En el libro “Un escritor de frontera”, el salteño Héctor Tizón recordó cuando el maestro estuvo en la localidad jujeña. 

En el libro “Un escritor de frontera” (2018, Editorial Mil Botellas) se compilan diferentes ensayos y textos del salteño Héctor Tizón (1929 – 2012), quien hizo de Jujuy su lugar en el mundo. Uno de ellos se titula “Borges en Yala” y es el reflejo del paso del maestro por la casa del escritor. A continuación, reproducimos el texto:

Mi recuerdo personal de Borges se afianza en tres episodios no conjeturales: el primero cuando, siendo estudiante en La Plata, un viejo librero me recomendó un breve libro (¿de tapas grises?) diciéndome que debía leerlo y que “por ahora” nadie lo leía y que él tenía tres ejemplares. El segundo, cuando asistió, con su madre como lazarillo, a un bochornoso cóctel en la Cancillería -siendo yo un lamentable funcionario-, en ocasión de asumir como director de Relaciones Culturales el poeta Bernárdez. Y el tercero, en mi casa de Yala, cuando su visita a Jujuy, un hecho insólito y absolutamente extraordinario. Andaba yo por los veinte y pico o quizás un poco más y mi viejo amigo Petit de Murat me había propuesto fabricar un guión para el cine sobre Güemes, a lo que me negué con vehemencia principista, de la cual ahora me arrepiento, como de tantas otras posturas.
Después de su conferencia en el auditorium del Colegio Nacional, cargamos al maestro en nuestro automóvil y fuimos a Yala. Se apeó en el portal y desde allí lo conduje adentro. Me dijo: “¿Hay un arroyo aquí, que oigo el rumor del agua?”. Dije que sí, que estábamos atravesando la tapadera de un arroyo en el frente de mi casa. Después, adentro, quiso estar de pie durante la velada, poblada de vates y cronistas locales. Era imperturbable al ruido de la reunión, al trajín de los platos, de copas y de voces, aunque atento en apariencia, y amable ante las impertinencias y los homenajes unánimes. Yo estaba a su lado, ocupando mi sitio protocolar, un tanto anonadado y prácticamente en silencio, hasta que el maestro dijo: “¿Qué hacen por acá?”. Sorprendido pregunté a mi vez que cómo, él dijo: “No lo imagino”. Después comenzó a hablar de Eduardo Wilde, que bien podría ser boliviano (en su exilio anti rosista vivió en Bolivia).

Héctor Tizón. Foto: Pepe Mateos – Clarín.

A la altura de media docena de vinos me animé y comencé a contarle historias tan apócrifas como reales. Sobre todo la del doctor Vargas, un juez que aquí desempeñó su magistratura siendo ciego. Él pensó un rato y dijo: “Todo juez, en una comunidad pequeña, debe ser ciego, ¿verdad?”.
Nada sabía de este lugar, como nada sabíamos nosotros de la Patagonia, y sus conocimientos de indios, gauchos y cautivas se circunscribían a la frontera del Sur, de los ranqueles, del coronel Conesa o del general Roca. Latinoamérica era una paradoja inocente de Manuel Ugarte y de Gabriel del Mazo. Alguien le ofreció un chorizo y dijo que sí, aunque luego no lo comió.
Después, por joven, chambón y apresurado, continué refiriéndole historias de este lugar, por ejemplo la de aquel caballero inglés paralítico que llegaba a la estación ferroviaria a lomo de hombres a recibir el Times de Londres que le enviaban cada tres meses y que, de regreso a su casa, pasaba los atardeceres escuchando un solo disco en la vitrola. “¿Cuál?”, preguntó el maestro “¿No recuerda usted cuál?”. No, no lo recordaba. Después dijo: “¿Puedo robarle esta historia?”. Dije que sí, que se sirviera nomás, que de verdad no era mía.
El atardecer ya era de noche y el maestro debía regresar a la ciudad, al hotel y al avión.
Pero ahora había tomado asiento y uno de nuestros perros de entonces yacía a su lado, caprichoso y ajeno.
“El juez aquél”, dijo, cuando ya estaba en pie para irse, “¿estaba casado o era célibe, tenía parientes?”. “Los tendría”, dije. “Pero nunca los vio”. “Se guiaba entonces por la razón”, dijo el maestro. “Probablemente”, dije yo.
Después, mucho después, leí en una nota de sus páginas, no sé si anteriores o posteriores a Yala, que la razón es una especie de coartada que acaba endureciendo el corazón.