En el libro “Mafalda: historia social y política”, la historiadora uruguaya Isabella Cosse asegura que el emblemático personaje “cuestionaba el mandato femenino” impuesto a mediados de la década del sesenta.

Mucha gente se sorprendió esta semana con la reacción de Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, el dibujante mendocino que se expresó a favor de los derechos de las mujeres y pidió que se dejara de utilizar a su personaje Mafalda para campañas anti aborto legal.

Seguramente, las personas que no daban crédito a esa postura hayan leído poco y nada la obra del artista. Es que era obvio que Mafalda, el personaje, no podía ir en contra de las libertades de las mujeres.

Un análisis más profundo sobre el alcance de la legendaria tira que Quino realizó desde 1964 hasta 1973 es el libro “Mafalda: historia social y política”, una investigación escrita por la historiadora uruguaya Isabella Cosse y publicado por Fondo de Cultura Económica en 2014.

Imposibilidades y frustraciones

Para Cosse, “el genio de Quino produjo una creación de inédita potencia”. La autora consideró que la tira Mafalda “ofreció una reflexión sobre lo humano, de orden filosófico y atemporal que, además, trabajó de forma productiva sobre fenómenos decisivos de los años sesenta” como el autoritarismo, las confrontaciones generacionales, las luchas feministas, la expansión de las clases medias y los cuestionamientos al orden familiar. Agregó que la historieta “encarnó las tensiones generacionales y de género que sacudían a la sociedad argentina y trabajó sobre las contradicciones -las imposibilidades y frustraciones- que enfrentaba la clase media ante la modernización social”.

Según la historiadora, que en 2010 publicó el libro “Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta”, el personaje de Mafalda, en términos de género, “jugaba con ciertas oscilaciones o ambigüedades andróginas”. “Ya en los bocetos iniciales -seguía Cosse-, Quino había imaginado una tira en la cual se veía a una niña con un gran martillo en plena construcción de una camita de muñecas, pero que, en realidad, ella pensaba utilizar como diván de psicoanalista. En las primeras tiras de la historieta en Primera Plana, la malicia, la picardía y el interés (y uso) por las ‘malas palabras’ de la ‘niña intelectualizada’ prefiguraban caracteres concebidos socialmente como masculinos. La ambigüedad podía observarse, también, en los trazos fisonómicos. Caras de disgusto, ceños fruncidos, ojos enojados y bocas en grito se oponían a las facciones dulcificadas, serenas y suaves que eran atribuidas socialmente a las niñas. Es decir, Mafalda asumía actitudes varoniles que habían determinado -y seguían haciéndolo- la construcción social de las diferencias de género. La niña/joven representaba, entonces, en sí misma las redefiniciones de género y las discusiones que ellas abrían”.

En otro pasaje del libro, Cosse definía a Mafalda como una niña que “revelaba la condición -inacabada, frustrante- del mundo de los adultos, así como la capacidad de los niños de dejarlos desamparados con sus desafíos y críticas”. Y agregaba: “Eso le sucedía a Raquel, la mamá de la ‘niña intelectualizada’, esposa y madre full time, que representaba el ideal de la mujer doméstica y maternal construido por las políticas, los saberes y los discursos de las elites intelectuales, el Estado y la Iglesia en las primeras décadas del siglo XX. Ese papel, que en las décadas previas había sido un símbolo de prosperidad y decencia de la familia, estaba modificándose aceleradamente. En términos estadísticos, el registro censal del trabajo femenino -con frecuencia subregistrado en las mediciones estadísticas- creció del 21,7% en 1947 al 24,8% en 1970 en el total de la población económicamente activa y en la capital pasó del 31% al 35%. Este crecimiento fue más notorio en los tramos etarios en los que las mujeres formaban pareja y tenían hijos; pasó del 25% al 33% entre las mujeres de 30 a 39 años”.

La mujer y el cambio en los 60

Para Cosse, “el cambio en la posición de la mujer se reflejaba, además, en su presencia en el sistema educativo”: “Más de dos tercios de las jóvenes de 20 a 24 años habían alcanzado la enseñanza secundaria y casi la mitad el nivel universitario o superior. En el plano cultural, la realización personal extradoméstica había comenzado a ser valorizada por los medios de comunicación modernizantes en el marco de un modelo de mujer ‘moderna’, independiente, ‘liberada’ que quedó asociada con las nuevas generaciones y el prestigio cultural de las carreras profesionales, intelectuales y artísticas”.

“Quino incorporó estas tensiones a la trama de su tira”, analizó la autora, quien agregó en el libro que “no casualmente, Mafalda cuestionaba el mandato femenino asumido por su madre y la hacía tomar conciencia de sus propias frustraciones”. “La oposición asumió una envergadura tal que organizó la identidad de la ‘niña intelectualizada’. Una de las primeras series de tiras encadenadas giró en torno al descubrimiento de que Raquel había abandonado los estudios universitarios. Primero, Mafalda argumentaba: ‘Si no te hubieraas casado, habrías terminado la carrera, y te habrías recibido y… tendrías un título, y serías ALGUIEN, y…’. Al llegar a ese punto, su voz era interrumpida por el llanto de la madre que expresaba su frustración. En esa escena, la lógica implacable de Mafalda desenmascaraba la esencia de la condición de la persona adulta, su madre”.

La historiadora concluyó que Mafalda, la tira, “ofreció una representación singular de las ansiedades y las contradicciones abiertas por la modernización como programa y como proceso histórico”.