lunes 6 de febrero de 2023
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Cuando Schiaretti y Urtubey fracasaron con el frente antigrieta que hoy quieren reeditar

Un capítulo del libro “El oficio del operador político en Salta” de Daniel Avalos detalla cómo la huida del cordobés en 2019 terminó deshilachando “Alternativa Federal”, el frente electoral con que el salteño pretendía disputar la presidencia.*

El anuncio que la semana pasada realizaran el mandatario de Córdoba y el exgobernador de Salta se parece a la segunda parte de una novela que hace cuatro años terminó mal. Como entonces, Schiaretti y Urtubey dicen estar cansados de la grieta y aspiran a seducir a las autoridades provinciales desencantadas con el Frente de Todos. También como entonces, los antiguos socios de “Alternativa Federal” aspiran que el lavagnismo se sume como la pata bonaerense del nuevo espacio. ¿La historia volverá a repetirse? Habrá que esperar. Por lo pronto, el extracto del libro de Daniel Avalos que a continuación publicamos dio cuenta de aquella frustrada experiencia que sepultó las chances presidenciales de un Urtubey que carecía de un equipo para sostener una empresa presidencial, como sí lo tuvieron Carlos Menem y Néstor Kirchner desde el peronismo.

(…) Urtubey nunca contó con un equipo semejante. Evidenciaba una enorme vocación de candidatura, pero no articulaba un grupo que trabajara orgánicamente para darle anclaje territorial a la misma, formateara una visión de país y reuniera dinero para solventar el todo. Para él se trataba de “huirle a lo viejo” en nombre de las “nuevas lógicas de la política”. El enunciado se parecía mucho a un velo que arropaba elegantemente sus dificultades para imprimir a su pensamiento un contenido ideológico y político que decidiese a una dirigencia nacional a trabajar en su nombre. Los políticos avezados se sorprendían de esa carencia. Un ejemplo personal puede servir a modo de ilustración. Fue transmitido por  Ángel Torres en un encuentro del 9 de noviembre del año 2018 en el Senado de la Nación. Nunca lo usé en una nota periodística porque no me la había confiado en calidad de fuente; aunque, a dos años del suceso, los plazos de la confidencialidad ya prescribieron. Allí contó que había participado de una cena en la Casa de Salta a la que había sido invitado por el equipo de campaña de Urtubey que, por supuesto, hacía de anfitrión. A Torres le había sorprendido la ausencia de dirigentes capaces de articular redes de apoyo. Del encuentro participaron figuras muy cercanas al gobernador, como Rodolfo Urtubey que era su hermano, el primo Dalmacio Mera –entonces senador nacional por Catamarca–, algunos otros cuyos nombres no recuerdo y el exgobernador jujeño, Eduardo Fellner, que hacía las veces de coordinador general. Torres dudaba de que un exmandatario políticamente desactivado y asociado a la vieja política pudiera hacer de operador de un precandidato presidencial. Tenía razón.

Síntesis: la carencia de un equipo deslizaba al salteño y a sus principales socios –el gobernador cordobés Juan Schiaretti, el senador Miguel Ángel Pichetto y el diputado Sergio Massa– a esperar que los planetas se alinearan para recibir el respaldo directo de los liderazgos estatales: la famosa Liga de Gobernadores peronistas. A veces parecía posible, pero la tendencia era clara: los mandatarios que antes habían coqueteado con el Peronismo Federal empezaban a escaparle a las fotos que pudieran visibilizarlos como parte del espacio. El proyecto agonizaba. Lo que ellos presentaban como un paso más en la consolidación de la “alternativa” era en realidad un intento desesperado por no morir.

La foto más esperada por quienes tenían alguna expectativa lo confirmaba. Se publicó el 27 de septiembre del año 2018 y mostraba a Urtubey, Schiaretti, Pichetto y Massa en una oficina de la Casa de Córdoba en Buenos Aires. Querían dejar en claro que eran parte de un proyecto –Alternativa Federal– aunque terminó mostrando un poco menos de lo mismo: dirigentes que contaban con los leales de siempre en sus respectivas provincias o espacios, preocupados por no descuidar el coto particular y con caras de desdichados al no generar una corriente de adhesión importante. Jaime Durand Barba lo resumió bien en una entrevista que compartió con Pichetto, quien soportó estoicamente la filosa evaluación del ecuatoriano: “Fue una foto muy pobre para la alternativa que ellos tienen. Una mesa muy aburrida con cuatro personas no motiva ninguna emoción y desde el punto de vista técnico es muy malo”.

La mala prognosis

Esa carencia fundamental se combinaba con la mala prognosis que mencionamos. Hablamos de esa cualidad que Ángel Torres definía como central en el trabajo de los operadores. Para los griegos, suponía contar con el conocimiento anticipado de algún hecho futuro, pero la definición del secretario personal de Juan Carlos Romero era más criolla: “Normalmente los operadores hacen prognosis. Le dicen al candidato o al funcionario para qué lado viene la bocha. Ese ha sido mi oficio. Tan mal no me debe haber ido para poder seguir asesorando o haciendo relaciones políticas no sólo con Romero sino con otros compañeros”.

