El Frente de Todos se impuso con números que aparecen como irremontables para octubre. Cinco escenas que explican el triunfo y confirman la estatura política de quien eligió quedar en un segundo plano para asegurar el triunfo. (Daniel Avalos)

Admitamos de entrada las características de este artículo: no hay aquí nada original, sólo nos dispusimos a canibalizar varios artículos escritos entre el 2017 y el 2019 para hilvanar un análisis que confirma la estatura política de una mujer que no resignó la condición de estratega capaz de acondicionar el terreno para que el espacio propio se impusiera al que ganó hace cuatro años.

Cristina Fernández de Kirchner fue la gran DT de este proceso. La encargada de evitar las improvisaciones, la responsable de que los capitanes y soldados elevaran al máximo sus rendimientos y de que todos se convirtieran en disciplinados atletas que aseguraran el éxito de un plan de operaciones que requería de ella escasa exposición, pero no el diseño de la estrategia. Para confirmarlo, repasemos algunas escenas del proceso.

Escena 1: La correcta lectura del campo de juego

Diagnosticó a mediados del año 2018 que la teoría de los tres espacios carecía de potencialidad política alguna, para desdicha íntima del por entonces autoproclamado “Alternativa Federal” que ya sabía que la heterogeneidad política del 30% o el 35% de la población que deseaba superar a la grieta, no podía sintetizarse en una sola figura. Era fácil confirmarlo: la dificultad que manifestaban los presidenciables de ese espacio para encontrar las palabras y las ideas capaces de darles forma a las pasiones que anidaban en ese sector. Lo padeció el propio Urtubey en el año 2018 al protagonizar entrevistas en donde hacía un uso exagerado de palabras para decir poco; condición que, combinada con el despliegue del peronismo vergonzante que practicaba con Sergio Massa y Miguel Ángel Pichetto, les dificultaba la llegada a la razón y a las emociones de los peronistas y de quienes no lo eran.

La imposibilidad de la emergencia de un tercer espacio no privaba a CFK de observar una sociedad claramente agrietada que dejaba en una situación de enorme vulnerabilidad al gobierno del 2020: sea el del propio Macri que ya no contaría con la tolerancia propia de las gestiones recién elegidas; sea el de la propia Cristina que sabía con descarnada precisión la existencia de sectores importantes que siguen echando espuma por la boca cuando sienten su nombre. Un triunfo electoral de la propia Cristina en esas condiciones, no garantizaba una gobernabilidad tranquila en el mejor de los casos, mientras en el peor podía representar lo que las crónicas de las antigua Grecia le atribuyeron al general Pirro de Epiro, 200 años antes de Jesucristo: “Una victoria de estas y estaremos perdidos”.

Escena 2: Los gobernadores, el talón de Aquiles presidencial

Todo peronista que se precie de tal, sabe que para llegar a la presidencia es preciso contar con una Liga de Gobernadores capaz de proveer al ungido de una llegada efectiva a los rincones más periféricos del territorio. Esa liga hasta fines del año 2018 coqueteaba con la ahora extinta “Alternativa Federal”. No había allí entusiasmo alguno con las figuras de ese espacio, pero la sola prescindencia de los gobernadores en la elección de hoy, hacía difícil garantizar un triunfo contundente de la propia Cristina. Entre otras cosas porque los nuevos gobernadores peronistas penaban por distinguirse del kirchnerismo y de la historia reciente del justicialismo, a la que asociaban con la caída de gobiernos de signo contrario como el de Fernando de la Rua en el año 2001 y que aún hoy se debate: el estallido como producto de una exclusiva revuelta popular, o el estallido como una combinación de descontento social y complot del peronismo bonaerense conducida entonces por Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf.

Por eso cuando estalló la corrida bancaria de abril y mayo del 2018, el gobierno de Macri expió sus culpas acusando al peronismo de una intencionalidad semejante a la del 2001. Interpretaciones que el kirchnerismo rebatía sin éxito recordando que el “movimiento” del 2018 en nada se parecía al del 2001, cuando conducía 18 provincias, controlaba el senado nacional y la Corte Suprema de Justicia, y Eduardo Duhalde denunciaba que la “convertibilidad” asfixiaba a la economía y proponía como alternativa un modelo que recuperara la actividad industrial en lo económico y devolviera al Estado cierto rol redistribuidor de la riqueza. Todos rasgos ausentes hace un año, cuando el peronismo solo controlaba ocho provincias, carecía de unidad en el parlamento, también de un “hombre o mujer fuerte” aceptado por todos e incluso de un programa claro y alternativo al del gobierno nacional.

Escena 3: La presión a los gobernadores

Esa maraña de malentendidos sinceros o malintencionados, explicaba la insistencia del peronismo territorial en apostar por un “colaboracionismo condicional” con la Casa Rosada, al punto de asemejarse a una versión edulcorada del propio Macri. No obstante, la debacle financiera de abril-mayo del 2018 y la propia popularidad de CFK en provincia de Buenos Aires empezó a generar que la grieta empezara a determinar los atisbos de la reconciliación. La tendencia comenzó con intendentes bonaerenses que siempre vieron en la popularidad de Cristina la posibilidad de mantener poder territorial; incluyó a sindicalistas como Hugo Moyano; siguió con diputados y referentes del massismo como Felipe Solá, Daniel Arroyo o Facundo Moyano; y alcanzó a figuras extrapartidarias como Pino Solanas, Juan Grabois o Victoria Donda

Cada pase político generaba asombros y titulares periodísticos, pero lo cierto es que el acontecimiento que consolidó la tendencia ocurrió entre el 17 y 18 de octubre de 2018, en Tucumán. Allí, el gobernador tucumano Juan Manzur – quien coqueteaba entonces con el peronismo no K – montó un impresionante acto del que estuvieron excluidos los kirchneristas para anunciar que iría por la reelección en esa provincia. Un día después, el exgobernador y actual senador – José Alperovich – anunció públicamente que le disputaría la gobernación con el sello de Unión Ciudadana y el respaldo de una Cristina que allí, como en otras provincias, gozaba de una popularidad mayor a la media nacional.

