Fue fundada un 15 de octubre de 1966. La casa de altos estudios academizó lo católico y lo hispano como ejes de la “salteñidad” oficial. El rol del Monseñor Roberto Tavella y la primavera “tercemundista” a inicio de los setenta.

Fue él quien con un decreto arzobispal le dio existencia formal en marzo del 63 y logró que salteños poderosos como Robustiano Patrón Costas aportasen millones de pesos de aquel entonces. De otros notables salteños consiguió libros y hectáreas; la Fundación Michel Torino construyó el Auditórium; señoras bien vendieron propiedades para construir la capilla y la lista podría seguir, pero sólo para confirmar que Monseñor Tavella fue la fuerza vital de una empresa que puso su “piedra fundamental” en el predio de Castañares un 15 de octubre de 1966 cuando Tavella ya había muerto.

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Pero insertemos esos datos en la época que se dieron para que adquieran mayor sentido. Exploremos entonces el cuerpo doctrinario para aventurar que Tavella fue parte de una Iglesia que comprendió que la sociedad había optado desde fines del siglo XIX por carriles distintos a una prédica atada a concepciones tan arcaicas, que determinaban que aun en los años 60 las misas se dieran en latín y de espaldas a los fieles. En ese marco no sorprendía que muchos fieles se sacudieran de lo que consideraban un tutelaje abiertamente extraño.

El problema ya había sido identificado a fines del XIX cuando el papa León XIII apostó a recuperar terreno y por medio de una encíclica de 1891 aceptó la intervención de la Iglesia en los problemas sociales, impulsando la creación de grupos y asociaciones de raíz católica. Ello representó el auge de las Democracias Cristianas que amalgamaron liberalismo democrático y conservadurismo.

El impulso cobró fuerza con la 2° post-guerra ante la emergencia de problemáticas nuevas propias de la industrialización, la dependencia económica de continentes como el nuestro, el prestigio del laicismo liberal, también del comunismo y las luchas de sectores sociales hasta entonces excluidos de la participación política plena.

Fueron esas las bases doctrinales que influyeron en Monseñor Tavella para competir contra el avance de ideologías y organizaciones laicas. Él materializa una estrategia eclesial nueva: instalarse en esa realidad secular a través de sindicatos, asociaciones juveniles, o cines parroquiales.

Tavella porta ese espíritu asesorando a Círculos de Obreros, fundando Sindicatos de Maestros Católicos, organizando a historiadores en el Instituto San Felipe y Santiago, creando el Bachillerato Humanista Moderno y finalmente la Universidad Católica que es producto de ese proceso que culminó cuando la “gente decente” y la jerarquía eclesiástica se encargaron de colocar la piedra fundamental que precedió a los edificios inaugurados en 1969. También de velar por la pureza espiritual amenazada en los tumultuosos 70 cuando, incluso desde la Iglesia, surgieron corrientes que no se conformaron con generar una realidad paralela y mejor a la civil, sino que eligieron servir a ésta última optando por los pobres.

Esa anormalidad para la institución que siempre evitó ese tipo de compromisos, ocurrió entre el año 1973 y 1974 según los recuerdos balbuceantes de algunos memoriosos que recuerdan nombres jesuitas como George Haas, Federico Aguiló o el padre Bas quienes a la labor académica sumaron el auxilio para los chilenos que cruzaban la cordillera escapando de la dictadura de Pinochet, se entregaron a los trabajos con villeros de la zona este de la ciudad y optaron por propuestas académicas reñidas con el establisment de entonces.

La primavera acabó en el 74 por medio de presiones, pedidos de renuncias y hasta órdenes del General Jesuita para que los mencionados abandonaran Salta. La dictadura terminó de “remediar” la anormalidad y Juan Pablo II con sus encíclicas aportó la tranquilidad doctrinal al reducir la Doctrina Social de la Iglesia al ámbito de la teología moral: es decir declaraciones de buenos deseos desprovistos de compromisos concretos y que duran hasta ahora.