Independientemente de los razonamientos del gobernador, la medida golpea la estrategia de Sergio Leavy, amenaza con sacar de juego a Javier David y Miguel Isa y posibilita afianzar la candidatura de un Yarade convencido de los límites de Gustavo Sáenz como candidato. (Daniel Avalos)

Evitemos los rodeos para ir al grano: los jefes políticos de la provincia posibilitan, con el desdoblamiento de las elecciones, que Fernando Yarade tenga más tiempo para acondicionar el terreno de su candidatura a gobernador. Hablamos de los “jefes”, esos que como Juan Manuel Urtubey, Juan Carlos Romero y el banquero Jorge Brito, se parecen a jeques árabes que conviven en sus respectivas “carpas” con un selecto grupo de “carperos” con quienes discuten los pasos a seguir, aunque finalmente sean los jeques quienes deciden el rumbo sin esperar el guiño de algún superior.

Entre ellos dos certezas se imponen: la primera es que, ante el descalabro de la matriz productiva del país, el incremento del desempleo y la pobreza, la fenomenal deuda nacional y un país atado sólo a los ingresos que pueda generar el campo, coloca en situación de vulnerabilidad no buscada a las provincias. Ante semejante diagnóstico, el Círculo Rojo ha concluido que los tiempos exigen como gobernador a un administrador experto que pueda presumir de logros concretos.

La “carpa” posa entonces sus ojos en Fernando Yarade. Romero dirá que el “Flaco” fue pieza clave del proceso de “transformación” que él encabezó en los 90; Brito, que los servicios profesionales que el actual Jefe de Gabinete prestó en sus millonarias inversiones estuvieron bien hechos; y Urtubey admitirá que el elegido emprolijó las cuentas provinciales que Carlos Parodi se encargó de desaguisar cuando el propio Urtubey le encomendó la administración provincial. Poco importa que los ciudadanos de a pie escupamos un torrente de obscenidades contra ese Poder que elije antes que nosotros; ese Poder está seguro de que nada es posible por fuera de ese Poder y que ellos saben bien qué es lo que provincia necesita.

Yarade y su propio equipo, mientras tanto, empezaron a transitar la candidatura como suele hacerse cuando el candidato no es del todo conocido: recurriendo a los clásicos actores de la política provincial. Los intendentes son actores principales en esta provincia. Son ellos los que ya concluyeron que en tiempos de incertidumbre como los que vive el país y la provincia, conviene aferrarse a lo conocido. Eso es lo que varios Focus Group van mostrando también en Salta: quienes desean un cambio admiten que pueden patear el deseo para más adelante si identifican la posibilidad de conservar lo mucho o poco que tienen. Esos estudios provinciales fueron ahora corroborados empíricamente por las elecciones en seis provincias que evidenciaron que las pasiones “agrietadas” podrán ponerse en juego con las presidenciales, pero no necesariamente cuando deba definirse la suerte de la patria chica.

A ese coto particular llamado provincia, Yarade quiere llegarle con un programa de gobierno por ahora imposible de detallar, aunque sí empiezan a ventilarse algunos ejes del mismo en las reuniones de equipos técnicos. El objetivo estratégico es simple de verbalizar: activar el mercado interno provincial y para ello creen necesario ejecutar combinadamente los siguientes movimientos: erradicar la amenaza de despidos en la administración pública; socorrer a comerciantes y hoteleros con apoyos crediticios del Estado y un fuerte impulso al Turismo; un ambicioso Plan de Viviendas que dinamice distintos sectores productivos absorbiendo mano de obra; replicar en Salta lo que José de la Sota implementó en Córdoba con el nombre de “Plan mi Primer Empleo” y que en lo central supuso articular esfuerzos privados y públicos para subsidiar el ingreso al mercado laboral de jóvenes a partir de los 18 años; y eximir de tributos a los grandes capitales que decidan invertir en la provincia. Los optimistas del sector están seguros de poder llevarlo adelante no por puro voluntarismo, sino por la vialidad política que garantiza el acuerdo Urtubey – Romero, la experiencia del propio Yarade y los contactos de este último con grandes actores que posibiliten el financiamiento del programa.