La mala prognosis de Urtubey y Rodríguez fue creer que la grieta iría cediendo para dar lugar a una “ancha avenida del medio”. Los mencionados podrían defenderse señalando que es fácil identificar el error con el diario del lunes. Tendría sentido. Después de todo, para criticar una conducta hay que intentar ponerse en el exacto lugar en donde se produjo la misma, recoger todo lo que entonces se conocía y sobre todo aquello que no se conocía. No obstante, varios actores sabían o intuían que la grieta seguiría siendo el continente en el que se desplegarían los armados. Ángel Torres era uno de ellos, como ya veremos, pero también lo sabían los gobernadores peronistas que, en 2017 prometían impulsar al “peronismo federal” y en 2018 se desmarcaban y evitaban enemistarse con el kirchnerismo.

Los nubarrones sobre la precandidatura presidencial de Urtubey eran visibles. A mediados del año 2018, el escenario se parecía poco al que él y Rodríguez imaginaron cuando planearon la cruzada. A esa altura, ellos y algunos leales se asemejaban a “ilustrados” elegidos por la “Razón nacional” para encaminar al país hacia un futuro de concordia. Urtubey lo hacía invocando al pueblo, pero las mayorías ya se habían encuadrado en los bandos de la grieta y él carecía del equipo para modificar el contexto. Parecía no tener más remedio que denunciar a la “grieta” como una construcción de Cristina y Macri que les permitía mantener vigencia política y electoral.

La interpretación era demasiado reduccionista, pero evitemos sumergirnos en la suma de valores, costumbres, creencias, ritos, prejuicios y aficiones que conforman el carácter nacional y que puede explicar la misma. Conformémonos con resaltar que la grieta era un hecho y que las encuestas lo confirmaban: entre el 60% y el 70% de la población –según los sondeos– estaba convencida de que la suerte del país dependía de que el triunfo de Cristina o de Macri estuviera acompañado de la aniquilación electoral del otro. En ese marco, la teoría de los tres espacios carecía de potencialidad electoral para desgracia de un Urtubey que debía saber, además, que la heterogeneidad política del 30% o el 35% restante hacía difícil que una sola figura pudiera sintetizar las aspiraciones del conjunto. Ello parecía explicar la dificultad que manifestaban los presidenciables de ese espacio para encontrar las palabras y las ideas capaces de dar forma a las pasiones que anidaban en el sector. Lo padecía hasta el propio Urtubey que, acostumbrado a resolver bien sus participaciones mediáticas, comenzaba a protagonizar entrevistas en las que hacía un uso exagerado de palabras para decir poco.

La foto del 18 de septiembre podía interpretarse entonces como el intento desesperado de mantener con vida a un cuerpo condenado a morir. Los síntomas eran claros. Los sablazos dialécticos que entre 2016 y 2017 se dedicaron entre justicialistas ortodoxos y kirchneristas empezaban a ceder y la reconciliación asomaba. La tendencia comenzó con intendentes bonaerenses que siempre vieron en la popularidad de Cristina la posibilidad de mantener poder territorial; le siguieron sindicalistas como Hugo Moyano; luego diputados y referentes del massismo como Felipe Solá, Daniel Arroyo o Facundo Moyano, quienes hicieron suyo el reclamo por la unidad; y alcanzaba a figuras extrapartidarias como Pino Solanas, Juan Grabois o Victoria Donda, que aseguraban que cualquier ataque a la unidad de toda la oposición era ser funcional a Macri.

Cada pase político generaba asombros y titulares periodísticos, pero hubo un hecho que dejó a Alternativa Federal conectado a un respirador artificial. Ocurrió un mes después de la foto de Urtubey, Schiaretti, Pichetto y Massa: entre el 17 y 18 de octubre de 2018 en Tucumán. El gobernador Juan Manzur –que supo coquetear con el peronismo no “K”– montó un impresionante acto por el Día de la Lealtad del que estuvieron excluidos los kirchneristas para anunciar que iría por la reelección en su provincia. Un día después, el exgobernador y entonces senador José Alperovich comunicó que le disputaría la gobernación con el sello de Unión Ciudadana y el respaldo de Cristina Kirchner que allí, como en otras provincias, gozaba de una popularidad mayor a la media nacional.

Esa abierta declaración de guerra hizo posible lo que hasta entonces era improbable: la unificación del peronismo de cara a las elecciones del año próximo. Las razones eran fáciles de explicar: en la mayoría de las provincias gobernadas por justicialistas convivían los dos peronismos; en todas, el kirchnerismo contaba con Unidad Ciudadana como instrumento electoral; en todas, además, la popularidad de Cristina era importante; y en todas, finalmente, el macrismo mantenía la fuerza y los recursos propios de quien maneja el Estado nacional para imponerse electoralmente a un peronismo dividido. La combinación de factores inclinó a los gobernadores a concluir que el kirchnerismo podía no ganar en sus distritos, pero el armado de una lista “K” podía hacer perder a los mandatarios que buscaban ser reelegidos.

