Los rasgos comunes de las tres celebraciones del Milagro son hijas de un rasgo de la religiosidad latinoamericana del siglo XVII: el empleo de los “milagros” como instrumento de evangelización. (D.A.)

Explicaciones alternativas al relato fundacional del Milagro en Salta son posibles desde el análisis de los métodos de evangelización en América Latina durante la colonia. Para ello debemos pedirle auxilio a la disciplina histórica que buscando respuestas que prescindan de las intervenciones sobrenaturales, intenta aproximarse a la conformación de una de las dimensiones culturales más importantes de las sociedades en general y salteña en particular.

Antes de entregarnos a ese ejercicio, conviene precisar que lo establecido en el caso salteño está dado por un relato que asocia el origen de las Fiestas del Milagro a varios milagros que salpicados en el tiempo se fueron encaminando al “milagro” mayor que es el que se rememora mañana, esta vez sin procesión.

El primero de esos “milagros” consistió en el arribo en 1592 al puerto del Callao – Perú – de los cajones que contenían las imágenes del Cristo Crucificado y una Virgen del Rosario. Nadie sabe qué ocurrió con la nave que los transportaba y allí radica el hecho sobrenatural acaecido por intervención divina, tal como se definen a los milagros. Sí se sabe que la Virgen tenía por destino final Córdoba y el Cristo, Salta. Cien años después, la secuencia milagrosa reaparece cuando los terremotos de septiembre de 1692 se atribuyen a la ira divina por la relajada moral de los salteños. Es entonces cuando en medio del pánico colectivo, milagrosamente, el cura jesuita José de Carrión escucha una voz que le aconseja rescatar la imagen del Cristo olvidado por el ingrato rebaño y venerarlo para atemperar el castigo divino. No menos milagroso resultó que la entonces imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción, hoy del Milagro, se mantuviera intacta en medio de la destrucción y que la leve sonrisa tallada y pintada en su rostro transmutara en gestos de súplica hacia la imagen de su poderoso Hijo a favor del escarmentado pueblo de Salta.

Finalmente, el milagro mayor: la quietud de la tierra en compensación por la renovada devoción del pueblo por medio de penitencias colectivas que incluía la procesión. Ese relato contiene además una certeza: la existencia de un pacto entre Dios y los salteños que renovándose año tras año pone al primero como garante de protección mientras a los segundos corresponde comprometer devociones públicas. Una alianza firme que, por supuesto, es celosamente administrada por una Iglesia auto facultada para resguardar los valores religiosos y culturales de una salteñidad que promueve una vida virtuosa clásicamente cristiana: la de salteños resignados ante lo establecido y en quienes no anidan rebeldías.

El otro Señor de los Milagros

No obstante, la idea de un pacto casi exclusivo entre Dios y un pueblo determinado se repiten en otros puntos del continente que poseen celebraciones similares e igual de multitudinarias que la salteña. En Perú, dos casos lo ilustran y muestran similitudes asombrosas en lo que al relato se refiere. Una de ellas es la celebración del Señor de los Milagros, la festividad más importante de ese país y cuyo origen se asocia a una imagen de Jesucristo pintada en una pared de adobe pincelada en 1651 por un esclavo angoleño en un santuario limeño. Pintura a la que luego se añadieron las imágenes de Dios Padre, la Virgen María y María Magdalena.

Como en Salta, el origen de la procesión en la que participan millones de peruanos a lo largo de ese país, está salpicado de milagros menores que se encaminan al mayor. El primero ocurre el 13 de noviembre de 1655 cuando un terremoto sacudió a Lima y el relato asegura que echó por el suelo a construcciones de todo tipo, pero no al débil muro de adobe con la pintura. La imagen empezó a congregar entonces a fieles que por ser mayoritariamente negros y provenientes de sectores populares despertaron el celo de un clero que sospechó que, tras la fachada católica, se escondían veneraciones a deidades prehispánicas o propias del África. Autoridades civiles y eclesiásticas decidieron entonces prohibir el peregrinaje y mandar a blanquear la imagen, cosa que nunca se hizo porque los encargados de ejecutar la orden aseguraban que al querer hacerlo misteriosas fuerzas se lo impedían.