Esa abierta declaración de guerra hizo posible lo que hasta entonces era improbable: la unificación del peronismo. Las razones eran fáciles de explicar: en la mayoría de las provincias gobernadas por justicialistas convivían los dos peronismos; en todas, el kirchnerismo contaba con Unidad Ciudadana como instrumento electoral; en todas, la popularidad de Cristina era importante; y en todas el macrismo mantenía fuerza suficiente y recursos importantes para imponerse a un peronismo dividido. Esa combinación de factores sumada a la característica justicialista de escapar a las elucubraciones complicadas para apreciar y resolver lo fundamental, inclinó a los gobernadores a concluir que el kirchnerismo podía no ganarle en sus distritos, pero sí era capaz de hacerles perder las elecciones a quienes buscaban ser reelegidos. La principal consecuencia política fue la siguiente: Alternativa Federal se quedaba sin la Liga y deslizaba a los gobernadores a discutir acuerdos que permitieran disputar con éxito la nación, sin poner en riesgo la reelección de los mandatarios justicialistas.

Escena 4: La elección de los jugadores adecuados

La frutilla de postre ocurrió en mayo pasado, cuando Cristina anunció con un video que el que encabezaría la fórmula sería Alberto Fernández. La decisión nos dejó a muchos rascándonos la cabeza como lo hacía Stan Laurel en “El gordo y el flaco” para representar el símbolo universal del desconcierto. La jugada, no obstante, era tan sorpresiva como efectiva: empoderó a un Alberto que había renunciado a su gobierno cuando los varones del país agrario resistieron las retenciones, al tiempo que la tensión ponía en evidencia el rol decisivo de las corporaciones mediáticas en la puja político – económica del país.

En esa decisión subyacía la estatura política de esa mujer que era consciente de una diferencia crucial entre el 2003 y el 2020: cuando ella y Néstor llegaron al gobierno, el país había estallado y el objetivo era reconstruirlo recuperando el poder del Estado y subordinando la economía a la política; lo que se busca ahora es evitar que el país estalle fortaleciendo el mercado interno, incorporando a sectores excluidos por el macrismo y recuperando el rol articulador del Estado en medio de una coyuntura donde el peso de la deuda externa es enorme.

Alberto Fernández era la persona capaz de buscar apoyos extras y romper el techo bajo que siempre se le endilgaba a la expresidenta. Un Alberto que podía ir al encuentro del peronismo receloso de “esa mujer” y así proveer de musculatura política al futuro gobierno. Y es que el anuncio de Cristina estaba claramente destinado a la nueva generación de gobernadores peronistas y a la vieja guardia justicialista. Sectores que piden “corregir” el fervor con que el kirchnerismo retomó el folclor peronista; sectores que juran que lo deseable para el país es correrse más al centro; sectores que demandan modernizar el partido; sectores que resultaban clave para un armado que posibilite un triunfo electoral que recupere la presidencia sin ceder poder territorial.

Escena 5: La elección del juego, entre el bolsillo y el corazón

Ya con el campo de juego bien estudiado, los tibios encuadrados y los jugadores disciplinados; el partido empezó a desplegarse con dos estrategias claras que aquí podemos resumir del siguiente modo: Macri – Pichetto apostando al voto corazón, Fernández – Fernández recordándoles a los electores sus escuálidos bolsillos. Lo primero era el resultado lógico de viejas sentencias duranbarbianas: “El elector vota ante todo con el corazón. Siente antipatía o simpatía por el candidato. Le cae bien o le cae mal (…) la gente común, normalmente, no vota por alguien que le cae mal, a menos que satisfaga sus pasiones negativas. Esta es la realidad. Es un problema de sentimientos y los consultores profesionales saben que la antipatía no se supera con una buena promesa”.

El juego de los Fernández fue el lógico: interpelar a los votantes sobre el estado de sus bolsillos, convencidos de que cuando la tierra que uno pisa quema los pies, es difícil andar mirando las promesas que se inscriben en el cielo. El resultado ya lo sabemos: 10.309.663 votos para el Frente de Todos (47,27%) contra 7.050.627 sufragios de Juntos por el Cambio (32,33%) con el 85,97% de las mesas escrutadas. El primer tiempo del partido ha concluido con una ventaja cómoda. La estratega vilipendiada tantas veces, recorre ahora junto a sus compañeros el camino hacia los vestuarios. Allí andarán buscando un banco donde dejarse caer de espaldas para recuperar oxígeno, mientras calculan que en el segundo tiempo lo que corresponde es esperar que el adversario arremeta a lo loco y deje un flanco abierto que permita asestarle el golpe final.