Fernando Yarade, en definitiva, quiere corporizar la idea de que sabe qué tiene que hacer y cómo debe hacerlo. Ya convenció a los habitantes de las “carpas”; pero evidentemente estos anduvieron preguntándose si la gente logrará conocer al Yarade que ellos quieren que conozcan. No se trata de una cuestión menor. Saben que la formación técnica que tanto le destacan al Jefe de Gabinete lo llevó a transitar sin resbalones los lustrosos mosaicos del congreso nacional, grandes empresas o del Grand Bourg, aunque saben también que tales escenarios no suelen ser el telón de fondo de las épicas batallas electorales. De allí que los hombres de las “carpas”, que por vocación pragmática siempre evitan comprar ilusiones, seguramente evaluaron que necesitan un contacto más físico entre candidato y electorado. Tienen dinero para hacerlo, pero les falta tiempo.

El desdoblamiento permite entonces, en los hechos, afianzar esa candidatura en términos ciudadanos y palaciegos: lo primero supone el desafío de que una figura corporice aspiraciones colectivas; lo segundo, la articulación de un frente político mucho más amplio que permita al candidato visitar los rincones más periféricos de la provincia. Pero ello no es todo. El desdoblamiento también ayuda a descongestionar el camino del candidato. Sergio Leavy, por ejemplo, no podrá potenciar su candidatura con la figura de Cristina Kirchner, cosa que sí lo permitía una elección unificada. El “inconveniente” se multiplicó por una rareza que muestran las encuestas: la intención de votos del tartagalense no supera el dígito, mientas la expresidenta supera los 30 puntos en Salta. La rareza solo puede explicarse por la timidez con la que Leavy asoció su figura a CFK. Si ello obedeció a especulaciones o errores de cálculo en el manejo de los tiempos políticos es algo que ya importa poco. El nuevo escenario mostrará al tartagalense que, en política, los aciertos se evaporan rápido y los errores se pagan siempre.

La medida, inclusive, volverá estéril cualquier esfuerzo de un Javier David al que sólo parecen quedarle tres caminos: subordinarse al plan del conjunto, un andar solitario o una alianza a las apuradas con otros candidatos; lo segundo y lo tercero lo acercarán peligrosamente a la posibilidad de una derrota heroica. No muy distinta es la situación del otro hombre del oficialismo: Miguel Isa, el vicegobernador que aspiraba a convertirse en el ungido gracias a la sentencia de las “encuestas” que necesariamente debían ponerlo por encima de Yarade por su condición de más conocido, aunque ahora el “desdoblamiento” le indica dos cosas: no es el preferido de las carpas y la dilatación de las definiciones juegan a favor de quien sí lo es.

Distinta es la situación de Alfredo Olmedo: con un nivel de conocimiento alto en la provincia, recursos propios que le otorgan cierta autonomía y un ego a prueba de verdades irrefutables; el sojero podrá sostener su candidatura si así lo desea. Difícilmente se trate de algo que incomode al equipo de un Yarade que, con raciocinio de contadores, concluyen que tal candidatura supone un problema matemático para la figura a la que ya eligieron como adversario: Gustavo Sáenz. Tiene sentido. En el equipo del Jefe de Gabinete, cada vez se convencen más de que el poder territorial del Intendente se reduce a la Capital e intendencias del área metropolitana, pero no al resto del interior donde la crisis empantanó los armados hasta tanto decida si carga o no con la mochila de un Macri que arrastró al fracaso hasta a aquellos que creyeron que podrían escapar a la maldición disputando elecciones desdobladas.

A ello se le suman cuestiones más domésticas: los yerros en obras públicas exageradamente publicitadas y que las lluvias se encargaron de desprestigiar; el uso constante de un enunciado político de tipo meteorológico que atribuye a las supuestas plegarias de los adversarios políticos las desgracias climatológicas; sin olvidar los procedimientos judiciales que involucran al municipio en maniobras asociadas con la desprolijidad y las sospechas de corrupción que – propios y extraños – empiezan a encarpetar para ser usadas cuando lo crean conveniente.