Corría el año 1979 y la dictadura militar buscaba limpiar su pésima imagen internacional en materia de DDHH. En ese marco, aceptó alojar a refugiados del sudeste asiático en distintas provincias, incluida Salta.

Como una movida de limpieza de imagen, la dictadura militar creó, en 1979, el Programa de Refugio destinado a recibir a hombres, mujeres y niños del sudeste asiático. Fue implementado en respuesta a la convocatoria de las Naciones Unidas a los países miembros de acoger a personas desplazadas tras los conflictos bélicos en esa región.

En el caso de la Argentina, la decisión del gobierno de facto de aceptar a un contingente de personas refugiadas resultaba una situación propicia para difundir una imagen internacional que lo mostrase respetuoso de los derechos humanos, las diferencias raciales o religiosas. Para llevar adelante el proyecto se resolvió una coordinación conjunta del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (FCCAM) y la Dirección Nacional de Migraciones (DNM), según se detalla en el informe “Refugiados del sudeste asiático en la Argentina: 30 años de historia”, publicado por el Ministerio del Interior, en 2012.

Entre 1979 y 1980, alrededor de 300 familias llegaron desde el sudeste asiático. La Dirección General de Política Demográfica tenía a su cargo el seguimiento de estas familias. Su gestión de las cuestiones asociadas al asentamiento e inserción ocupacional y social, sin embargo, era limitada ya que excedía su capacidad y disponibilidad de recursos. En gran medida, debido al desconocimiento y oportunismo con el que se manejó el problema de los refugiados.

En agosto de 1979, el gobierno de Jorge Rafael Videla emitió el Decreto 2073, que regulaba las condiciones de admisión de los refugiados en el país y su implementación. El tiempo y los hechos demuestran que los militares se movieron con improvisación y desconocimiento.

Antes del mes de haber llegado al Centro de Recepción y Asistencia de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires, muchos de los refugiados eran derivados a distintos puntos del país para trabajar en el campo, sin haber tenido una instrucción necesaria en lo que se refiere al idioma y las pautas culturales de la sociedad a la que se estaban incorporando. Muchos no tenían experiencia en los trabajos agrícolas ni estaban habituados a la vida en el ámbito rural. Provenían de las ciudades y tenían formación administrativa, comercial o militar.

293 familias arribaron al país: 266 de Laos, 21 de Camboya y 6 de Vietnam. Se estima que fueron cerca de 1.270 las personas que se vieron “beneficiadas” por el programa de la dictadura. Las casi 300 familias fueron repartidas sin mucho interés a Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Río Negro, La Pampa, Mendoza, Jujuy, Misiones, Córdoba, Chaco, Capital Federal y Salta. Comenzaron a llegar a fines de 1979 y siguieron arribando hasta 1984.

A Salta también

A nuestra provincia llegaron quince familias en octubre de 1980. Fueron las primeras en arribar a suelo salteño. En marzo del 81, el gobierno envió otras quince. En julio de ese año vinieron 26 más. Dos meses después, en septiembre, nueve más. Además, un total de siete familias no fueron registradas al momento de su arribo, por lo que no se sabe cuándo comenzaron a vivir en Salta. En total, 72 familias refugiadas del sudeste asiático empezaron a familiarizarse con Güemes, el folclore y las empanadas. Muchas trabajaban en campos de tabaco.

¿Pero se familiarizaron? El informe del Ministerio asegura que las posibilidades de acceso al mercado de trabajo de los refugiados estuvieron sujetas, en gran medida, a la demanda privada, principalmente en el sector agropecuario. No quedaron muchas posibilidades de desarrollo con expectativas de una vida urbana a pesar de que muchos no eran agricultores ni estaban ligados a las actividades del sector agropecuario. A su vez, los que habían trabajado en el campo no estaban habituados a las condiciones laborales locales.

En un principio, el Estado prácticamente no intervino en la inserción de estas personas, y la oferta privada, que no era suficiente, terminó retrayéndose, entre otros factores, porque se generaron estereotipos negativos sobre esta población. Esta situación generó que gran parte de las familias se movilizaran a la Capital Federal, donde se produjeron una serie de reclamos y manifestaciones por las condiciones en las que se encontraban. Una parte importante de los problemas de trabajo fueron resueltos, finalmente, a través de los empleos públicos municipales.

Refugiados en democracia

En 1984, momento en que finaliza el programa, había en Argentina alrededor de 1.160 personas de la región del sudeste asiático. Se encontraban en unos pocos distritos: provincia de Buenos Aires (28%), Misiones (19%), Río Negro (14%) y Capital Federal (13%) eran los más importantes. Para ese año, de las 72 familias contabilizadas en Salta, quedaban menos de cien personas.

Con el correr de los años, la mayoría fue instalándose en Misiones, donde pudieron establecerse. El clima y la geografía de esa provincia mesopotámica ayudaron a que las familias asiáticas decidieran afincarse allí.

En el censo de 1991, en Salta vivía sólo un 4,9% de los refugiados, un mínimo porcentaje en comparación con otras provincias, como Misiones (33,6%), Buenos Aires (27,6%) o Río Negro (24,7%).

Diez años después, en 2001, en Salta sólo vivían un 1,6% de refugiados. Misiones (20,3%) continuaba en los puestos más altos, pero había sido desplazada por Buenos Aires (43,9%). El censo de 2010 no difundió sus datos.

El informe del Ministerio presenta casos puntuales que sirven de ejemplo para entender la travesía asiática dentro de nuestro país: uno de los refugiados cuenta que después del período de adaptación en Ezeiza, fue enviado con otras familias a un hogar de ancianos en Jujuy, donde realizaron la adaptación de un mes. Luego fue enviado a Salta. Después de trabajar en varios campos de tabaco, se mudó a General Güemes, y, de allí, viajó a Posadas, donde finalmente se instaló.

Refugiados y argentinos

Hasta hace unos cuatros años, la vida de los refugiados y sus descendientes locales parecía mucho más agradable, más de treinta años después de su llegada. La mayoría de los que se afincaron en nuestro país lograron adaptarse, formando familias con argentinos y teniendo hijos que nacieron aquí. Son varias las noticias de Misiones, La Pampa, Buenos Aires o la Patagonia, que han aparecido en los últimos años, retratando la adaptación.

El informe cita al filósofo Ernest Renan, quien aseguraba que la esencia de la Nación no está en que todos hablemos el mismo idioma, sino en la elección de los individuos por llevar una vida común, por aquellos que comparten un pasado y están dispuestos a crear un futuro.

La cita parece coincidir con lo que aseguraba uno de los refugiados entrevistados por el Ministerio: “Yo soy misionero de la tierra colorada. Tomo mate, tereré y ya hablo hasta guaraní (risas). Ya es como que nací acá”.