Y entonces ocurrió lo que acá se conoce mucho: el 20 de octubre de 1687, sólo cinco años antes de los terremotos de Salta, otro terremoto asoló a Lima y al Callao derribando casi todo salvo la pared con la imagen del crucificado. Fue entonces cuando la propia iglesia ordenó realizar una copia de la pintura al óleo y autorizó que la misma fuera sacada en andas por las calles del popular barrio de Pachacamilla que era en donde se había emplazado originalmente. Ese lienzo es cargado actualmente en procesión por las calles de Lima aunque réplicas del mismo son llevados en andas por la mayoría de las ciudades peruanas durante tres días octubre, aunque en Lima el lienzo original recorre las calles por última vez los 1º de noviembre.

Procesión del Señor de los Milagros, en Lima-Perú.

Señor, pero de los temblores

De naturaleza similar es la historia oficial del llamado Señor de los Temblores en Cuzco. Se trata de un Cristo tallado originalmente en España en el año 1620 y en color cobrizo para que los descendientes de los Incas se reconocieran en la imagen. La figura viajó en barco al nuevo mundo y su primera relación con lo milagroso ocurrió en alta mar: la leyenda dice que en medio de una tormenta marina la tripulación extrajo la figura del arcón y la sujetaron al mástil para rogarle que acabara con el temporal, cosa que finalmente ocurrió.

El destino de la imagen era el Cuzco, aunque una zaga picaresca atribuida al arriero español que la transportaba terminó con el Cristo en Mollepata, el último poblado camino a la capital incaica. Para dejarla allí, el arriero puso como condición a los pobladores del lugar que le levantaran un templo y para no quedar mal con sus contratantes mandó a hacer una réplica de la imagen que finalmente fue entregada a la Catedral del Cuzco en donde a pesar de la evidente impericia artística del tallador, la réplica fue admirada por los cuzqueños que daban fe del carácter milagroso de la imagen.

Treinta años después ocurrió el milagro mayor que otra vez se parece al relato salteño: los cuzqueños dejaron caer en el olvido al Cristo, ocurrió un terremoto en marzo de 1650 que el clero atribuyó a la vanidad pecadora de la población que para atemperar la ira divina sacaron en procesión al Cristo negro que así mudo de nombre: del Cristo de la Tormenta como se lo conocía pasó a denominarse Cristo de los Temblores. La procesión fue instituida el 31 de marzo de 1650 en recuerdo al terremoto aunque desde 1741 la celebración se trasladó al Lunes Santo, marcando así el inicio de la Semana Santa.

Procesión Señor de los Temblores, en Cuzco-Perú.

Milagro como instrumento

Conviene ahora pedir auxilio a la historia que prescindiendo de la discusión de si los milagros existen o no, analiza cómo la idea del milagro se convirtió en instrumento de evangelización en manos del clero católico en un periodo determinado. Es la tesis del francés Serge Gruzinski (La colonización del imaginario) quien tras enfatizar que los primeros franciscanos arribados a México rebosaban optimismo y sentían que indígenas y españoles no precisaban de golpes mágicos para aceptar y seguir la fe católica; a fines del siglo XVI y durante todo el siglo XVII esa Iglesia perdió el optimismo original y abrazó a los “milagros” como instrumento de evangelización.

Gruzinski atribuye la pérdida de confianza a varias causas: un siglo XVII que encontró a la iglesia desgarrada por crisis que terminaron en cismas en Europa, una doctrina católica que empezaba a ser acechada por la amenaza del naciente racionalismo, un clero impotente al descubrir que los indígenas americanos continuaban practicando sus creencias prehispánicas mientras los españoles no esquivaban para nada los “vicios” terrenales. Ante ese panorama desolador el milagro como noción aportó un doble resultado: atribuyó las desgracias humanas a la soberbia pecadora de americanos a quienes se exige devociones y penitencias colectivas que garantizan la piedad divina que se manifiesta de forma religiosa.

