Duendes, aparecidos y demás yerbas en un libro que refleja leyendas salteñas

La ciudad de Salta vista desde el cerro San Bernardo.

“Casi verdades”, de Gustavo Wierna, recolecta una serie de historias populares de la provincia.

Anda dando vueltas por las librerías salteñas la reedición de “Casi verdades” (2011), de Gustavo Alberto Wierna. Se trata de un compilado de textos basados en “duendes, aparecidos y demás yerbas” de Salta.

Wierna toma y actualiza historias que viven en Salta desde siempre, que se transmitieron de generación en generación de manera oral y anónima, con infinitas variaciones según quién relatara.

Como aseguró Santiago Sylvester en “La identidad como problema”, la transmisión oral tiene como característica la adaptación de un asunto a otro, el anonimato del autor y un registro que tiende a formar parte más de las creencias que de la historia.

Sylvester también consideró que “al no tener autor conocido” estas historias son de quienes las usan. En este caso, le pertenecen a Wierna, aunque la influencia de César Perdiguero se percibe en todo el libro de manera explícita. Wierna toma el “de noche, a veces…” característico del viejo poeta para comenzar algunas historias que podrían haber sucedido o no. “Casi verdades” bebe de leyendas populares de Salta para construir un mapa que también muestra cómo somos.

A veces para asustar, a veces para adoctrinar, entretener o simplemente para mandar a los chicos a dormir la siesta, las historias que recoge Wierna tienen como característica común que son incomprobables y probablemente nunca haya alguien que pueda verificarlas. Pero sabemos, en tiempos de posverdad, que no hacen falta evidencias para aceptar una historia, sólo hay que tener ganas de creer. Y el de Salta es un pueblo de mucha fe.

“Ante cualquier hecho al cual no encontramos una explicación lógica, o que se fundamente en una base científica, ya sea por desconocimiento o porque realmente no la tiene, es entonces que el hombre atribuye tales sucesos a cuestiones sobrenaturales, encontrando de esa manera la comprensión a lo que a primera vista sería incomprensible”, explica Wierna en la introducción del libro.

El autor agrega que “Casi verdades” mezcla “una serie de hechos que son históricos y verídicos, otros no lo son tanto, el lector podrá caer o no en la trampa que este intento literario propone. Cualquiera sea su conclusión final estará bien”.

La mulánima, las curanderas, el Duende de Tacuil, la Salamanca, el Duende de la Higuera, el Lobizón, “cosas extrañas en el Río Vaqueros”, la Juana Figueroa, el Ucumar, y, por supuesto, el 15 de septiembre, forman parte del libro. Un compendio de personajes y narraciones que, a decir de Wierna, “forman parte de nuestras raíces y que por ningún motivo debemos permitir que se pierdan en la nebulosa del olvido”.

El Cerro San Bernardo – Por Gustavo Wierna

A veces, cuando yo era bien chango, las viejas de aquellos años contaban que el cerro San Bernardo era un gran volcán de agua hirviendo que alguna vez iba a reventar y que la catástrofe sería tan grande que sólo se la podría comparar con el terremoto que sepultó a la ciudad de Esteco, cerquita de Metán.

La pucha que metían miedo esas viejas chusmas.

-Dejen de andar en la calle a la hora de la siesta, no vaya a ser que el cerro esto… y lo otro…
-Dejen ya de pelotear en la vereda a la noche, ¿qué no escuchan el hervor del agua en el cerro?

¡¡¡Huy la miesca!!! Se nos ponía la piel de gallina.

Y con los changos nos sentábamos en el cordón de la vereda, afinando el oído a ver quién escuchaba primero el hervor del agua… el silencio se podía palpar… sólo lo interrumpía, de vez en cuando, el silbato del cana que pasaba por la esquina, o los golpes de las herraduras del caballo del coche de plaza que iba para el lado de la estación… y después el silencio volvía… más hondo todavía, llegaba como un viento raro, que hasta parecía mover el farol de Necochea y Zuviría; entonces los changos se ponían más atentos…

-Escuchá…-decía Julito Moreno, que era el más grande.
-Yo me voy -exclamaba Marcelino Clemente.
-No seas caguila -le decíamos con Ricardo, el hermano menor de Julio… y en esas cuestiones andábamos, hasta que en algún momento escuchábamos el ruido del agua, y como solíamos decir por aquellos días, se nos helaba el cebo, y con mucho disimulo cada uno se la tomaba para su casa.

Era cosa de todas las noches quedarse un rato después de jugar, sentarse en la vereda a escuchar el sonido del cerro, y a medida que pasaba el tiempo cada vez se lo sentía más fuerte… y por supuesto nuestra infantil imaginación hacía de las suyas.

Una tarde mi padre me llevó con él. Tenía que ver a un amigo que trabajaba en Agua y Energía… el ingeniero Roberto Beltrán creo que se llamaba… nos fuimos en el autito, un NSU color café con leche. Recuerdo que a medida que nos acercábamos a la usina, que estaba en España y Juramento, comenzó a sentirse el ruido del cerro… cada vez más fuerte y estrepitoso, si me parecía que se movía todo… la pucha, acá se termina lo que se daba, pensé…

-Volvamos a la casa, papá…
-No, si ya llegamos, ¿qué te pasa?
-No, nada.
¡¡Ay!! Qué desesperación que tenía. Cuando el autito paró y bajamos en la usina pregunté…
-¿Papá, ese es el ruido del cerro?
-No, qué cerro ni ocho cuartos, son los motores de la usina…

En ese momento me sentí vivo…