Apuntes marginales salteños | ¡Colegio de periodistas ya! Repensar el oficio en tiempos de redes y fake news

Aprovecho este espacio para una discusión sectorial de los periodistas, aunque, dado que se trata de una profesión liberal, debería ser una discusión que interese a todos quienes viven en la sociedad democrática. (Franco Hessling)

Estos tiempos de redes y fake news, reclaman que el periodismo se repiense. Igualmente, los periodistas deben reinventar sus modos de vincularse entre sí por las nuevas relaciones sociales de producción que se impusieron a partir de la flexibilización laboral. Además, las doctrinas más progres en el ámbito, en especial la del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, están perimidas. Basta con mencionar que, en ese ámbito, el periodismo está considerado una ocupación liberal que está imbricada con la libertad de expresión. Dice la doctrina que el periodismo es el ejercicio “continuo, estable y remunerado” de la libertad de expresión. Con esa definición, vigente desde la OC 5/85 de la Corte IDH, hoy en día los influencers, los comunity managers, los youtubers, los trolls, los booktubers y los tiktokers, entre muchos otros, pueden reclamarse parte del mismo gremio que los periodistas.

Es imperioso delimitar qué es el periodismo, desentendiéndose de la ya imprecisa definición de que se trata del ejercicio continuo, estable y remunerado de la libertad de expresión. Tengo una propuesta para iniciar la reflexión sobre el periodismo: desplazarse de la discusión de si oficio o profesión. Es un debate absurdo. No se necesita título para ejercer el periodismo, pero sin ejercicio profesional -sistemático, riguroso y técnico- no hay periodismo posible. Es un oficio profesional o una profesión de oficio, como sea. Da igual.

Pensemos el periodismo en tres dimensiones, lo que llamo “concepción triádica del periodismo”. El periodismo como discurso, como método y como relación social de producción. Como discurso se vincula con la información veraz, no cualquier información -una gran diferencia con un influencer-, y se plasma en tipos discursivos que generan expectativas sociales vinculadas al derecho a la información, y en particular al acceso a la información pública. Como método, el periodismo es una práctica social que se ejecuta siguiendo determinadas reglas de quehacer y principios deontológicos del buen quehacer, lo que llamaremos “lex artis del periodismo”. Y como relación social de producción, el periodismo no se basta en marcos de relación de dependencia -en negro y en blanco- o contrataciones freelancers, también hay cuentapropistas, pequeños emprendedores, colaboradores estables [monotributistas] y colaboradores eventuales [también monotributistas].

El periodismo es un fenómeno triádico y los periodistas son los expertos en hacerlo. Se vinculan con el derecho a la comunicación como los médicos y enfermeros con el derecho a la salud, los docentes con el derecho a la educación y los abogados y escribanos con el derecho a la justicia. Como la rentabilidad de la información mediática ya no pasa sólo por la información veraz -con pretensión de verdad- con la que trabajan los periodistas, las empresas de medios cada vez ahorran más en el gasto humano de contratar periodistas que tengan reparos éticos, métodos más lentos que el CtrlC-CtrolV-Send y que encima pretendan cobrar como profesionales –de los que son considerados como tales porque tienen títulos universitarios. La información ya no vale por veraz si no por tiempo de navegación y acumulación de cliks. Es como si la salud científica iría perdiendo importancia con prácticas de salud alternativas, como la ingesta de psicoactivos de la naturaleza, y, entonces, los hospitales y clínicas -porque esto alcanza a medios públicos y privados- contrataran autoproclamados chamanes que sanan y no médicos que curan.

Esa situación causa un doble perjuicio: se vulnera la libertad de expresión de los periodistas por medios indirectos que impiden su trabajo como profesional de la información veraz, y se viola el derecho a la información de las sociedades, apabulladas por una marea de hiperinformación, fake news incluidas, en la que ya no importa la veracidad de lo que se dice si no qué tanto se viralice. Aquello que la intelectualidad contemporánea llama “posverdad”. Decir, decir y decir. Publicar, publicar y publicar. Clics, clics y más clics.

La mejor manera de repensar la organización de los periodistas en ese contexto es, de nuevo, actualizando en sentido crítico la doctrina más progresista que conocemos hasta ahora. En el ámbito de los derechos se ha rechazado la colegiación de los periodistas porque se considera que cualquier regulación de esa ocupación es un límite a la libertad de expresión. Ello así porque, como ya hemos visto, se consideraba que periodismo y libertad de expresión están imbricados. Algo que ya refutamos suficientemente. Por otra parte, se tiene reticencia sobre la colegiación por considerar que estará anclada en exigir títulos académicos. Para nada así, se puede pensar en una colegiación del periodismo autoregulada por la lex artis, lo que haría que los códigos de ética se vuelvan obligatorios y no meramente referenciales. Así, se podría obligar a las empresas de medios a que, si dicen producir contenido periodístico -distinto del contenido mediático en general-, estén obligadas a contratar periodistas matriculados y no genios en el manejo de redes, capos en el montaje de GIFs y memes o avezados en el copy and paste.