El periodo coincide con la importancia de los jesuitas en el continente. José de Carrión, después de todo, no sólo era jesuita cuando ocurrieron los terremotos en Salta, también era parte de un proceso que en estas regiones había empezado muchas décadas antes. Es lo que se vislumbra en las Cartas Anuas que los jesuitas remitían a Roma para informar los avances y límites de la evangelización en estos territorios. En esos informes se registran relatos sobre los favores de la Providencia a la tarea evangelizadora: sueños con ángeles y santos que informan los pasos a seguir para el éxito de la conversión; pequeños milagros que resuelven problemas cotidianos que van desde una donación que aporta recursos a la iglesia hasta la muerte de algún ser humano que era considerado un obstáculo a la obra del Señor o de la propia Orden jesuita.

Sesenta años antes de que Carrión testimoniara que una voz le sugirió sacar en procesión al Cristo para calmar el terremoto, el jesuita Juan Darío, quien había misionado entre 1599 y 1633 en Santa Fe, Santiago del Estero, San Miguel, La Rioja y Salta, era recordado por sus compañeros como un virtuoso que conseguía el favor divino en el cumplimiento de tareas espirituales: “Los años 30 y de 31 fueron para toda la Provincia y principalmente para toda esta ciudad esterissimo y de grandissima hambre, la jente mas abastada no tenia que llegar a la voca y mucho perecian de hambre, pero nunca le faltaron al Padre dos grandes zurrones llenos de maíz, y con estar continuamente sacando (porque no se baciaba de pobres la casa) no se agotaron. Tuvolo el Padre rector (..) por cosa milagrosa y como tal la contava admirada, y el mismo padre no la negava, antes decía que el ponía sobre los Currones la cruz y que con esto nunca le faltaba…”.

Venganza y penitencia

Fueron tiempos, además, en donde las luchas contra las idolatrías indígenas y los vicios terrenales de los blancos y negros que era jurisdicción de La Inquisición, se correspondía con la revitalización de un catolicismo medieval en donde la culpa y el dolor primaron sobre otras emociones y en donde Dios fue presentado como una entidad vengativa y dispuesta a escarmentar al rebaño para recuperar el equilibrio perdido.

Nada ilustra tanto esta versión del Dios vengativo que los terremotos de 1692, pero también la leyenda sobre la destrucción de Esteco como consecuencia del mismo. Se trata de un plagio casi exacto del texto del Antiguo Testamento que narra la suerte de Sodoma y Gomorra: lenguas de fuego que surgen de la tierra para consumirlo todo y hasta la conversión en piedra de esa curiosa mujer que osó observar el espectáculo cuando se había comprometido no hacerlo ante el profeta que anunció el final de la ciudad que en realidad fue otro. Y es que esa ciudad es mencionada en documentos históricos posteriores a 1692 aunque ya era pura decadencia. La misma se explicaba por haber quedado fuera del circuito comercial que iba desde las minas del Potosí al puerto de Buenos Aires, convirtiendo a Esteco en algo parecido a los pueblos fantasmas de hoy tras la desaparición del ferrocarril. (Teresa Piossek Prebisch: Relación Histórica del Calchaquí. 999, nota 268 de pág. 114).

El rol de la penitencia no era menor en ese entonces. La novena misma puede entenderse en ese sentido. No sólo porque la iglesia la entiende como actos de devoción en busca de la obtención de una gracia, sino también porque San Jerónimo escribió hace siglos que el número 9 en la Biblia indica “sufrimiento y dolor”. En las celebraciones del Señor de los Milagros de Perú la penitencia no sólo es evidente en la procesión, sino que también está simbolizada con aspectos vinculados a la vestimenta de las “hermandades moradas”. Las mismas congregan a los creyentes que enfundados con una túnica morada, son los encargados de cargar en andas a la imagen que recorre las calles. La elección del color está lejos de ser azarosa porque en la liturgia católica el color morado significa “penitencia” que siempre tiene por objeto desagraviar a Cristo.