Alternativa Federal debió despedirse de la Liga de Gobernadores con la que soñaba. El kirchnerismo le arrebató la posibilidad poniendo en juego sus potencialidades electorales, deslizando a los gobernadores a discutir acuerdos que permitieran disputar la nación sin poner en riesgo la reelección de los mandatarios justicialistas. Ello se corroboró el 4 de febrero del año 2019. Ese día Alternativa Federal organizó un acto en Mar del Plata que se publicitó como el inicio de la campaña presidencial. Urtubey debió volver a Salta ante amenazas de que las lluvias volvieran a desbordar el Pilcomayo y repitieran los estragos que el año anterior habían provocado entre las comunidades indígenas. El acto se concretó y los discursos se repitieron: condena a la grieta y promesa de que el candidato presidencial saldría de unas PASO. No obstante, el dato era otro: participaron sólo dos gobernadores. Eran Juan Schiaretti, de Córdoba y Sergio Casas, de La Rioja, que ya sabían de la carta difundida por el mandatario tucumano, Juan Manzur, pidiendo un peronismo “con Cristina”.

La flaqueza del “tercer espacio” era evidente. La situación amenazaba incluso a Salta y el gobernador tomó nota y ensayó un movimiento defensivo: el 16 de abril del 2019 anunció que la provincia desdoblaría las elecciones. Las presidenciales tendrían sus PASO y generales en agosto y octubre; la elección a gobernador de Salta, en octubre y noviembre. Los argumentos radicaban en las complicaciones que generaría que un mismo día los salteños debieran votar con el sistema papel nacional y electrónico provincial. La verdad era solo una: el desarrollo de los acontecimientos y la popularidad de Cristina podían generar que arrastrara al candidato de Unidad Ciudadana hacia la gobernación.

No obstante, a Alternativa Federal le quedaba la última bala: las elecciones cordobesas de mayo de ese año. Era un hecho que Juan Schiaretti se impondría ante un macrismo divido, aunque el triunfo aplastante del cordobés impulsor del tercer espacio –54% de los votos contra el 17% del segundo y el 11% del tercero– suponía una bocanada de oxígeno para Alternativa Federal, aunque Schiaretti ordenó no hacer uso de la bala. Juan Pablo Rodríguez lo recuerda así: “Allí se acabó todo. Ese día recibí un llamado desde Córdoba. Me decían que Schiaretti pedía a los socios de Alternativa Federal que no volaran a acompañarlo en los festejos. Evidentemente había hecho algún acuerdo con Macri”.

El 18 de mayo vino la estocada final. Cristina Kirchner anunció con un video que quien encabezaría la fórmula sería Alberto Fernández. La decisión dejó a millones rascándose la cabeza como lo hacía Stan Laurel en “El gordo y el flaco” para representar el símbolo universal del desconcierto. El sorpresivo y efectivo movimiento subordinó al justicialismo receloso de “la señora” a la que ahora reivindicaban por la generosidad manifiesta de correrse al costado para posibilitar la unidad de la oposición.

Alternativa Federal se evaporó. El cordobés Schiaretti disfrazó la huida a finales de mayo con unos días de descanso tras su incursión por Buenos Aires, donde tropezó con los vaivenes de Lavagna; el nombre de Sergio Massa cada vez aparecía más vinculado a lo que luego se denominaría “Frente de Todos”: el 8 de ese mes los rumores cobraron fuerza y el día 11 –24 horas antes de la formalización de las coaliciones– anunció que él y el Frente Renovador apoyarían la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner; el mismo día, Miguel Ángel Pichetto confirmaba que sería el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri, que iría por la reelección.

Urtubey quedó literalmente solo. Personas como Juan Pablo Rodríguez se enteraron de la decisión de Pichetto mientras ultimaban detalles de un acto de campaña que el gobernador salteño compartiría con el propio Pichetto en González Catán, una localidad de La Matanza, provincia de Buenos Aires. Algunos de los “teloneros” le acercaban los trascendidos. Rodríguez decidió no perder tiempo, desenfundó su teléfono móvil, marcó el número correspondiente y preguntó. Desde el otro lado de la línea le confirmaron que sí, que el senador rionegrino que carecía de poder territorial alguno aceptaría la posibilidad de protagonismo nacional que le llegaba al final de su carrera. El fin del sueño presidencial de Urtubey tuvo lugar el 12 de junio sin gloria ni grandeza: anunció que sería el candidato a vicepresidente de Roberto Lavagna, el exministro de Economía que se parecía bastante a esos ancianos que saben mucho pero ya no pueden.

 

*El extracto publicado omite las notas al pie de página publicadas entre las páginas 213 y 221 del libro “El oficio del operador político en Salta”, trabajo que reconstruye el recorrido político de Ángel Torres y Juan Pablo Rodríguez.

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