Apuntes sobre el nuevo disco del Indio Solari

El ruiseñor, el amor y la muerte se publicó este viernes. Contiene quince canciones oscuras y accesibles para alimentar el mito.

El viernes 27 de julio apareció El ruiseñor, el amor y la muerte, el quinto disco de estudio del Indio Solari, el sexto de su carrera solista. Se trata de un disco que cobró notoriedad inmediatamente y se convirtió en uno de los lanzamientos de mayor impacto en el rock nacional.

Disco largo, de quince canciones y más de cincuenta minutos, es el primero que aparece después de que Solari revelara que padece de Mal de Parkinson, por lo que la búsqueda de referencias a la enfermedad y sus consecuencias se vuelve inevitable. Pero lo cierto es que la oscuridad y la falta de esperanza de cara al futuro es algo que siempre formó parte de la lírica del Indio, especialmente en su etapa posterior a Patricio Rey, cuando se volvió más explícita pero no por eso menos poética.

El disco abre con “Pinturas de guerra”, una canción que comienza con versos directos: “Cuando ya abandone mi nombre a merced de miserables, tal será mi vergüenza que enviaré a mi fantasma a librarme de ellos”. Mucho se habló del Indio en este último año, especialmente después de los confusos episodios del concierto de Olavarría de marzo de 2017, donde fallecieron dos espectadores y se evidenció una gran falta de controles organizativos.

En la canción, el Indio ataca a “todos esos jodidos que retienen la vida un poquito nada más” y que “siempre tienen a mano las más tontas razones para mentir a gusto, siempre a gusto del poder”.

En el primer tema, como en varias partes del disco, las guitarras explosivas de Baltasar Comotto y Gaspar Benegas hacen su aparición y nuevamente aparece la duda: ¿cómo serían los discos del Indio con otros músicos? Quizás sería bueno escuchar estas canciones o las que vengan en manos de otros intérpretes que corran a la obra de Solari del lugar común en el que cae por momentos respecto a sus trabajos anteriores.

Pero, por suerte, El ruiseñor, el amor y la muerte no es un disco monótono y sin riesgos. El Indio se saca de encima las guitarras épicas y que todo lo cubren y logra momentos descontracturados y frescos, como “El callejón de los milagros”, una canción casi teatral. O también “Ostende Hotel”, con piano y voz al comienzo para una pieza que parece haber sido extraída de un disco de Estelares, y “El Tío Alberto en el Día de la Bicicleta”.

“La oscuridad” probablemente sea la mejor canción del disco. “Ya están aquí, los vi, fantasmas de juventud. Llegan para despedirse de mí”, canta el Indio en una pieza que podría llamarse “La despedida”.

“El ruiseñor, el amor y la muerte”, una canción de amor que muchos emparentan con una de Marco Antonio Solís, ofrece frases que serán tuit, bandera y tatuaje con “el dolor más puro es el de haber sido tan feliz” a la cabeza. Pero también se podría destacar una más pequeña pero quizás más profunda en la historia personal del Indio: “Buscá tu cura y no la ingenua salvación”.

“El martillo de las brujas (Malleus Maleficarum)” es el otro momento alto. Se trata de una de las dos canciones adelanto del disco que aparecieron hace pocas semanas atrás. Sin dudas será la que más circule en los medios. Un hit destinado al Grandes Éxitos.

“La pequeña mamba” es un futuro hit, hermano de “El martillo de las brujas”, que tiene algo del “Rock de las abejas”, inédito ricotero. “Panasonic y el mundo a sus pies” también tiene reminiscencias de Patricio Rey. En este caso, a “Gran Lady” del disco Lobo Suelto, Cordero Atado.

El ruiseñor, el amor y la muerte es uno de los discos que Solari venía trabajando paralelamente desde hace varios años. Los rumores dicen que ya hay canciones para dos álbumes más. Mientras prepara la autobiografía que podría aparecer en noviembre, este trabajo muestra a un Indio menos cargado de capas de instrumentos y más directo que en la mayoría de sus álbumes solistas anteriores. Pero no es para los poco convencidos.

Se trata de un disco mucho más profundo que lo que aparenta su sencillez instrumental. Un álbum que difícilmente podría haber aparecido hace veinte años. Es la obra de un artista maduro que conoce sus límites, repasa sus tics y expone la angustia por la inevitable soledad a la que está destinado.