Fue catalogada como la directora más importante de Latinoamérica y la BBC ubicó tres de sus películas entre las mejores 100 de la historia. Su compromiso con la lucha de las mujeres la vuelve una de las “peores de todas” de la casta salteñidad. (Daniel Avalos)

Hay que estar muy distraídos para no advertir cómo el mundo del cine destaca la figura y el arte de la salteña Lucrecia Martel. Algunos datos de este año 2019 lo pincelan: la BBC de Londres ubicó los films “La mujer sin cabeza” (2008); “Zama” (2017) y “La ciénaga” (2001) en la lista de las 100 mejores películas de la historia dirigidas por mujeres según el veredicto de un jurado integrado por 368 expertos; su película Zama ha sido nominada en ocho de festivales de cine: Venecia, Nueva York, Londres, Busan, Tokio, Toronto, La Habana y Sevilla; fue presidenta del Jurado del Festival de Cine de Venecia que – a su vez – la catalogó como la directora más importante de Latinoamérica.

Los ejemplos podrían multiplicarse para celebración de algunos y la furia de otros. Entre estos últimos se encuentran los miembros de una Salta senil que por estos días se revitaliza. Todos conocemos a los cruzados de una salteñidad que se irradia desde las usinas eclesiásticas y patricias para ir al encuentro de salteños a quienes transfieren pretéritos bagajes culturales que se presentan como propio de todos, aunque muchos salteños no reivindican un dios omnipresente, tampoco una Fe que aborte las preguntas y menos aún a los cruzados que aseguran que prefieren morir calcinados antes de ver cómo lo “ajeno” degenera lo salteño.

Como en otras dimensiones sociales, tal “salteñidad” cuenta con sus halcones y palomas. Los primeros buscan salirse con las suyas a como dé lugar y sin ceder nada; los segundos dicen entender los cambios que impone el paso del tiempo y percatándose de que su mundo puede desaparecer adoptan los cambios necesarios sin poner en peligro lo fundamental. Unos y otros, sin embargo, miran con recelo a Lucrecia Martel que con sus películas vino a correr el velo de esa salteñidad para dejar ver lo que muchos percibimos, aunque no todos podamos verbalizarlo con el refinamiento que Martel utiliza en sus películas de conflictos: que el mito de la salteñidad es funcional a clases que oprimen a los subordinados. Si ello la convertía ya en sospechosa de herejía para los castos salteños, el explícito apoyo de la cineasta al aborto legal durante el año 2018 la convirtió en blanco de un ninguneo oficial que apelando a los silencios y a los olvidos prefabricados, tiene por objeto mezquinarle en su tierra el reconocimiento que Martel cosecha en el mundo.

Es cierto que Lucrecia Martel es parte de un proceso colectivo en marcha que tiene a las mujeres como protagonistas excluyentes que le imprime características comunes a todas. Cuestiones evidentes que, sin embargo, no inhabilitan el hecho de que sus propios logros artísticos sirvieran para visibilizar más las demandas del conjunto. Por eso uno la siente como la mujer “del palo” más famosa de Salta a la que nos gustaría saludarla agitando las manos con la esperanza de que ella devuelva el saludo cuando parte a dar sus batallas culturales en nombre de quienes pueden no ser mayoría en términos numéricos en Salta, pero practican y difunden valores que empiezan a imponer modalidades que van camino a convertirse en hegemónicos entre la población de 16 y 35 años que no canoniza tradiciones, homilías, teorías, ni libros consagrados.

Mujeres que conforman un colectivo en el que cohabitan experiencias de vida, costumbres, creencias y valores múltiples; heterogeneidad indiferente a las moralinas extemporáneas y en donde los mandatos de la tradición son acusados de impedir el acceso a derechos de los que sí gozan los varones; multitud rebelde que incluyen a las protagonistas de la herejía mayor en una provincia rebosante de machos que se persignan ante el “desacato” con que las travestis marchan por las calles haciendo de su condición un espectáculo propio de las celebridades; multitud de la que también forman parte miles de católicos que reniegan de los arcaísmos y se esfuerzan por explicar que el dios terrible y vengativo de los puritanos no existe.

Es cierto que resulta difícil encontrar en ese proceso que avanza tumultuariamente una idea o una figura que sintetice los múltiples y complejos pliegos de esa realidad. Pero a riesgo de ser injustos, atrevámonos a ubicar en esa condición a Lucrecia Martel tal como ya lo hicimos en el año 2018: por su condición de mujer en una provincia que pretendiéndose cortesana trata de reducirlas a siluetas secundarias; por su origen familiar que nada tiene que ver con los pretéritos y aristocráticos blasones; por ser parte de una revolución comunicacional de la que participan la enorme mayoría de las adolescentes y jóvenes salteñas que se replantean todo a partir de las novedades técnicas y narrativas que posibilitan los nuevos descubrimientos; por poner su prestigio personal al servicio de una causa que la expone a los mordiscones de una salteñidad que le declara la guerra por considerarla dispuesta a premeditados y gozosos actos de sacrilegio.

Lucrecia Martel, en definitiva, representa bien a miles de salteñas que con un coraje desprovisto de cualquier alarde físico van una y otra vez al encuentro de un enemigo poderoso. A veces con manifestaciones que desbordan las calles, otras con acciones que reúnen un pequeño número de militantes que estoicamente enfrentan la adversidad sin ceder a las tentaciones de la autocompasión; y otras ametrallando con cartas públicas a quienes consideran al movimiento de mujeres como el símbolo de una cristiandad torcida. Por si todo esto fuera poco, resulta que a la valentía y a la inteligencia Martel le suma todo aquello que le es propio a quienes son sensibles a la belleza, conocen el arte y se apasionan por la historia. Cualidades que expertos cinematográficos de todo el mundo valoraron para catalogarla como la directora más importante de Latinoamérica durante el 2019.