Domingo Sarmiento | El civilizado y el bárbaro

Hoy es el aniversario de la muerte del sanjuanino que a pesar de las visiones cándidas de revistas tipo Billiken, se caracterizó por buscar la civilización recurriendo a la barbarie. (D.A.)

En su honor se celebra el Día del Maestro y por ello mismo hoy no hay clases. El feriado se encadena con los correspondientes a las fiestas del milagro con lo cual, nuestros estudiantes, seguramente estarán felices de no emular a Domingo Sarmiento quien según el mito historiográfico nunca faltaba a la escuela.

Pero detengámonos en Sarmiento que como muchos otros hombres de nuestra historia, fueron merecedores de esas biográficas cándidas de revistas tipo Billiken. La realidad fue mucho más descarnada que la presente en esos textos infantiles porque aun cuando el impulso del sanjuanino a la educación, las ciencias, los libros y a la consolidación de Estado Moderno es innegable; no es menos cierto que su rol en las guerras civiles argentinas lo volvieron la personalización de ese dicho que asegura que los hombres son capaces de todo: de lo mejor, pero también de lo peor.

Es el lado oscuro de un Sarmiento que fue brutal a partir, paradójicamente, de una elaboración intelectual a la que definió como “Civilización o Barbarie”.  A esta última la asociaba a la naturaleza que para él era siempre inerte a diferencia de la cultura a la que hacía residir en las ciudades. Una dicotomía que desarrolló aún más porque convencido como estaba que la geografía determinaba la condición humana, desde joven desarrolló la certeza de que el gaucho y el indio que habitaban la ruralidad podían aprovecharse de la naturaleza, conocerla y hasta enfrentarse exitosamente contra ella pero nunca la transformaría porque ello era una condición exclusiva de los habitantes de la ciudad.

Y así, la trama que caracterizara su vida se fue forjando: si este país quería progresar, la ciudad debía imponerse sobre el campo; Buenos Aires sobre el interior; el blanco sobre el indio; el militar de formación europea sobre el caudillo federal. Para Sarmiento se trataba de ser o no ser salvajes y esa inclinación a lo absoluto lo privó de abrazar el concepto de superación que siempre encierra la noción de que el cambio depende del empuje de lo que se considera deseable, pero recuperando lo mejor de aquello que se quiere dejar atrás. Sarmiento no desconocía esas nociones de superación. Era lo suficientemente brillante para saber que esas teorías estaban allí listas para ser usadas, aunque nadie podía convencerlo de una síntesis que pudiera superar el antagonismo sarmientino que hoy en día se reproducen con las categorías democracia – populismo y antes con peronismo – antiperonismo.

Pero volvamos a Sarmiento para enfatizar que para él las categorías “civilización” y “barbarie” eran conceptos excluyentes: o triunfaba la civilización o triunfaba la barbarie. Esa radical elección política ayudó a parir su libro más memorable: el “Facundo”, una mezcla genial de historia, novela, biografía y panfleto que en lo central fue escrito para animalizar a los gauchos federales a los que aborrecía y al exponente máximo de ellos: Facundo Quiroga, el hombre que se oponía al dominio de las ciudades pro-europeas. Por eso mismo Sarmiento lo describe casi como a un hombre lobo: estatura baja y fornida; espaldas anchas; cuello corto y cabeza bien formada; pelo espeso, negro y ensortijado; cara un poco ovalada y hundida en medio de un bosque de pelo; barba espesa, crespa y negra; ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas que según Sarmiento “causaban una sensación involuntaria de terror”.

A esos gauchos y sus caudillos, Sarmiento ayuda a exterminar para que sobre sus restos avance lo que él entendía por “progreso” a sangre y fuego. Una biografía escrita por Allison Bunkley aseguraba que el sanjuanino había concluido en el norte de África que era necesario combatir la barbarie con la barbarie. Un ejemplo tremendo viene a confirmarlo. Ocurrió cuando se anotició de que el último gran caudillo federal – el Chacho Peñaloza – había sido apresado y pasado por armas en La Rioja, tal como lo había ordenado el presidente Mitre y el propio Sarmiento como gobernador de San Juan.

Finalmente los hombres del “partido de la civilización” que respondían a los intereses portuarios, dan con el Chacho para acribillarlo a balazos primero, decapitarlo después y exponer su cabeza en la plaza de Olta para escarmiento de aquellos que seguían pensando en resistir los embates de Buenos Aires. Los unitarios celebran el brutal asesinato y Sarmiento se suma a las celebraciones y deja registro de ello cuando el 18 de noviembre de 1863 le dirige a Bartolomé Mitre una carta en la que escribe cosas como las que siguen: “No sé lo que pensará de la ejecución del Chacho. Yo he aplaudido la medida precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a ese inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se hubieran aquietado”.

Pronto Sarmiento partiría a EEUU como embajador. De allí retornaría al país para asumir la presidencia en 1868. Con sus medidas se granjeó con justicia la fama del gran educador aunque su proyecto era siempre el de posibilitar el progreso al que asoció a los terratenientes a los que ayudó a consolidar su fortuna. Murió en Paraguay un 11 de septiembre desencantado con esa clase social que finalmente se parecía poco a los pujantes pioneros del oeste norteamericano cuya historia Sarmiento conocía muy bien. El progreso yanqui era interpretado por él como una empresa capitalista que arrasó a los indios para forjar un país; mientras el progreso argentino era uno que aniquiló a gauchos e indios para engrandecer la gran finca personal.