viernes 27 de enero de 2023
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CUARTO en los festejos por la Selección | Un infierno encantador que jamás será olvidado

La celebración reunió a millones de personas que estuvieron en paz durante todo el día. No ver a los jugadores no importó. La alegría fue desbordante, sin incidentes.

«No aprendemos más», decía un hombre en una calle de Buenos Aires, al atardecer del martes, cuando el grueso de los festejos por el Mundial ya había terminado. Se refería al hincha que se tiró desde un puente hacia el colectivo de la Selección y cayó al vacío, por suerte sin consecuencias fatales. Era una frase hecha que resumía un sentimiento generalizado que también es falso. Porque ayer unas cinco millones de personas convivieron y celebraron en paz, sin incidentes graves que no se pueden sintetizar en la estupidez de uno solo.

Lo que se vivió este martes jamás será olvidado. Fue una fiesta popular que nunca se empañó, con un clima de alegría generalizada constante que no se tradujo en conflictos.

El centro de la Ciudad de Buenos Aires se vio invadida por vecinos, habitantes de localidades cercanas y argentinos de provincias lejanas que aprovecharon el feriado para viajar y llegar sobre la hora. Todos con la intención de celebrar el tercer campeonato del mundo, ver a la Selección, saludar a Messi y al resto del plantel y pasar un momento único.

La zona del Obelisco y la Plaza de Mayo, donde se especulaba que el equipo podía terminar su recorrido, estaba llena desde la mañana. El último día de la primavera era ideal: sol que pegaba con un viento que hacía agradable la jornada.

A medida que pasaban las horas, los colectivos, subtes y trenes llegaban al centro cargados de gente. También aparecían personas de a pie. Se caminó muchísimo. La mayoría vestía camisetas de la Selección, originales y truchas. De Messi, de Maradona, de Julián Álvarez o Di María.

A medida que pasaban las horas, el recorrido oficial que se había distribuido en los medios servía de mapa para poder ubicarse. La mayoría se instaló en el Obelisco, pero muchísimos también se instalaron en la Autopista 25 de Mayo y la General Paz. También en el Paseo del Bajo. Arterias que rodean a la ciudad por donde se suponía que debía pasar el colectivo con los campeones.

Pero muy pronto se supo que completar ese recorrido iba a ser muy difícil. El colectivo avanzaba lento. Pero jamás hubo frustración ni sentimiento de mala organización. La gente la pasaba bien. Tomaba agua, cerveza, fernet, vino en jarra como los propios jugadores. Los negocios de toda la ciudad estaban repletos de clientes. Los chinos, los kioscos, los bares y restaurantes. Se hacía fila para conseguir algo para comer y se aprovechaban los televisores de los comercios para informarse de lo que ocurría. Ni siquiera los canales podían decir algo con precisión. No importaba. Los hinchas comían sentados en la vereda, solos o en familia y seguían su jornada inolvidable.

Las banderas flameaban, las camisetas se agitaban y los cantos se repetían. Del «Dale campeón» peronista hasta «Muchachos» en versión coreada o grabada. En los balcones, los vecinos miraban. Una mujer les tiraba baldazos a un grupo de hinchas que recibían el agua como un alivio divino. Una película no podría filmar una escena tan perfecta.

Otros vecinos compartían sus mangueras mientras pasaban la tarde sentados en sillas playeras en la vereda, como si de repente Buenos Aires fuera un pueblo más de la Argentina y no una ciudad gigante repleta de personas.

Cuando se confirmó que la Selección no llegaría al centro, todos miraron hacia arriba y vieron los helicópteros con los jugadores. Al final, cuando la desconcentración comenzó, apareció la policía porteña de Horacio Rodríguez Larreta lista para reprimir, como siempre ocurre en todas las manifestaciones populares.

El saldo oficial muestra 31 heridos por los festejos. Diez fueron durante la represión policial que la televisión y los medios mostraron como un final que «empañó» la celebración, mientras políticos de la oposición aseguraban en las redes y en cualquier espacio que todo había sido una gran frustración. Nada de eso había pasado. Quizás los opositores sean de Francia. Allá sí estaban decepcionados.

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