el sandinismo. Luego de la guerra del Golfo (2002- 003) Estados Unidos puso la mira en los tres países que aún tenían gobiernos no alineados con sus intereses: Libia (Gadafi), Siria (Assad) e Irán. Los dos primeros fueron sometidos a cruentas guerras intestinas fomentadas por Occidente; Gadafi fue asesinado, Siria fue campo de batalla para imponer un supuesto Califato del Estado Islámico o ISIS, otra guerra cruenta, sanguinaria fomentada por EE.UU. y apoyada por sus aliados regionales: los saudíes y Turquía y sospechosamente con la no injerencia de Israel. La derrota del ISIS fue posible a la acción conjunta de las fuerzas sirias, Irán y Rusia a las que se le sumaron tardíamente Turquía y EE.UU., ambos rivales del gobierno sirio. A estos apoyos se les agrega el de la nación kurda de difícil relación con todos los estados de la región (Turquía, Siria, Irán e Irak) por sus pretensiones de establecer una Estado propio pero entendieron el peligro letal de un modelo ultra fundamentalista como el de ISIS, de oscuras ramificaciones y vínculos políticos, económicos y militares con Occidente, y el Hezbollah, movimiento político armado de origen chiita pro iraní con fuerte presencia en Líbano. Irán salió políticamente fortalecido en la región y el objetivo del Departamento de Estado de voltear al régimen quedó debilitado. Las tensiones propias entre Washington y Teherán bajaron varios decibeles cuando el entonces presidente Barak Obama firmó un tratado de control nuclear con Irán en 2015 para evitar que éste fabricase bombas atómicas, pero cuando asumió Trump rechazó este acuerdo y volvió a las posturas beligerantes que fue en una escalada permanente hasta este presente.

Ahora incierto

La cronología de los hechos últimos son una clara muestra del avance en el objetivo de desestabilizar la región y al gobierno de Irán por parte de Trump: ataque aéreo a grupos chiitas en la frontera sirio-iraquí; reacción del Hezbollah atacando la embajada yanqui en Bagdad, que trajo a la memoria los sucesos de 1979; ataque aéreo via drones y asesinato del funcionario y dirigente iraní en Bagdad; ataque con misiles a bases militares norteamericanas en Irak. La posibilidad de una reacción mayor como hipótesis futura si bien no es descartada, tiene algunos frenos: el principal es la reacción de los aliados de EE.UU. que no ven con buenos ojos las acciones sin sentido de la gestión Trump. Los miembros de la OTAN apuestan a una resolución diplomática antes que militar, tal el caso de Alemania y Francia, Inglaterra prestaría  apoyo condicional. Turquía el socio díscolo tiene serios motivos para mantenerse al margen, embarcado en una ofensiva contra los kurdos fue frenado por los sirios y no está en condiciones de confrontar con un rival como Irán, que a su vez tiene buenas relaciones con Rusia. Putin, que viene de sendas reuniones con el presidente turco Erdogan y con el sirio Asad, se convirtió en un actor central geoestratégico y logró establecer un área de influencia muy visible en eje con Siria e Irán, mientras que Irak sacudida por fuertes movilizaciones no va a prestar su territorio como campo de batalla ni base material para el ejército de Estados Unidos, es más el Parlamento iraquí solicitó la salida de las tropas del país. Así las cosas en la región solo Israel y Arabia Saudí aparecen como aliados fieles, lo que es poco para la intención de Washington. En un segundo plano sin injerencia directa pero jugando en papel de moderador y con intención de ampliar sus inversiones China apela a un acuerdo en paz. Nadie en la región quiere avivar un nuevo conflicto: Siria termina de salir de una guerra de casi una década, y que involucró a Irak. En Yemen aún se vive una guerra civil que tiene las características de un genocidio por parte de los saudíes que buscan eliminar a la oposición chiita, enemiga acérrima del autocrático gobierno árabe de origen sunnita.

Trump puso paños fríos y apela a sanciones económicas: bloqueo, como ya lo hizo con el propio Irán, lo hace con Venezuela y Cuba, miembros de lo que denomina el “eje del mal” junto a Corea del Norte. Las bravuconadas del presidente no aportan nada sustancioso al momento: decir que ellos derrotaron al Estado Islámico ni siquiera merece consideración, o el alarde de sus misiles “hipersónicos” que sonó como el petulante que quiere mostrar su juguete nuevo, pero que en estos conflictos son tan inútiles como inaplicables. El Pentágono parece olvidar la amarga experiencia en Vietnam donde toda la parafernalia militar y los miles de millones de dólares no sirvieron para derrotar la estrategia básica de la guerra de liberación que llevó adelante el vietcong y Vietnam del Norte.

La soledad política de Estados Unidos o del presidente Trump, más específicamente, ya que internamente la oposición demócrata no apoyó esta escalada y en un contexto interno donde se apresta a enfrentar el pedido de juicio político o “impeachment” y el año electoral donde juega su reelección, lo que hace aparecer esta situación como una jugada política para posicionarse ante el electorado, condiciona y limita la apuesta militarista. Factores que por ahora han enfriado en un mundo demasiado recalentado, la opción bélica inmediata, que hoy no es poca cosa.