CUARTO en Plaza de Mayo | Quisiera que esto dure para siempre

Foto: Néstor Grassi - Perfil.

La fiesta por la asunción de Alberto Fernández fue un encuentro multitudinario y extenso que recordó épicas pasadas.

En el tren, en el subte y en las calles se extendía el canto por Alberto presidente, el resumen de la alegría que inundaba a los miles de manifestantes que se acercaron al centro porteño este martes para celebrar al nuevo gobierno.

La gente se agolpaba en la Plaza de Mayo a pesar del intenso calor que llegó a superar los 36 grados, con el sol castigando desde temprano. Después de la asunción en el Congreso, la fiesta empezó en los alrededores de la Casa Rosada. Ya sin rejas, la plaza mostró una masa homogenea que se extendía a las calles y avenidas adyacentes.

A medida que avanzaban las horas la cantidad de personas que llegaban a la plaza a la salida de sus trabajos era cada vez mayor. El calor no era excusa. Los choripanes eran el menú obligado, casi una revancha. La cerveza era la bebida preferida de los jóvenes, que eran muchísimos, dentro de una masa de gente que no se quedaba en una sola franja etaria. Había adolescentes, veinteañeros, también adultos, niños y hasta viejos que quizás hayan estado en la Plaza en otros momentos históricos del país.

La intensidad y la enorme cantidad de gente que cirulaba casi a presión por la plaza remitía a momentos de algarabía y esperanzas similares. Todos los que alguna vez vivieron o leyeron sobre la asunción de Héctor Cámpora en 1973 habrán pensado que se trataba de una situación similar, aunque sin el calor (Cámpora asumió en mayo, como Néstor).

Los conciertos en un escenario colocado en el extremo más cercano a la Casa Rosada comenzaron poco antes de las dos de la tarde. Por allí pasaron artistas de todas las épocas y de géneros variados, con el rock como principal protagonista. Quizás haya faltado más folclore, sólo representado por el jujeño Bruno Arias.

El estribillo de «Un día perfecto», de Estelares, retumbaba en todos los rincones del centro porteño, resumía la sensación que avanzaba en el aire. Litto Nebbia fue recibido como el maestro e ídolo del nuevo presidente. Juanse hizo bailar de manera irónica con el «Rock del gato», una doble lectura macrista inevitable. Luego levantó a todos con «Para siempre», la canción que pide eternizar un instante. No fue desacertada la elección del tema.

Con la luna en el cielo y «Deja vu» de Cerati sonando, Alberto y Cristina salieron al escenario. El mensaje musical no era casualidad. Esto ya se había visto. Era un reencuentro esperado. La devoción fue notoria para la ex presidenta, que habló primero y con mayor énfasis. Alberto cerró la tarde con un discurso de ideas similares al que había brindado en el Congreso. Luego, mientras sonaba «Ji ji ji» de Los Redondos, los fuegos artificiales dominaron el cielo donde antes había brillado el sol e iluminaron a una aglomeración que se dispersó y se llevó los cantos a distintos puntos de la ciudad.